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BAJO LA PIEL DEL DESEO

BAJO LA PIEL DEL DESEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.

Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.

En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.

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Capitulo 12

Lidia estaba organizando unos documentos en su mesa cuando vio la figura en la entrada. El corazón se le detuvo un instante. Adrián. Estaba allí, de pie, con las manos en los bolsillos y esa expresión que ella conocía tan bien: la de quien cree que basta con aparecer para que todo vuelva a ser como antes.

—Lidia —la llamó, dando un paso hacia su escritorio, ignorando a las personas que pasaban cerca—. Necesito hablar contigo. Por favor.

Ella se puso de pie lentamente, apretando los bordes de la mesa con las manos, intentando mantener la calma que sentía que se le escapaba.

—No deberías estar aquí, Adrián —le dijo con voz firme aunque le temblaba el pecho—. Esto es mi trabajo. Y tú y yo… ya no tenemos nada que decirnos.

—Sí tenemos —insistió él, acercándose más—. Tengo mucho que decirte. Fui un idiota. Cometí el error más grande de mi vida y ahora no puedo vivir sin ti. Me di cuenta de lo que perdí y no quiero seguir perdiéndote. Dime qué puedo hacer para que me perdones. Lo que sea.

Lidia negó con la cabeza, sintiendo cómo el pasado se abalanzaba sobre ella de golpe, reviviendo cada mentira, cada palabra hiriente.

—¿Perdonarte? —repitió ella, con un hilo de voz—. ¿Por qué debería? Me mentiste durante meses. Me culpaste a mí de tu propia traición. ¿Y ahora vienes a decirme que lo sientes como si nada hubiera pasado?

—Porque me equivoqué —suplicó él, acercándose tanto que ella tuvo que retroceder un paso—. Estuve ciego. No supe valorar lo que tenía hasta que te vi irte. Te juro que no significó nada. Fue un error, una locura pasajera… pero tú eres lo real. Tú eres la única a la que amo. Por favor, vuelve conmigo.

—No me pidas que vuelva —le cortó ella, recuperando la firmeza—. No puedes deshacer lo que hiciste con un “lo siento”. La confianza se rompió, Adrián. Y no se reconstruye así de fácil. Yo ya no soy la mujer que se iría contigo sin hacer preguntas. Y tú… no eres el hombre que yo creí amar. Por favor, vete. No quiero hacer una escena aquí.

—No me iré sin ti —dijo él, levantando un poco la voz y agarrándola del brazo con más fuerza de la necesaria—. Hablemos bien. En casa, como antes. Olvidemos todo esto y empecemos de nuevo. Te lo ruego, no me dejes solo.

En ese instante, una mano firme y decidida se posó sobre la muñeca de Adrián, apartándola de Lidia con un movimiento seco pero controlado. Damián se colocó entre ambos, protegiéndola con su propia presencia, y miró a Adrián con una frialdad que heló el aire alrededor.

—Creo que te ha dicho que te vayas —dijo Damián con voz baja, pausada y peligrosamente tranquila—. Y no repitas el gesto de tocarla sin su permiso.

Adrián lo miró de arriba abajo, desafiante pero inseguro ante la autoridad que emanaba aquel hombre.

—¿Y tú quién eres para meterte? —reclamó—. Esto es algo entre Lidia y yo. No tiene nada que ver contigo.

—Soy Damián Blackwood, y esta es mi empresa —respondió él sin apartar la vista—. Y Lidia trabaja aquí, lo que significa que mientras está en este edificio, la cuido yo. Y fuera de él también. No importa quién seas. No tienes derecho a venir a molestarla, a presionarla ni a hacerla sentir mal. Ella te pidió que te fueras. Y si tienes un mínimo de respeto, lo harás.

—¿Crees que porque eres su jefe puedes decirme qué hacer? —soltó Adrián, con tono desafiante—. Tenemos una historia. Nos amamos. Esto no se acaba así nada más.

—Ella te dejó claro que sí se acabó —corrigió Damián, dando un paso hacia él sin perder la calma—. Y el amor no se impone, no se ruega y mucho menos se obliga. Si de verdad la amas como dices, respetarás su decisión. Pero si no lo haces… entonces tendrás que lidiar conmigo. Y te aseguro que no quieres llegar a ese punto.

Adrián dudó, mirando primero a Damián y luego a Lidia, que se mantenía de pie detrás de él, con la respiración agitada pero la mirada firme.

—¿Es él? —preguntó Adrián con amargura—. ¿Por eso te quedaste? ¿Porque ya tenías a alguien más?

—No —respondió Lidia con voz clara—. Me quedé porque aprendí a respetarme a mí misma. Y tú no me respetaste. No es por nadie más. Es por mí. Y eso no va a cambiar.

Damián señaló la puerta con un gesto preciso y definitivo.

—Has oído lo que dice. Sal de mi oficina. Y no vuelvas a acercarte a ella. ¿Entendido?

Adrián miró a Lidia una última vez, buscando algún rastro de duda, de arrepentimiento, de algo que le dijera que podía ganar. Pero ella sostuvo la mirada sin moverse, firme en su decisión. Con un suspiro pesado y una última mirada de reproche, se giró y se marchó, dejando el pasillo en silencio.

Solo entonces Damián se giró hacia ella, y la dureza de su rostro se suavizó al instante. Le acercó una silla con cuidado, como si quisiera asegurarse de que estaba bien.

—¿Estás bien? —preguntó con voz suave, poniéndole una mano en el hombro con delicadeza—. No te dejé ni un segundo. No iba a dejar que te presionara así.

Lidia se sentó, sintiendo las piernas temblarle ahora que la tensión aflojaba un poco. Levantó la vista hacia él, con los ojos brillantes y el pecho agitado.

—Lo sé —dijo ella con gratitud profunda—. Gracias, Damián. Si no hubieras estado aquí… no sé cómo habría terminado. Me desequilibró verlo. Pensé que estaba preparada, pero cuando lo tuve enfrente… todo volvió de golpe.

—Es normal —dijo él, acariciándole suavemente el brazo sin cruzar ninguna línea—. No te juzgo. No te culpo. Pero quiero que sepas algo: desde ahora, yo estaré ahí. No dejaré que vuelva a acercarse a molestarte. Eres importante para mí, Lidia. Y cuido lo que es mío.

Ella alzó la vista, sorprendida por la firmeza de sus palabras, y sintió cómo el corazón se le llenaba de una calidez que desplazaba el miedo.

—¿Lo que es tuyo? —repitió en un susurro.

—Sí —respondió él sin dudar, con esa mirada que lo decía todo—. No importa si todavía no estamos juntos. Tú eres mi prioridad. Y te protegeré siempre, de quien sea y cueste lo que cueste. No tienes que enfrentarlo sola nunca más.

Lidia asintió, sintiéndose a salvo por primera vez desde que todo comenzó. Sabía que el encuentro la había desestabilizado, sí, pero también sabía que no estaba sola. Y mientras Damián estuviera ahí, defendiéndola con esa certeza absoluta, sentía que podía superar cualquier cosa.

Lidia se quedó mirando la puerta por donde se marchó Adrián, con las manos todavía temblando sobre el regazo. Damián se mantuvo a su lado, sin irse, sin presionarla, como un muro firme y cálido.

—¿Te asustó? —le preguntó en voz baja, acercándose un poco más—. No va a volver. Te lo aseguro.

Ella levantó la vista hacia él, con los ojos todavía húmedos pero más serenos.

—No fue miedo —respondió ella—. Fue… el recuerdo de lo que creí que teníamos. Pero tú apareciste y todo se volvió claro de nuevo. Gracias por no dejarme caer.

Damián le rozó suavemente la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto breve y protector.

—Mientras yo esté aquí, no caerás —le dijo con firmeza—. No permito que nadie te haga daño. Eres mi prioridad, siempre.

Lidia asintió, sintiendo que esas palabras valían más que cualquier promesa que hubiera escuchado antes. Y supo que, pase lo que pase, ya no estaba sola.

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