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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18: Lu, él es mi novio

—¿Quieres que me adelante al carro?

Leonardo lo dijo muy bajo, sin soltarle la mano todavía, pero ya aflojando los dedos. Le estaba dejando la salida abierta. Como siempre.

Al fondo del pasillo, Lucía se había quedado quieta con el chal a medio poner. Luego empezó a caminar hacia ellos. No caminaba como Lu. Caminaba como alguien que había ensayado cómo caminar: pasos cortos, barbilla arriba, las manos juntas por delante.

Los tacones sonaban en el mármol uno, dos, uno, dos.

Ximena sintió que la mano de él se iba soltando. La apretó.

—No te escondas.

Él se quedó quieto. No dijo nada. Pero dejó de soltarla.

Lucía llegó frente a ellos. Tenía los aretes de perla, el chongo bajo, la boca pintada de un rosa que Lu jamás habría escogido.

Y los ojos, esos sí de Lu, abiertos como platos, yendo de la cara de Ximena a las manos, de las manos a la cara de él, y otra vez a las manos.

—Lu —dijo Ximena. Le salió firme, y eso la sorprendió más que a nadie—. Él es mi novio. Leonardo.

Lucía le tendió la mano como un robot al que le acaban de cambiar las pilas.

—Mucho gusto… señor Aldama.

Ahí estaba. Sabía perfectamente quién era.

—Mucho gusto, Lucía. —Leonardo le estrechó la mano con la misma cortesía con que habría saludado a una ministra—. Ximena me ha hablado mucho de ti.

—Ajá —dijo Lucía. Nada más. Ajá.

—¿Te llevamos? —preguntó Ximena—. Don Chema está aquí a la vuelta.

Lucía giró la cabeza, apenas, hacia la puerta de atrás. Afuera, junto a una camioneta negra, Sebastián hablaba por celular dándoles la espalda.

—A mí me llevan.

Lo dijo con una sonrisa que no le llegó a los ojos, se acomodó el chal y se fue con esos pasos cortos que no eran suyos. Antes de salir volteó una vez. Una sola. Con una cara que decía: tú y yo vamos a hablar.

En el carro, don Chema tomó Ejército Nacional rumbo a Coyoacán y puso el radio bajito. La caja gris de archivo iba en el asiento de adelante, con el cinturón puesto, como un pasajero.

Ximena no había terminado de acomodarse el abrigo cuando el celular le vibró en la bolsa. Luego otra vez. Luego ya no paró.

Las Brujas del 3er Piso.

¿¡EL PAPÁ DE EMILIO!?

Lu, respira.

¿¡EL PAPÁ DE EMILIO, ANDREA!? ¿¡DE LA MANO!? ¿¡EN UNA SUBASTA!?

Y luego Andrea, que nunca escribía rápido:

¿Venganza o amor? Contesten.

Ximena apagó la pantalla y la puso boca abajo sobre el muslo. El celular siguió vibrando contra su pierna como un corazón chiquito y nervioso.

A su lado, Leonardo miraba por la ventana las luces de Insurgentes. Tenía la cara más seria del mundo. Pero una esquina de la boca se le movió. Una sola vez. Y regresó a su lugar.

Hizo como que no había visto nada. Ella hizo como que no había visto que él hacía como que no. Treinta minutos así.

A las once menos diez llegaron a Higuera. Don Chema cargó la caja por un lado y Leonardo por el otro, escalera arriba, con el mismo cuidado con que se sube a un enfermo.

En la sala, él se quedó frente al librero, sacó dos libros de la segunda repisa y los acomodó más arriba. Metió la caja en el hueco.

—Aquí —dijo—. Donde los ves al despertar.

Don Chema bajó. Ximena se quedó viendo la caja gris entre sus libros como si hubiera llegado alguien a vivir con ella.

El celular vibró otra vez. Esta vez era videollamada.

—Contesta —dijo Leonardo, que ya se estaba quitando el saco—. Yo aquí espero.

Ximena se encerró en la recámara.

La pantalla se partió en dos. De un lado, Lucía, ya sin chongo, con el pelo suelto y todavía los aretes de perla, sentada en un sillón blanco en Santa Fe. Del otro, Andrea en pijama, con lentes y una mascarilla verde en la cara.

—Habla —dijo Lucía.

—Hola, ¿cómo están?

—Ximena Oropeza Rangel, habla.

Ximena se sentó en la orilla de la cama. Miró la puerta cerrada. Bajó la voz.

—Es en serio.

Nadie dijo nada durante dos segundos, que en esa videollamada eran una eternidad.

—Desde el dieciocho de octubre. Nadie sabe. Bueno, ahora ustedes. —Se frotó la frente—. A mi tía y a mi tío se lo voy a decir yo. Cuando esté lista.

—¿Y cuándo vas a estar lista? —preguntó Andrea, sin moverse, para que no se le cuarteara la mascarilla.

—No sé. Cuando esté lista.

—Me pido dama de honor —dijo Andrea.

—¡Andrea!

—Me pido. Ya está dicho.

Ximena se volvió hacia la otra mitad de la pantalla.

—Y tú. ¿Qué hacías vestida de novia de los cincuenta con Sebastián Sepúlveda?

Lucía se quitó un arete, despacio. Luego el otro.

—Es un contrato —dijo—. Desde hace tres semanas. Ciento veinte mil al mes, por un año. Cero contacto físico. Yo me aprendo a Bianca: cómo se viste, cómo se ríe, qué le gusta de comer. Voy con él a sus cosas y me porto como ella. Ya.

—¿Ya? —Ximena se acercó al celular—. Lu. ¿Y si se le cruza el cable? ¿Y si un día se le olvida que eres tú?

—No se le va a olvidar. —Lucía dejó los aretes en la mesa, sin mirar a la cámara—. Nunca me ve a mí.

Andrea levantó una ceja por encima de la mascarilla y no dijo nada. Ximena tampoco. Esa la iban a platicar otro día, las tres, sin pantallas de por medio.

—Por cierto —dijo Andrea, ya con otro tono—. Puse algo educativo en el grupo. No lo abras enfrente de él. Y lee la lista: los cuatro requisitos.

—¿Cuál lista?

—No la has leído.

—Estaba en una subasta, Andy.

—Léela. Sola.

Colgaron. Ximena se quedó un momento con el celular en la mano y el grupo abierto, con un número de mensajes sin leer que no quiso ni ver. Lo bloqueó y salió.

Leonardo estaba en el sillón con las mangas arremangadas, revisando algo en el celular.

—¿Tienes hambre? —preguntó ella.

—¿Tú vas a cocinar?

—Chilaquiles. Es lo único que se me antoja a esta hora.

Estaba friendo las tortillas cuando le sonó el celular a él. Lo oyó contestar con su voz de oficina, esa que era más corta y más grave. Un proveedor, algo de un embarque, algo que no podía esperar al lunes.

Se asomó a la cocina con el teléfono todavía en la oreja.

—Necesito mandar un correo largo. ¿Me prestas tu computadora?

—Está en el buró. La contraseña es mi cumpleaños.

Él asintió y se fue. No preguntó qué día era.

Ximena se quedó con la espátula en el aire, pensando en eso. Luego siguió volteando tortillas.

En esa computadora tenía WhatsApp Web abierto desde el semestre pasado, para contestar los grupos de sus clases sin andar con el celular en la mano. No se acordó.

Estaba licuando la salsa verde, con el ruido de la licuadora encima de todo, y cuando la apagó oyó, desde la recámara, una risa. Corta. Una sola. Como la de alguien que no quiere que lo oigan.

Sirvió dos platos, con crema, queso y cebolla, y los llevó a la mesa. Al pasar frente a la puerta de la recámara lo vio sentado en la cama, cerrando la computadora.

La cerró muy despacio. Demasiado despacio.

—Ya está la cena.

—Voy.

Comieron en la mesita de la sala. Él no podía con la boca. Cada vez que la veía, la sonrisa se le escapaba por una orilla y él la volvía a guardar.

—Los totopos están perfectos. Crujientes, pero no duros.

—Gracias.

—Y la salsa. Pica justo lo que tiene que picar.

—¿De qué te ríes?

—De nada. —Se llevó un bocado a la boca—. Un correo muy bueno.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados. Él siguió comiendo como un señor muy serio que acababa de recibir un correo muy bueno.

Lavaron los platos juntos. Él lavaba, ella secaba, y dos veces le chocó la cadera a propósito. Cerca de la medianoche se puso el saco en la entrada. Ximena le arregló el cuello, que no necesitaba arreglo, y él la abrazó.

Fue un abrazo largo. Ella tenía la nariz en su camisa y los ojos cerrados. Sintió que él bajaba la cabeza hasta su oído.

—Creo que cumplo con los requisitos de tus amigas.

Ximena se quedó de piedra.

Requisitos. ¿Cuáles requisitos? ¿Cómo sabía él que había requisitos?

Leonardo le dio un beso en el pelo, la soltó, abrió la puerta y bajó la escalera sin voltear. Oyó sus pasos. Oyó la puerta de abajo.

Ella seguía en el mismo lugar, con la mano en el marco. En la otra mano, la pantalla del celular se encendió sola con un mensaje nuevo.

Las Brujas del 3er Piso. 99+ mensajes sin leer.

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