¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!
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EL REY QUE NO PERMITIRÍA QUE LOS TOCARAN
La mañana siguiente encontró a Kaelen en el salón del consejo. Volvía a llevar la armadura negra, pero había algo diferente en su rostro. Parecía menos vacío.
Hasta que uno de los lores pronunció el nombre de Elysian con desprecio.
—Su Majestad, debemos hablar de su consorte.
Kaelen levantó lentamente la mirada.
—¿Qué ocurre con él?
—Las Grandes Casas consideran inapropiado que un sanador plebeyo ocupe el lugar que debería corresponder a una alianza de sangre.
—¿Debería?
—Un matrimonio político fortalecería la estabilidad de la corona.
Kaelen se puso de pie.
—La corona ya es estable. La que no está estable es mi paciencia.
—Escuchen con atención —continuó—. No voy a repetir esto.
Las sombras bajo sus botas comenzaron a moverse.
—Elysian no es una recompensa que pueda entregarse a una familia noble. No es una herramienta política. No es un adorno para mi trono. Es el hombre que me salvó la vida cuando mi propia familia intentó borrarme del mundo.
Miró uno por uno a los presentes.
—Es quien cuidó a Lyra cuando ambos éramos perseguidos. Es mi amado.
La palabra quedó suspendida.
—Quien vuelva a cuestionar su honor, su lugar o su derecho a caminar a mi lado no estará cuestionando a un plebeyo. Estará cuestionando al rey.
Elysian se enteró aquella tarde.
—Amenazaste a medio consejo.
—Solo a los que lo merecían.
—Kaelen.
—Elysian.
—No puedes amenazar a cada persona que diga algo desagradable sobre mí.
—Puedo.
—No deberías.
Kaelen suspiró.
—Intentaré no hacerlo.
—¿Intentar?
—Es lo máximo que puedo ofrecer.
Elysian sonrió y le acomodó un mechón de cabello.
—Entonces aceptaré eso.
—Pero hay otra persona de la que quiero hablar.
La expresión de Kaelen cambió.
—¿Quién?
—Lyra.
—¿Qué le ocurrió?
—Nada. Precisamente eso. No quiero que conviertas el palacio en una fortaleza alrededor de ella.
Kaelen frunció el ceño.
—Ella es mi familia.
—Lo sé.
—Es mi hermana.
—También lo sé. Pero proteger no significa encerrarla.
Kaelen guardó silencio.
—Diez años no te enseñaron todo —añadió Elysian.
—Me enseñaron muchas cosas.
—Pero no esa.
—Entonces la aprenderé contigo.
Lyra entró en ese momento.
—¿Interrumpo?
—Sí —respondió Kaelen.
—Perfecto.
Se sentó frente a ellos.
—He venido a decirte que no necesito veinte guardias detrás de mí.
—Tendrás cuatro.
—Dos.
—Seis.
—Tres.
—Cinco.
—Acepto cuatro.
Elysian se echó a reír.
Lyra tomó la mano de Kaelen.
—No volveré a perderlos —dijo él.
Ella dejó de bromear.
—No tienes que cargar solo con esa promesa.
Elysian puso su mano sobre las de ambos.
—Ahora somos tres.
Kaelen miró sus manos juntas.
Por primera vez, aquella palabra dejó de significar una debilidad.
Familia.
A partir de entonces, el palacio cambió. No porque Kaelen se volviera menos peligroso, sino porque todos aprendieron qué ocurría cuando alguien intentaba tocar a las dos personas que estaban bajo su protección.
Un sirviente difundió rumores sobre Elysian y fue expulsado. Un noble insultó a Lyra y perdió su cargo. Un grupo de jóvenes aristócratas intentó burlarse de ella en los jardines.
Kaelen apareció detrás de ellos.
—Repitan lo que dijeron.
Ninguno respondió.
—No los escuché.
Uno palideció.
—Fue una broma, Majestad.
—No. Una broma es aquello de lo que todos pueden reírse. Lo que hicieron fue cobardía.
Miró a Lyra.
—¿Quieres que los castigue?
—No.
Kaelen volvió a mirar a los muchachos.
—Entonces se irán.
Cuando quedaron solos, Elysian tomó su brazo.
—Estás aprendiendo.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.