Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Un día en el rancho
Para cuando Rubí terminó de desayunar, el sol ya había subido bastante.
Su abuelo había cumplido su palabra y no volvió a tocar la pala. En cambio, se había sentado en el porche con una taza de café, observando cómo su nieta iba de un lado a otro.
—Podrías descansar un poco —le dijo.
Rubí dejó las manos sobre la cintura.
—Estoy bien.
—Llevas despierta desde las seis.
—Y tú llevas despierto desde antes.
—Eso es diferente. Soy viejo.
—Precisamente por eso deberías descansar.
Su abuelo sonrió.
—Ahora resulta que mi nieta viene después de diez años y quiere mandarme.
—Alguien tiene que hacerlo.
Desde el interior de la casa, su abuela soltó una carcajada.
—Déjala, cariño. Al menos así se mantiene ocupada.
Rubí tomó una botella de agua y se dirigió nuevamente hacia el patio.
La mañana había empezado tranquila, pero tenía la sensación de que aquel día no iba a quedarse así.
Y no se equivocaba.
—¡Rubí!
La voz de Logan llegó desde el otro lado del camino.
Ella levantó la mirada.
Logan estaba junto a la cerca de la propiedad Carter.
—¿Qué?
—¿Quieres venir al rancho?
Rubí miró a su abuelo.
Él levantó las manos.
—Ve.
—Pero todavía tengo que terminar aquí.
—Yo puedo hacerlo.
—Abuelo…
—Rubí.
Ella suspiró.
—Está bien.
Cruzó el camino y se acercó a Logan.
—¿Qué vamos a hacer?
—Ayudar con algunas cosas.
—Eso suena sospechoso.
—No todo lo que hacemos tiene que ser una travesura.
Rubí lo miró fijamente.
—¿Seguro?
—No.
Ella rio.
Caminaron hacia los establos.
La actividad en el rancho ya era intensa. Había trabajadores moviendo alimento, revisando cercas y llevando algunos caballos de un lugar a otro.
Rubí observó todo con curiosidad.
—Es mucho más grande de lo que recordaba.
—Han comprado varios terrenos.
—¿Tus padres?
—Mi padre empezó a expandirlo hace unos años.
—¿Y Wyatt?
Logan la miró.
—¿Qué pasa con él?
—Nada.
—Preguntaste por él.
—Porque es tu hermano.
—Claro.
Rubí rodó los ojos.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
Antes de que pudiera responder, un caballo pasó frente a ellos.
Rubí lo siguió con la mirada.
—¿Ese es…?
—Sí.
—¿Thunder?
Logan sonrió.
—Todavía está aquí.
Rubí se acercó lentamente.
El caballo levantó la cabeza.
Ella sonrió.
—Está viejo.
—Como todos nosotros.
—No exageres.
Logan se acercó a la cerca.
—¿Quieres montarlo?
Rubí abrió los ojos.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
Ella miró al caballo.
Hacía años que no montaba.
Recordaba perfectamente cómo hacerlo, pero una cosa era recordarlo y otra muy diferente volver a subirse después de tanto tiempo.
—No sé…
—¿Qué pasa con la gran jinete que eras?
—Tenía doce años.
—Y eras mejor que yo.
—Eso sí es cierto.
—Entonces demuéstralo.
Rubí sonrió.
—Está bien.
Logan fue a buscar las riendas.
Mientras esperaba, Rubí acarició el cuello de Thunder.
—Hola, viejo.
El caballo resopló suavemente.
—¿Todavía te acuerdas de mí?
—Él no se acuerda de ti —dijo Logan.
—Cállate.
Rubí comenzó a reír.
Entonces escuchó pasos detrás de ella.
—No deberías montarlo así.
Se giró.
Wyatt.
Llevaba el sombrero puesto y una camisa clara con las mangas arremangadas. Tenía una expresión tranquila, aunque sus ojos se detuvieron unos segundos en Rubí.
—¿Así cómo? —preguntó ella.
—Sin calentarlo primero.
Logan puso los ojos en blanco.
—Aquí viene el experto.
—Solo digo.
Wyatt tomó las riendas.
—Thunder lleva años aquí, pero no es un caballo para improvisar.
Rubí cruzó los brazos.
—Sé montar.
—Nunca dije que no supieras.
—Lo dijiste con la mirada.
Wyatt sonrió.
—Entonces quizás deberías dejar de mirarme.
Rubí se quedó callada.
Logan los observó a ambos.
—Bueno…
Rubí lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
Wyatt negó con la cabeza.
—Sube.
Rubí tomó la silla.
Apoyó un pie en el estribo y se impulsó.
Por un momento todo pareció sencillo.
Hasta que Thunder dio un pequeño paso hacia adelante.
Rubí perdió el equilibrio.
—¡Espera!
Wyatt reaccionó inmediatamente.
Sujeto el brazo de Rubí antes de que pudiera caer.
Ella quedó apoyada contra él durante apenas unos segundos.
Demasiado cerca.
Rubí levantó la mirada.
Wyatt también.
Ninguno dijo nada.
Logan carraspeó.
—¿Interrumpo?
Rubí se apartó rápidamente.
—Estoy bien.
Wyatt soltó su brazo.
—Eso parece.
Ella volvió a subir al caballo, esta vez con más cuidado.
—Gracias.
—De nada.
Wyatt soltó las riendas y retrocedió.
Rubí tomó aire.
Thunder comenzó a caminar.
Al principio despacio.
Después un poco más rápido.
Y entonces Rubí sonrió.
La sensación regresó.
El viento.
El movimiento del caballo.
El olor del campo.
Era como volver a tener doce años.
—¡Lo recuerdas! —gritó Logan.
—¡Te dije que sí!
Wyatt observaba desde la cerca.
Y cuando Rubí pasó frente a él, sonrió.
Ella lo vio.
Y, sin saber exactamente por qué, le devolvió la sonrisa.
Quizás aquel verano no solo iba a devolverle viejos recuerdos.
Quizás también iba a crear algunos nuevos.