Ella es la mayor de seis hermanos y siempre ha tenido una vida difícil.. Pero tiene la posibilidad de volver a vivir en un nuevo mundo y poder ser feliz ayudando a otros.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansion Harrington 2
La mansión estaba organizada por pisos.
En el primero se encontraban las dependencias de servicio y varios espacios destinados al funcionamiento cotidiano de la casa.
El segundo piso contaba con habitaciones para administradores y trabajadores de confianza que necesitaban alojarse allí.
En el tercero estaban las habitaciones principales de la familia.
Rose insistió en ocupar una habitación del segundo piso.
No quería instalarse en las dependencias familiares.
Los condes aceptaron su decisión.
Aunque, cuando llegó a su nueva habitación, Rose descubrió que habían ignorado por completo su petición de recibir algo sencillo.
La habitación era preciosa.
Tenía una cama amplia, cortinas elegantes y muebles de madera cuidadosamente trabajados.
Había un escritorio junto a la ventana.
Una cómoda.
Un armario lo suficientemente grande para guardar toda su ropa varias veces.
Y una pequeña sala de estar junto a la chimenea.
Rose se quedó en la puerta.
Miró la cama.
Después el escritorio.
Luego las cortinas.
Volvió a mirar la cama.
[¿Esto es una habitación para trabajadores?]
Se acercó a la ventana.
Desde allí podía contemplar una parte de los jardines de la mansión.
Había flores.
Árboles.
Un sendero de piedra.
Y, a lo lejos, una pequeña fuente.
Rose apoyó las manos sobre el alféizar.
Sonrió.
[Está bien.]
[Definitivamente, puedo acostumbrarme a esto.]
Después abrió el armario.
Estaba prácticamente vacío.
Lo observó durante unos segundos.
[Perfecto.]
[Así tengo espacio para comprar más vestidos.]
Se detuvo.
[Espera. Primero debo ahorrar.]
Cerró el armario.
[La futura propietaria de una casa debe ser responsable.]
Y cinco segundos después comenzó a imaginar cómo decoraría su futura biblioteca.
Los condes también empezaron a compartir el desayuno con ella.
Al principio, Rose se sintió incómoda.
Estaba acostumbrada a levantarse temprano, preparar algo sencillo y salir rápidamente hacia el trabajo.
No estaba acostumbrada a sentarse a una mesa elegante con dos condes que le preguntaban si había dormido bien.
Ni a que alguien le sirviera una segunda taza de té sin que tuviera que pedirla.
Ni a escuchar preguntas como:
—¿Descansó lo suficiente anoche?
O..
—¿Está comiendo adecuadamente?
O incluso..
—Rose, ¿por qué tiene ojeras?
Aquella última pregunta la hizo casi atragantarse con el té.
—Estoy bien, condesa.
La mujer la miró con desconfianza.
—¿Cuántas horas durmió?
Rose guardó silencio.
El conde dejó lentamente su periódico.
—Rose.
Ella sonrió.
—Las suficientes.
—Eso no es una respuesta
[¡¿Por qué tengo que rendir cuentas sobre mis horas de sueño?!]
Rose miró a ambos.
Los dos esperaban una respuesta.
Suspiró.
—Dormí seis horas.
La condesa frunció el ceño.
—Eso no es suficiente.
El conde asintió.
—Estoy de acuerdo.
Rose miró su desayuno.
[Esto es una conspiración.]
Sin embargo, no estaba realmente molesta.
De hecho, aquella preocupación le resultaba extraña.
Los condes no le preguntaban por su descanso porque necesitaran que trabajara más.
Le preguntaban porque querían que estuviera bien.
Era una diferencia enorme.
Y, poco a poco, Rose comenzó a sentirse cómoda.
Los desayunos se convirtieron en uno de sus momentos favoritos del día.
El conde le contaba algunas anécdotas de su juventud.
La condesa hablaba de sus hijos.
A veces recibían cartas y las leían durante la comida.
Otras veces discutían sobre qué flores debían plantar en los jardines.
Y Rose participaba en aquellas conversaciones como si fuera lo más natural del mundo.
Nunca la obligaban a hablar de su pasado.
Nunca le preguntaban por qué no regresaba a su hogar.
Y nunca la hicieron sentir que debía ganarse su derecho a sentarse con ellos.
Eso era lo que más le gustaba.
No tenía que demostrar nada.
Podía simplemente estar allí.
Con el tiempo, los condes descubrieron que disfrutaban mucho de la compañía de Rose.
Era educada, inteligente y tenía una conversación agradable.
Además, poseía una cualidad que ambos valoraban enormemente.
Pensaba en los demás.
Pero, a diferencia de muchas personas que confundían la generosidad con el sacrificio constante, Rose comenzaba a aprender que también podía establecer límites.
Los condes se aseguraban de recordárselo.
—No necesita resolver todos los problemas de la casa en un solo día
—Lo sé, su excelencia.
—¿De verdad?
Rose sonrió.
—Estoy aprendiendo.
La condesa soltó una pequeña carcajada.
—Al menos es sincera.
Y era verdad.
Rose todavía tenía mucho que aprender.
Seguía teniendo la costumbre de aceptar demasiadas responsabilidades.
A veces olvidaba descansar.
Y de vez en cuando se sorprendía pensando que debía resolverlo todo por sí misma.
Pero estaba cambiando.
Ahora tenía personas que le recordaban que no estaba sola.
Personas que la escuchaban.
Personas que se preocupaban por ella.
Y, sobre todo, personas que estaban felices de tenerla cerca.
Una tarde, mientras Rose revisaba unos documentos en el salón, la condesa pasó junto a ella.
—¿Trabajando otra vez?
Rose levantó la cabeza.
—Solo estoy terminando un informe.
La condesa suspiró teatralmente.
—Voy a tener que esconderle los documentos.
Rose soltó una carcajada.
—¡No puede hacer eso!
—¿Ah, no?
—¡Condesa!
La mujer sonrió y continuó caminando.
Rose volvió a mirar sus papeles.
Pero esta vez no pudo evitar sonreír mientras trabajaba.
Porque, aunque todavía no lo sabía, había comenzado a construir algo que nunca había tenido realmente en su primera vida.
Un hogar.
No porque hubiera nacido allí.
No porque tuviera un apellido importante.
Ni porque alguien le hubiera dicho que debía quedarse.
Sino porque, poco a poco, había encontrado personas que querían que estuviera allí.
Y eso...
Eso era algo que Rose estaba empezando a atesorar muchísimo.
me encanta muy divertida