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Engranajes De Cristal

Engranajes De Cristal

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:5.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Engranajes de Cristal narra la historia de Elena Valmont y Dorian Sterling, herederos de dos imperios automotrices rivales impulsados por tecnología rúnica. Casados hace cinco años, fingen ante la alta sociedad un matrimonio idílico, mientras puertas adentro viven un infierno de reproches: Dorian está convencido de que ella lo drogó y chantajeó en la universidad para someter a su familia, e ignora que Elena fue manipulada por el patriarca de los Valmont y que aún lo ama en silencio con la misma intensidad con la que él, en secreto, sigue atado a ella.
El punto de quiebre estalla cuando la farsa se vuelve insostenible y Elena desaparece sin dejar rastro, ocultándose durante tres años en el anonimato para dar a luz y criar a sus dos gemelos lejos del poder y las intrigas corporativas. Cuando sus caminos vuelven a cruzarse, Dorian deberá desentrañar la red de mentiras que destruyó su juventud, enfrentar la verdad sobre el pasado y luchar contra su propio orgullo para reconquistar a Elena

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: Siete en punto

A las seis y cuarenta y cinco de la mañana, la neblina sobre los jardines de la embajada Montclair aún no se disipaba cuando el centinela del portón principal anunció una presencia no autorizada en el perímetro exterior.

En el salón de desayuno del ala este, Alistair Montclair cortaba una rebanada de pan tostado con la parsimonia de quien comanda una flota en tiempos de paz. A su lado, Damián revisaba un informe de seguridad mientras Kiliam apuraba una taza de café negro.

—Dorian Sterling está en la vereda desde las seis y media —anunció Damián, sin apartar la mirada de la tableta—. No intentó cruzar el escudo perimetral. Lleva una caja de madera bajo el brazo y una bolsa de papel encerado de la panadería de la esquina sur. Marco está estacionado a cien metros en un deslizador, fumando como si fuera su último día sobre la tierra.

Kiliam sonrió con frialdad jurídica.

—Técnicamente, el perímetro de esta embajada goza de extraterritorialidad soberana. Podríamos ordenar su arresto por merodear en zona diplomática y confiscarle hasta los gemelos de la camisa.

—Déjalo esperar hasta las siete —dijo Alistair con voz profunda, masticando despacio—. Elena le dio una hora exacta. Un segundo antes es desacato; un segundo después es negligencia. Veamos qué tanta disciplina le queda al heredero de los motores.

A las seis y cincuenta y nueve con cincuenta y ocho segundos, la aldaba de hierro rúnico de la entrada principal sonó con dos golpes firmes, medidos y perfectamente audibles.

Cassian fue el encargado de abrir la puerta. Con el cabello despeinado y una bata de seda sobre los pantalones de taller, el joven de veinte años se apoyó contra el marco con los brazos cruzados y una ceja enarcada.

—¿El correo de la mañana viene antes o los fabricantes de chatarra no duermen?

Dorian no se inmutó por el sarcasmo. Vestía un abrigo gris marengo sobre un jersey de cuello alto oscuro. Su mandíbula estaba afeitada al ras y sus ojos grises, aunque marcados por la falta de sueño, tenían una luz serena y decidida que Cassian no esperaba encontrar.

—Son las siete en punto, joven Montclair —respondió Dorian con una inclinación respetuosa de cabeza—. Traigo los reportes de presión de los inyectores que solicitó la Dra. Stone-Montclair. Y... —hizo una pausa, levantando con cuidado la bolsa de papel encerado— croissants recién horneados con crema de almendras y dos frascos de néctar de manzana templado sin éter artificial.

Cassian entrecerró los ojos, olfateando el vapor que salía de la bolsa con sospecha profesional.

—Los sobornos a la guardia diplomática con carbohidratos refinados están penados por el código marítimo, Sterling.

—No son para la guardia —aclaró Dorian con suavidad—. Son para los accionistas que ayer probaron el prototipo de carga sin frenos.

Desde el pasillo interior, un par de pasos veloces y descalzos sobre la alfombra rompieron la tensión.

—¡Es el señor del hielo! —la voz de Alexander resonó como un clarín de batalla. El pequeño apareció corriendo en pijama de franela azul, frenando en seco junto a las piernas de Cassian y mirando a Dorian con una fascinación descarada—. ¡Liam, apúrate! ¡Trajo la comida que huele a vainilla!

Liam apareció un segundo después, caminando con un porte mucho más solemne a pesar de llevar un oso de trapo desorejado bajo el brazo. Se detuvo a medio metro de las botas de Dorian, inclinó la cabeza para observarlo de arriba abajo y clavó sus ojos grises —idénticos a los del magnate— en la caja de madera que Dorian sostenía.

—¿Qué hay ahí dentro? —inquirió Liam, con esa voz seria y demandante que arrancaba carcajadas a cualquiera en los pasillos de la embajada.

Dorian sintió un nudo tibio formarse en su garganta. Con una lentitud ceremonial, se arrodilló sobre una rodilla en el umbral, apoyando la caja de madera en el piso entre los dos niños.

Retiró la tapa deslizante.

Dentro descansaban dos juegos completos de herramientas en miniatura: pequeñas llaves inglesas, destornilladores rúnicos de punta magnética y calibradores de presión, forjados en una aleación liviana de plata y titanio, sin filos cortantes y grabados con runas de protección que neutralizaban cualquier sobrecarga mágica accidental.

Los ojos de Alexander se abrieron como dos platos de porcelana.

—¡Son de verdad! ¡No son de plástico como las que me compró Kiliam!

—¡Oye! —protestó Kiliam desde el fondo del comedor, fingiendo indignación—. ¡Ese plástico rúnico costó trescientos créditos en el puerto libre!

Alexander ya se había lanzado sobre la caja, tomando un calibrador con sus manitas regordetas y apretando la rueda dentada con deleite. Liam, por su parte, no tocó las herramientas de inmediato. Se acercó un paso más a Dorian, examinando la mano enguantada del hombre que reposaba en el suelo.

—¿Tú las hiciste? —preguntó Liam en voz baja.

Dorian lo miró, sintiendo que el corazón le latía a un ritmo desbocado, maravillado por la astucia de su hijo.

—Las calibré anoche en el taller —confesó Dorian con un hilo de voz—. Ajusté los contrapesos para que no pesaran en sus manos y les puse una capa térmica para que la escarcha no les enfríe los dedos si se concentran demasiado.

Liam asintió despacio, como un maestro examinando la obra de un aprendiz competente. Extendió su pequeña mano y tomó una llave de ajuste, probando el peso en el aire con un movimiento sorprendentemente profesional.

—Aprobado —sentenció el niño de tres años, levantando la vista hacia Dorian con una sonrisa diminuta que desarmó al magnate por completo—. Puedes pasar a la mesa.

Cassian se tapó la cara con una mano, derrotado:

—Traición. Traición absoluta por un juego de llaves de titanio. No se puede confiar en la infancia moderna.

—Liam, Alexander.

La voz suave y firme cortó el aire desde el descanso de la escalera principal.

Elena descendía con un vestido de lana fina color verde bosque, el cabello suelto sobre los hombros y una carpeta de cuero bajo el brazo. No llevaba maquillaje, pero su belleza natural y el porte tranquilo de su figura llenaban el vestíbulo de una elegancia sobria. Al ver la escena —Dorian arrodillado en el piso con sus dos hijos manipulando herramientas a su alrededor y Alistair observando desde el comedor con una taza de té entre las manos—, una sombra de desconcierto cruzó sus facciones antes de recuperar su máscara habitual.

—Buenos días, Dra. Stone —dijo Dorian, poniéndose de pie con fluidez, sosteniendo la bolsa de panadería con sumo cuidado—. Son exactamente las siete y tres minutos.

Elena miró la caja de herramientas en el suelo, luego la bolsa de papel y finalmente los ojos grises de Dorian. No había en ellos ni un ápice del hombre que alguna vez la miró con desdén en el ático de la capital; solo una entrega callada, un respeto reverencial y el temor palpable a que ella le ordenara marcharse.

—Veo que el señor Sterling decidió diversificar sus talentos en la juguetería pesada —dijo Elena, caminando hacia el vestíbulo y acariciando la cabeza de Alexander cuando el pequeño corrió a mostrarle su nueva adquisición.

—¡Mami, mira! ¡Tiene un regulador de presión para tubos de tres milímetros! —exclamó Alexander con orgullo desbordado.

—Lo veo, mi amor. Es un trabajo muy fino —respondió Elena con una ternura infinita, antes de levantar la vista hacia Dorian y sostenerle la mirada—. Pero las herramientas no eximen el cumplimiento del itinerario técnico, señor Sterling.

—El motor está listo en el banco dos —respondió Dorian al instante—. Marco terminó de instalar la línea de retorno de enfriamiento a las cinco de la mañana. Solo falta que usted supervise la ignición rúnica en frío.

Alistair se puso de pie desde el comedor, cruzando el salón con paso majestuoso hasta detenerse junto a su hermana. Su mirada sobre Dorian fue un escáner implacable que midió cada músculo, cada respiración y cada intención del magnate.

—Siéntese a tomar un café, Sterling —ordenó Alistair con una autoridad que no admitía discusiones, señalando una silla vacía en la cabecera opuesta—. En esta casa no se habla de negocios con el estómago vacío. Y además, Damián tiene un par de preguntas sobre los antiguos suministros de aleaciones de la familia Vance que usted firmó hace cuatro años.

Dorian miró a Elena como pidiendo permiso silencioso. Ella desvió la vista hacia el ventanal, pero una ligera inclinación de su cabeza le indicó que aceptara la invitación.

—Será un honor, Lord Alistair —dijo Dorian, tomando asiento bajo la mirada vigilante de los tres sobrinos, que lo rodearon en la mesa como un tribunal de guerra personal.

Mientras Liam se sentaba a su lado para comparar su llave inglesa con el tenedor de plata y Alexander devoraba un trozo de croissant embadurnándose la nariz de azúcar, Elena tomó asiento frente a Dorian. Al servirle una taza de té, sus miradas se cruzaron por encima del vapor humeante.

No hubo reproches, ni gritos, ni demandas legales. Solo el comienzo sutil, frágil y cotidiano de una tregua donde el titán caído aprendía a ganarse, migaja a migaja, el derecho a estar cerca de su familia.

1
Gloria Grijalba
exelente
Maria Laura Perez
excelente
Maricruz Felix
Ándele siembra lo que cosechó
Maria Laura Perez
Gracias 🥰
Heidy🦋
El motor más grande de Elena, sus amados hijos 🥰🥰🥰🥰
Heidy🦋
Se van a ver cara a cara 🤭
Heidy🦋
Sii eso necesitaba Elena,alguien quien le ayude a sobrellevar todo 🥺🥺 y que mejor que un hermano de sangre😻
Heidy🦋
Estoy llorando con Elena pero si es un idiota el Doryan que coraje me da 🥺
Heidy🦋
Muy buena historia y bien redactada 🥰me gusta
Maricruz Felix
Que hombre tan imbecil🤨
Maricruz Felix
Tiene muy buen comienzo la, novela🥰🥰🥰
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