Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.
Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.
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Culpables de la misma urgencia
El cartel de neón titilaba con un zumbido molesto sobre la entrada del bar, proyectando destellos rojizos sobre el asfalto mojado. Empujé la puerta de madera oscurecida, sintiendo cómo el aire viciado, cargado de humo de cigarrillo y alcohol barato, me golpeaba de inmediato. El lugar estaba prácticamente vacío a esa hora de la madrugada, salvo por un par de clientes perdidos en las esquinas y, en la última mesa del fondo, la silueta inconfundible de Axel.
Estaba sentado de perfil, con los codos apoyados en la superficie pegajosa de la barra, mirando fijamente el fondo ámbar de un vaso casi vacío. Su chaqueta de cuero colgaba torcida sobre el respaldo de la silla y la tensión en sus hombros era tan evidente que parecía a punto de estallar en cualquier momento.
No lo pensé dos veces. Avancé entre las mesas vacías con paso firme, sintiendo el crujir de la viruta de madera bajo mis tacones, hasta plantarme justo a su lado.
—Si querías una cita en un lugar romántico, debiste avisarme antes; te habría traído al menos un mantel limpio —le solté con una sonrisa socarrona, deslizando mi bolso sobre la barra y ocupando el taburete contiguo.
Axel giró lentamente la cabeza. Sus ojos oscuros, habitualmente llenos de una arrogancia juguetona, reflejaban una mezcla de cansancio, orgullo herido y genuina sorpresa al verme aparecer.
—¿Qué haces aquí, Natalia? —preguntó con voz ronca, frotándose la nuca con una mano mientras soltaba un suspiro pesado—. Deberías estar en tu casa o terminando la fiesta con tus amigos. Este no es precisamente un lugar para pasear a altas horas de la madrugada.
—Digamos que tengo el mal hábito de no dejar las partidas a medias —le respondí con total naturalidad, pidiéndole al cantinero un vaso de agua antes de volver a mirarlo con fijeza—. Te vi salir volando del club como alma que lleva el diablo. ¿Y bien? ¿Vas a pasar lo que queda de la noche autocompadeciéndote con este veneno, o me vas a dejar hacerte compañía para que te des cuenta de que el mundo no se ha acabado?
Axel soltó una carcajada corta, seca y sin gracia, negando con la cabeza mientras volvía a girar el vaso entre los dedos.
—No me estoy autocompadeciendo, Natalia. Solo... me impresiona lo idiota que uno puede llegar a ser por entregarle tiempo a la persona equivocada —murmuró con un tono de frustración real que me hizo suavizar un poco la guardia, aunque mi instinto de jugadora se mantenía alerta—. Sabía perfectamente que las cosas no iban bien, pero que te pongan los cuernos de esa manera tan brutal en un baño público... es un golpe al orgullo que no te quitas con dos tragos.
—El orgullo se cura rápido, créeme. Lo que te sobra es salud y lo que te faltaba era darte cuenta de a quién tenías al lado —le dije, deslizando suavemente la mano sobre la suya para frenar el movimiento acelerado de su vaso—. Esa chica nunca estuvo a tu altura, Axel. Eras tú el que jugaba a mantenerla entretenida porque te daba comodidad, no porque te importara de verdad.
Él se quedó en silencio, mirándome fijamente. El contacto de mi mano sobre la suya pareció descolocarlo, disipando de golpe la amargura de su mirada. Lentamente, giró la palma bajo mis dedos, entrelazándolos con una firmeza sutil e intensa.
—¿Y tú qué sabes de lo que siento o dejo de sentir, reina? —preguntó en un susurro grave, acercando su rostro al mío hasta que el aroma de su loción mezclado con el licor me mareó los sentidos—. Eres una caja de sorpresas. Me pones frenos aquel día en tu jardín, me dejas con la palabra en la boca, te inventas una fiesta para despedir a tu hermano y terminas persiguiéndome hasta este cuchitril.
—Digamos que me gusta asegurarme de que mis contrincantes favoritos no mueran en el intento —le devolví el juego con una sonrisa lenta, sintiendo cómo la tensión se transformaba en una corriente eléctrica entre los dos—. Además, ¿quién más te iba a aguantar esta actitud de drama queen a las tres de la mañana?
Axel sonrió de verdad: un gesto torcido pero auténtico que le iluminó las facciones y barrió con los últimos restos de mal humor.
—Eres insoportable, Natalia Prescott. De verdad que eres un peligro ambulante.
—Lo sé —le contesté guiñándole un ojo con descaro, justo cuando el cantinero dejaba mi vaso de agua frente a mí—. Y ahora, para compensar este rato tan deprimente, me vas a invitar a un café bien cargado, porque mañana tengo una agenda imposible y no pienso pasar la noche cuidando borrachos gratis.
Axel alzó la mano pidiendo la taza de café, con esa chispa de fascinación de vuelta en los ojos, demostrándome que, por muchas sombras que intentaran acorralarnos, en este tablero el control seguía siendo mío.
El calor del café amargo apenas sirvió para espabilar el letargo de la madrugada, pero la verdadera electricidad de la noche provenía de la forma en que los ojos de Axel no se habían despegado de los míos ni un solo segundo.
Al salir a la calle, el aire frío nos golpeó el rostro. El escándalo de la discoteca quedaba ya muy lejos, reducido a un mal recuerdo sobre el asfalto mojado. Me dispuse a caminar hacia mi auto, convencida de que tomaríamos rumbos separados tras cumplir con nuestra tregua etílica, pero la mano firme de Axel se cerró alrededor de mi muñeca, deteniéndome en seco.
—Ni se te ocurra subirte a ese coche con el cansancio que cargas, Natalia —me dijo con una autoridad tranquila que no admitía discusiones—. Deja tu auto aquí aparcado. Te vas conmigo.
Lo miré de reojo, arqueando una ceja con actitud desafiante.
—¿Y quién dice que me apetece ir a tu departamento, Axel? No empecemos con supuestos que...
—No es una pregunta, reina —me interrumpió con una sonrisa torcida, sacando las llaves de su motocicleta mientras me tendía el casco—. Además, dudo mucho que quieras pasar el resto de la noche sola en tu mansión dándole vueltas a tus fantasmas. Súbete.
Pude haberme negado. Tenía mil razones para poner distancia, para recordar que mi mente debía estar enfocada en la investigación secreta sobre mis padres y en las amenazas que nos acechaban. Pero la verdad era otra: el magnetismo entre nosotros había dejado de ser un juego seguro hacía rato, y la idea de ceder ante la tentación ya no me asustaba. Así que, con un suspiro fingido de resignación, me acomodé el bolso, me puse el casco y me subí a la moto, rodeándole la cintura con los brazos mientras la máquina cobraba vida con un rugido sordo.
El trayecto fue corto, una ráfaga de viento y velocidad que me aceleró las pulsaciones antes de llegar a su edificio. El departamento de Axel era un reflejo exacto de su personalidad: minimalista, de tonos oscuros, con ventanales enormes que ofrecían una vista impresionante de la ciudad iluminada y un desorden controlado.
En cuanto cerramos la puerta tras nosotros, la distancia que habíamos mantenido durante toda la noche se desvaneció. La penumbra del recibidor, apenas iluminada por el resplandor lejano de la calle, se cargó de un deseo contenido.
Axel me acorraló suavemente contra la pared, apoyando una mano a un lado de mi cabeza mientras la otra se deslizaba por mi cintura, pegando mi cuerpo al suyo sin dejar un milímetro de espacio entre nosotros. Su respiración era cálida y agitada, y su mirada ardía con una intensidad completamente distinta a la de nuestras disputas anteriores. No había rastro de la burla ni de la amargura por la traición de su exnovia.
—Quiero que me mires bien a los ojos, Natalia —murmuró con la voz ronca, un susurro áspero que me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica—. Y quiero que te quede clarísima una sola cosa.
Levanté la barbilla, sosteniéndole la mirada con la misma firmeza desafiante, aunque mi corazón latía desbocado contra mis costillas.
—¿Ah, sí? ¿Y qué se supone que debo saber, Axel? —le reté, dejando que un destello de provocación brillara en mis ojos—. ¿Que vienes a buscar consuelo porque tu ego masculino quedó por los suelos hace un par de horas?
Axel soltó una exhalación seca, negando con la cabeza mientras una sonrisa tensa cruzaba sus labios. En un movimiento rápido, su mano libre subió para enredarse en mi cabello, inclinando mi rostro hacia el suyo hasta que nuestros labios quedaron a milímetros de distancia.
—No te equivoques conmigo, maldita sea —dijo con una franqueza feroz que me dejó sin aliento—. Esto no es por despecho. No me importa lo que pasó allá atrás; hace horas que esa historia está más que muerta. Si te he traído aquí, si te tengo pegada a mí de esta manera, es porque llevo semanas maldiciendo el momento en que cruzaste mi camino, porque no dejo de pensar en ti ni un solo puto segundo del día, y porque tengo unas ganas tan incontrolables de tenerte que me estoy volviendo loco.
Las palabras cayeron sobre nosotros como una chispa en un charco de gasolina. Ya no había defensas posibles ni caretas de chica intocable capaces de resistir ante una declaración tan cruda y directa.
—Tardaste demasiado en admitirlo, cachorro —le susurré contra los labios, dejando escapar una risa baja y triunfante antes de estirar el cuello y morderle levemente el labio inferior.
Su respuesta fue inmediata. Un gruñido ahogado escapó de su garganta antes de estrellar sus labios contra los míos en un beso hambriento y desesperado que barrió con cualquier rastro de paciencia. Sus manos se volvieron urgentes, recorriendo la línea de mi espalda y apretándome contra su cuerpo como si temiera que fuera a desvanecerme si aflojaba el agarre un solo segundo.
Le devolví la intensidad con creces, enredando los dedos en su cabello y tirando de él mientras la calidez de su piel me embriagaba por completo. La ropa empezó a estorbar en cuestión de segundos: los botones de su camisa cedieron ante mis tirones ansiosos, y sus manos expertas encontraron el cierre de mi vestido, deslizándolo hacia abajo con una destreza que me hizo arquear la espalda y suspirar contra su boca.
Entre besos cortados, tropiezos torpes contra los muebles del pasillo y suspiros ahogados por la urgencia del momento, nos abrimos paso hacia su habitación. La cama acogió nuestros cuerpos enmarañados en un torbellino de piel con piel, donde cada caricia se convirtió en una exigencia y cada roce quemaba como fuego vivo.
Ya no existían las sombras del pasado, ni las llamadas anónimas que amenazaban desde la distancia, ni los mundos opuestos a los que pertenecíamos. En esa habitación, bajo las sábanas revueltas y en medio de sus murmullos febriles contra mi cuello, lo único real era el pulso acelerado de nuestras respiraciones acompasadas, la fuerza con la que me reclamaba como suya y la certeza absoluta de que, al menos por esta noche, había decidido dejarme devorar por el fuego.