Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Las marcas y el silencio
Me quedé sola en la inmensa habitación, mirando los doscientos dólares sobre la mesa como si fueran fuego. Me dolió el pecho de una forma que no sabía describir. No era amor, nunca lo fue. Era un trato. Una transacción. Él lo veía tan claro, tan natural… y yo… yo había esperado que fuera diferente. Que después de todo lo que pasó, de las palabras, de las horas juntos… hubiera algo más. Pero no. Solo era suya mientras él quisiera, y cuando terminaba, me pagaba como si fuera cualquier cosa.
Me levanté despacio, buscando mi ropa doblada en una silla. Me puse los jeans, la chompa, las zapatillas… y me sentí extraña, como si volviera a ponerme mi piel después de haber sido otra persona toda la noche. Antes de salir, miré los billetes una vez más. Quería dejarlos. Quería dejarlos ahí y marcharme sin tocar nada suyo. Pero pensé en el alquiler, en las facturas, en el dinero que nos faltaba para llegar a fin de mes… y con manos temblorosas los tomé y los guardé en el bolsillo interior de mi bolso, sintiendo que me robaba algo a mí misma.
Salí del edificio sin mirar atrás. El sol de la mañana me golpeó la cara y tuve que cubrirme los ojos. Caminé hasta la parada del autobús, con la cabeza gacha, sintiendo que todos me miraban, que todos sabían dónde había estado, qué había hecho. Cuando llegué al departamento, subí las escaleras despacio, como si pesara el cuerpo entero. Al abrir la puerta, el olor a café recién hecho y pan tostado me recibió de golpe.
—¡Lía! —gritó Mila desde la cocina, saliendo corriendo hacia mí—. ¡Por fin llegas! Estábamos preocupadas. Pensamos que te habías quedado a dormir con él y… bueno, no nos atrevimos a llamar por si te molestaba.
—Sí… me quedé —dije, forzando una sonrisa mientras cerraba la puerta tras de mí—. Perdón por no avisar. Se hizo tarde y… no me di cuenta.
Luna salió de su habitación con una libreta en la mano, sonriendo.
—No te preocupes, entendemos perfectamente. ¿Cómo te fue? ¿Bien? Se ve que sí… te ves radiante, aunque un poco cansada.
Mi corazón dio un salto. Radiante. Sí, claro. Radiante por haber sido usada y pagada. Radiante por ser el secreto de un hombre casado.
—Sí… bien —respondí, caminando rápido hacia mi cuarto—. Voy a cambiarme y me lavo la cara, ya salgo.
Cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, dejando escapar el aire que había estado conteniendo. Me quité la chompa y la camiseta con cuidado, y cuando miré mi cuerpo en el espejo del armario, sentí que las piernas me fallaban. Marcas. Moretones oscuros en el cuello, en los hombros, en la clavícula. Una marca profunda justo donde empezaba el pecho, roja y evidente. Él no había tenido cuidado. No le había importado. Me había marcado como lo que era: suya.
Me senté en el borde de la cama y me cubrí la cara con las manos. ¿Cómo iba a ocultar esto? ¿Qué les iba a decir? No podía usar escotes, no podía usar camisetas ajustadas, no podía dejar que me vieran el cuello. Y si preguntaban… ¿qué inventaba? ¿Que me golpeé? ¿Que me picó un insecto? Se iban a dar cuenta. Siempre se daban cuenta de este tipo de marcas.
Me puse una camiseta de cuello alto, de esas que cubren hasta la barbilla, y me miré otra vez. Seguían viéndose los bordes. No había forma de esconderlo del todo. Salí de la habitación con el corazón en la garganta, dispuesta a evadir miradas y respuestas.
—¿Te sientes bien? —preguntó Luna al verme sentarme a la mesa—. Tienes mucho calor en la cara. ¿Estás enferma?
—No, nada —dije, tocándome el cuello por instinto—. Solo… me puse la camiseta porque hace frío. Y me duele un poco la garganta, nada más.
Mila me miró con ojos entrecerrados, inclinándose un poco hacia mí.
—¿Y eso qué tienes en el cuello? Parece… como un moretón.
El mundo se me detuvo. Tragué saliva, buscando una excusa desesperada, cualquier cosa que sonara creíble.
—Ah… eso —dije, riendo con nerviosismo—. Me golpeé con el pomo de la puerta ayer, cuando salía. Fue tonto, no vi bien y… pum. Me dolió bastante.
—¿Con el pomo de la puerta? —repitió Luna, levantando una ceja—. Qué golpe tan… grande. Y tan rojo.
—Sí, bueno… me golpeé fuerte —insistí, bajando la mirada hacia mi taza de café—. Ya se me quitará. No es nada.
Se quedaron calladas, pero sentí que no me creían. No del todo. Cambiaron de tema, hablaron de la canción, de la coreografía, de la presentación del fin de semana… pero yo no podía concentrarme. Cada vez que movía la cabeza, sentía que las marcas se hacían más visibles. Cada vez que me tocaba hablar, tenía la sensación de que me estaban examinando.
Y entonces, recordé el dinero. Los doscientos dólares en mi bolso. La solución a tantos de nuestros problemas. Y al mismo tiempo, la cosa más sucia que tenía en mis manos. Lo saqué despacio, lo puse sobre la mesa, y ambas se quedaron mirándolo con los ojos muy abiertos.
—¿Qué es eso? —preguntó Mila.
—Dinero —dije, con voz apenas audible—. Para el alquiler. Para las facturas. Para lo que necesitemos.
—¿De dónde lo sacaste? —Luna lo miró y luego me miró a mí, seria—. Lía… ¿de dónde salió esto? Es mucho dinero.
—Él me lo dio —respondí, sin poder sostenerles la mirada—. Dijo que… dijo que era para nosotras. Que quería ayudarnos. Sabía que andábamos cortas de dinero y… insistió mucho. No pude decirle que no.
—¡Qué generoso! —exclamó Mila, sonriendo de inmediato—. ¡Dios mío, sí que se preocupa por ti! Por nosotras, incluso. ¡Qué hombre tan maravilloso!
Pero Luna no sonrió. Me miró fijamente, y en sus ojos vi algo que me heló el alma. No era alegría. Era duda. Era una pregunta que no se atrevía a hacer en voz alta.
—¿Te lo dio así nada más? —preguntó despacio—. Sin motivo, sin más…
—Sí —mentí, sintiendo cómo se me humedecían los ojos—. Solo… para ayudarnos. Dijo que no quería que nos preocupáramos por eso.
—Bueno, pues aceptémoslo —dijo Mila, tomando el dinero—. Nos hace muchísima falta. Y si él quiere ayudarte… déjalo. No hay nada de malo en eso.
Luna asintió lentamente, pero no dejó de mirarme.
—Supongo que no… —dijo, sin convencerse del todo—. Solo ten cuidado, Lía. A veces… las cosas que parecen regalos, tienen un precio que no vemos al principio.
Esas palabras me atravesaron como una flecha. Tienen un precio que no vemos al principio. Si supiera… si supiera que el precio era mi cuerpo, mi dignidad, mi libertad. Que ese dinero era el pago por una noche que no había sido mía. Que yo misma era el regalo que él había decidido darse.
—Lo sé —susurré—. Ten cuidado.
Terminamos de desayunar y empezamos a prepararnos para el ensayo. Me puse una chaqueta encima de la camiseta, aunque hacía calor, y la mantuve abrochada hasta el cuello todo el día. Cada movimiento, cada giro, cada vez que me miraban… sentía que las marcas ardían bajo la tela, gritando la verdad que no podía decir. Y mientras ensayábamos, mientras cantábamos, mientras intentaba sonreír… yo solo pensaba en una cosa: él me había pagado. Yo había aceptado. Y ahora, no solo era su amante. Ahora también le debía. Y las deudas… las deudas siempre se cobran con intereses.