Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 20
Capítulo 20: El medallón lunar
Milena despertó con olor a cedro negro junto a la cama.
Dante estaba sentado en una silla que apenas cabía en el cuarto, con la camisa abierta en el cuello y las muñecas vendadas. No dormía. Tampoco fingía. Tenía los ojos clavados en ella con una paciencia furiosa y las manos cerradas sobre las rodillas.
—Cuánto tiempo —preguntó ella.
La garganta le raspó.
—Tres días.
Milena intentó sentarse.
Las paredes se movieron.
Dante puso una mano detrás de su espalda. No empujó. No la levantó. Solo sostuvo el espacio hasta que ella decidió aceptar el apoyo.
—Despacio.
—Odio esa palabra.
—La usó conmigo.
—Yo estaba en lo correcto.
—Yo también.
Milena le habría discutido, pero la puerta se abrió y entró Inés, la sanadora del ala lunar. Olía a laurel fresco y a cansancio honesto.
—La Abuela Clara está despierta.
Milena se levantó de golpe.
Dante la sostuvo otra vez.
Esta vez no protestó.
El pasillo hasta el ala de sanación le pareció largo. No porque estuviera débil. Porque cada paso la llevaba hacia una verdad que su abuela había guardado durante años. Dante caminó a su lado, no delante. Jacobo los siguió a distancia, y por una vez nadie en Casa Lirio intentó detenerla.
Clara esperaba sentada en la cama, envuelta en un chal gris. Parecía cansada, pero sus ojos ya no flotaban entre fiebre y sueño. En la mesa había un cuenco de agua con hojas de laurel, corteza lunar y una piedra blanca que Milena reconoció de niña.
Piedra de memoria.
—Mile.
Milena llegó a su lado.
—Estoy aquí.
La anciana le tocó la cara con dedos temblorosos. La parte de la cicatriz donde la plata se había quebrado seguía sensible. Clara no se detuvo en la marca. Le sostuvo la mejilla con la ternura vieja de las tardes en que Milena volvía de correr por el patio.
—Te hicieron sangrar otra vez.
—Yo también hice sangrar a otros.
Clara soltó un sonido pequeño.
No risa. Orgullo cansado.
Luego miró a Dante.
El miedo seguía allí. También la decisión.
—Si vas a caminar con un Navarro, necesitas saber qué te robaron.
Dante se quedó cerca de la puerta.
—Puedo salir.
Clara lo estudió.
—No. Si vas a protegerla, escucha lo que tu sangre no quiso escuchar.
Milena sintió que la habitación cambiaba de peso.
Clara abrió la mano. Tenía una llave vieja atada con hilo rojo.
—En la casa Ríos, detrás del altar donde Patricia finge rezar cuando hay visitas, hay una caja. Dentro está el medallón que llevabas cuando llegaste a mis brazos.
—Llegué —repitió Milena.
La palabra cortó.
Clara cerró los ojos.
—No naciste en esa casa. Te dejaron conmigo una noche de luna rota. Tu madre sangraba. Tu padre no llegó.
Milena no pudo hablar.
Dante se acercó un paso.
Clara lo vio y no lo detuvo.
—Patricia encontró la caja años después. Usó el medallón para cobrar favores. Luego lo escondió.
—Voy por él —dijo Milena.
Dante respondió al mismo tiempo:
—Vamos.
Clara le apretó la mano.
—No vayas como hija. Ve como loba. Esa casa nunca te dio nada gratis.
La casa Ríos olía igual que Milena recordaba: rosas caras, paredes húmedas y resentimiento guardado en muebles brillantes. Patricia no esperaba verlos. Arturo, uno de sus primos, intentó bloquear la entrada con dos hombres humanos que olían a sudor y miedo.
Dante ni siquiera gruñó.
Solo miró.
Los hombres se apartaron.
Patricia bajó por la escalera envuelta en seda, con el pelo perfectamente peinado para una mujer que acababa de ser despertada por el Alpha de la manada en su sala.
—No tienen derecho a entrar.
Milena levantó la llave.
—Vengo por lo que robó.
Patricia palideció.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabe. Lo supo cada vez que me llamó Cruz para que yo agradeciera una familia que me vendió como reemplazo.
El rostro de Patricia se endureció.
—Te criamos.
Milena avanzó.
—Abuela Clara me crió. Usted me usó.
Arturo dio un paso.
Dante lo tomó del cuello y lo puso contra la pared.
—Quieto.
No levantó la voz. No hizo falta.
Milena caminó hacia el altar de madera. Patricia fingía rezar allí cuando llegaban visitas, con velas limpias y manos perfumadas. Milena empujó el panel lateral. Detrás, una tabla suelta cedió bajo la llave.
La caja estaba allí.
Pequeña.
Negra.
Más pesada de lo que parecía.
Dentro había papeles viejos, una pulsera de bebé, una cinta verde de sanadora y un medallón oscuro con una luna partida. El metal se calentó apenas lo tocó.
El cuarto olió a lluvia.
No a la lluvia de Dante.
A otra manada.
Dante soltó a Arturo y se acercó.
Milena giró el medallón.
En la parte trasera, bajo una capa de polvo, había un lobo grabado con una corona de espinas.
Patricia susurró:
—Varela.
El nombre atravesó la sala.
Dante se quedó inmóvil.
Milena cerró los dedos sobre el medallón.
—Ahora sí vamos a hablar.