Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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11
El destartalado transporte público en el que viajaban Adrián y su familia se detuvo frente a la casa vieja. Adrián le había pedido al chofer que los dejara justo en la puerta, porque llevaban demasiadas cosas. Tuvo que pagarle de más por el servicio.
—Adrián, ¿de verdad vamos a vivir aquí? —preguntó Valeria, mirando la fachada de la casa con los ojos muy abiertos.
—¿Y dónde más? ¿Se te ocurre otro lugar?
—¿No sería mejor rentar algo? Esta casa lleva años abandonada. Si llueve fuerte, se nos mete el agua por todos lados.
—Si tienes dinero, adelante. Yo ya no tengo nada. Se me acabó todo pagando las vacaciones en Cancún —respondió Adrián.
No quiso discutir más. Arrastró su maleta hasta la entrada y empujó la puerta, que chirrió al abrirse como si llevara años sin moverse. El techo tenía goteras por todas partes, las paredes estaban descascaradas y cubiertas de salitre.
Una capa gruesa de polvo se había asentado sobre cada mueble. La casa estaba asquerosa, convertida en madriguera de ratas. Quisieran o no, esa noche y quién sabe por cuánto tiempo tendrían que quedarse ahí.
—Adrián, esta casa ya no se puede habitar. ¿Qué vamos a hacer si llueve? Nos vamos a empapar. Mira el techo: está todo agujerado y lleno de musgo —dijo doña Teresa.
—¿Y qué quiere que haga, mamá? Ya no tengo dinero. Todo se fue en el viaje. Nos quedamos aquí hasta que yo encuentre a Camila y le exija que se haga cargo.
—Adrián, yo no puedo vivir en este muladar —volvió a quejarse Valeria.
—Pues entonces vete. Tú tienes marido, ¿no? Pídele a Diego que te consiga un lugar para ti y para tu hija.
Valeria torció la boca. Diego, su esposo, no dijo ni una sola palabra. Estaba pegado al teléfono, completamente ajeno al problema que tenían enfrente.
—Adrián, ¿tú sabes dónde vive Camila ahora? —preguntó doña Teresa.
—No, mamá. No tengo idea.
—¿Y no tendrá alguna amiga? ¿Conoces a alguien cercano a ella?
—No. Nosotros mismos nos encargamos de que nunca saliera a ver a nadie. Solo la dejábamos ir al mercado, y de ahí no pasaba.
—Pero yo estoy segura de que alguien la está ayudando, Adrián. Tú sabes que Camila no tiene a nadie en la ciudad. Sus papás viven en el pueblo, igual que el resto de su familia —intervino Valeria.
—A lo mejor Camila se fue con sus papás —aventuró doña Teresa.
—Puede ser, mamá. Quizá se regresó al pueblo, porque aquí en la ciudad no tiene a quién recurrir. ¿A dónde más se iría si no es con sus papás? —dijo Valeria.
—Es posible. Voy a llamar para preguntar si está allá —dijo Adrián con un amago de sonrisa.
Sacó el teléfono y marcó al número de don Roberto. En tres años de matrimonio con Camila, nunca había llamado a sus suegros ni una sola vez.
—Buenas tardes, don Roberto. ¿Cómo están? —saludó Adrián cuando le contestaron.
—Adrián, qué sorpresa. Bien, gracias. ¿Y tú, cómo estás? —respondió don Roberto.
—Bien, todo bien. Don Roberto, le quería preguntar algo.
—Dime.
—¿Camila está allá con ustedes?
—No, hijo. ¿No está contigo? —don Roberto fingió no saber nada.
—Sí, claro. Es que ella me había comentado que quería ir a visitarlos, por eso le pregunto.
—Ah, ya veo. Pues no, Camila no está aquí. Tampoco ha venido —contestó don Roberto.
—Bueno, gracias, don Roberto.
Adrián colgó y se volvió hacia su madre.
—¿Y bien, Adrián? ¿Dónde está Camila? —preguntó doña Teresa.
—No está allá. Y su papá dice que ni siquiera ha ido a visitarlos —Adrián se sintió un poco más tranquilo al saber que los padres de Camila, al parecer, no estaban enterados de la situación.
—Entonces Camila sigue en la ciudad. Tienes que encontrarla, Adrián. Esa mujer tiene que responder por todo lo que nos hizo —volvió a insistir doña Teresa.
El estómago de Adrián rugió tan fuerte que todos lo oyeron. No habían comido desde antes de abordar el avión, y hasta ese momento seguían sin probar bocado.
—Espérenme aquí. Voy a salir a comprar algo de comer —dijo Adrián.
Con lo poco que le quedaba de sus ahorros, salió a buscar comida. Él mismo se moría de hambre. Ahora se veía obligado a buscar un puesto barato, porque si gastaba de más en comida se arriesgaban a pasar hambre el resto del mes.
—Camila, te voy a encontrar. No te me vas a escapar. ¿Qué puedes hacer tú sin mí? No eres más que un ama de casa. Sin mi dinero, vas a pasar hambre allá afuera —murmuró para sí con una sonrisa amarga.
Lo que Adrián no sabía era que Camila no era ni la mujer tonta ni la mujer pobre que él creía. Cada mes, sus padres le enviaban una cantidad importante de dinero. Las plantaciones de don Roberto producían lo suficiente como para repartir las ganancias entre Camila y su hermano Marcos.
La parte de Camila se depositaba cada mes en una cuenta que Adrián y su familia desconocían por completo. Ese mismo dinero era el que Camila había usado durante tres años para cubrir todos los gastos del hogar que el miserable presupuesto de Adrián no alcanzaba a cubrir.