En mi vida anterior amé hasta destruirme.
Soporté cada traición creyendo que el amor debía doler.
Morí rota.
Desperté años atrás con una sola promesa: esta vez no vuelvo contigo.
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Capítulo 3: La primera vez que no pedí perdón
La primera vez que no pedí perdón
Mateo se quedó mirándome como si no hubiera entendido bien las palabras.
—¿Estás enojada? —repitió, y esa pequeña risa incrédula que siempre usaba cuando yo me atrevía a reclamarle algo salió de su boca—. Amor, fue solo una discusión. Ni siquiera fue tan grave.
Dejé la taza sobre la mesada con más fuerza de la necesaria. El café se derramó un poco, pero no me moví a limpiarlo. Mis dedos temblaban. No de miedo. De la cantidad de recuerdos que se me venían encima todos juntos.
En mi vida anterior, esta misma mañana yo le habría sonreído. Le habría dicho que exageraba, que estaba de mal humor por el período, que lo perdona. Y después él me habría abrazado por la cintura y todo habría quedado “resuelto”. Hasta la próxima vez.
Esta vez no.
—No fue “solo una discusión”, Mateo —dije con voz baja, pero firme—. Me gritaste. Me colgaste el teléfono. Y después me mandaste mensajes haciéndote la víctima.
Él soltó un suspiro largo, de esos que usaba para hacerme sentir que yo era la exagerada.
—Valeria…
—No. —Lo interrumpí—. Hoy no voy a pedirte perdón por estar molesta. Hoy no.
El silencio que siguió fue tan denso que pude escuchar el reloj de la cocina. Mateo dejó la bolsa del pan sobre la mesa y se pasó una mano por el cabello, gesto que siempre hacía cuando empezaba a irritarse de verdad.
—Estás actuando raro —dijo al fin—. Desde anoche estás… distinta.
Quise reír.
Si supiera lo distinta que estaba.
—Tal vez simplemente me cansé de ser la que siempre cede —respondí.
Sus ojos se entrecerraron. Esa era la mirada que yo más temía antes. La que aparecía justo antes de que la discusión se volviera fea. La que me hacía bajar la cabeza y buscar cualquier cosa para calmarlo.
Pero esta vez sostuve su mirada.
Por un segundo vi algo parecido a confusión real en su cara. Como si el guion que él conocía de memoria se hubiera roto.
—Ven aquí —pidió, más suave, extendiendo una mano.
No me moví.
—Mateo, necesito espacio.
La palabra “espacio” le cayó como un balde de agua fría. Nunca se la había pedido antes. Nunca me había atrevido.
—¿Espacio? —repitió, y ahora sí había molestia en su voz—. ¿De qué hablas? Somos novios. Las parejas no se piden “espacio” por una pelea estúpida.
—Entonces tal vez esta pelea no sea tan estúpida como crees.
Lucas eligió ese momento exacto para aparecer en la cocina. Entró bostezando, con el cabello revuelto y una remera vieja. Se detuvo en seco al ver la tensión entre nosotros.
—Ey… buenos días —dijo con cuidado.
Mateo le dedicó una sonrisa forzada.
—Buenos días, Lucas. Disculpa la escena. Tu hermana se despertó de mal humor.
Odié que hablara de mí como si yo no estuviera presente. Odié todavía más que Lucas bajara un poco la mirada, incómodo, como siempre hacía cuando nos agarraba en medio de una discusión.
—No estoy de mal humor —dije con claridad—. Estoy poniendo un límite. Hay diferencia.
Lucas levantó las cejas, sorprendido. Mateo abrió la boca y la volvió a cerrar.
Por primera vez en mucho tiempo, nadie sabía qué decir.
Mateo agarró las llaves del auto que había dejado sobre la mesa.
—Voy a trabajar. Cuando se te pase lo que sea que te pasa, me llamas.
No esperó respuesta. Salió y cerró la puerta con un golpe seco.
El silencio que dejó atrás fue ensordecedor.
Lucas se acercó despacio y se sentó en una de las sillas.
—Valeria… ¿qué demonios fue eso?
Me apoyé en la mesada, sintiendo que las piernas me temblaban ahora que Mateo ya no estaba.
—Estoy cansada, Lucas. Cansada de siempre ser yo la que arregla todo.
Él me miró en silencio durante varios segundos. Después bajó la vista a sus propias manos.
—Ya era hora —murmuró.
Esas tres palabras me dolieron más de lo que esperaba. Porque significaban que él había visto todo. Que había notado cada vez que yo me hacía pequeña para que Mateo estuviera cómodo. Y aun así, nunca me lo había dicho. Tal vez porque él también estaba demasiado ocupado haciéndose pequeño por alguien más.
Me senté frente a él.
—Lucas… ¿tú estás bien?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Levantó la mirada rápido, demasiado rápido.
—Claro. ¿Por qué no lo estaría?
—No sé. Últimamente te veo… distante.
Mentira. En esta línea temporal apenas estaban empezando las cosas con Thiago. Pero yo recordaba los signos. Los mismos signos que yo había ignorado en mí misma durante años.
Lucas se encogió de hombros y forzó una sonrisa.
—Estoy bien, de verdad. Solo… cosas de la universidad.
No lo presioné. Todavía no. Pero guardé la forma en que evitó mis ojos.
Esa tarde no respondí ninguno de los mensajes de Mateo.
Había cinco.
Después ocho.
Después dejó de mandar textos y empezó a llamar.
Yo miraba la pantalla iluminarse una y otra vez sin contestar. Cada vez que el teléfono vibraba, sentía una punzada de culpa antigua, esa que me decía que estaba siendo una mala novia, que lo estaba haciendo sufrir, que debía ceder.
Pero después recordaba la imagen de él contra la pared con otra mujer.
Recordaba su voz diciendo “no es lo que parece”.
Recordaba lo pequeña que me sentí.
Y no contestaba.
A las nueve de la noche, Lucas entró en mi habitación sin llamar. Traía dos tazas de té y una expresión preocupada.
—Sigue llamándote —dijo, dejando una taza en mi mesa de luz—. ¿Segura que no quieres hablarle?
—Segura.
Él se sentó en el borde de la cama.
—Nunca te había visto así con él.
—Nunca me había permitido estar así con él —corregí.
Lucas se quedó callado un rato, mirando el vapor que salía de su taza. Después habló en voz muy baja:
—A veces… siento que yo también estoy en una relación donde siempre soy yo el que cede.
El corazón se me apretó.
—¿Thiago? —pregunté con suavidad.
Él se tensó.
—¿Cómo sabes…?
—Te he visto sonreír de una forma distinta cuando hablas con él. Y también te he visto ponerte triste después.
Lucas dejó escapar una risa amarga.
—Es complicado. Él… digamos que todavía no está listo para ciertas cosas. Y yo no quiero presionarlo.
Las mismas palabras.
Las mismas justificaciones.
Las mismas mentiras que uno se cuenta para no aceptar que está siendo la segunda opción.
Me moví hasta quedar a su lado y apoyé la cabeza en su hombro.
—No mereces ser el secreto de nadie, Lucas.
Él no respondió. Solo apoyó la mejilla contra mi cabeza. Sentí que su respiración se volvía irregular, como si estuviera conteniendo algo mucho más grande.
Esa noche dormimos juntos en mi cama, como cuando éramos niños y teníamos miedo de las tormentas. Solo que esta vez la tormenta estaba dentro de nosotros.
A las tres de la madrugada, el teléfono vibró otra vez.
Mateo.
Esta vez no era una llamada. Era un mensaje de voz.
Dudé varios segundos antes de abrirlo.
Su voz salió ronca, cansada, casi arrepentida:
“Valeria… no sé qué te pasa. Pero no me gusta pelear contigo. Llama cuando quieras. Te quiero.”
Apagué la pantalla.
El “te quiero” ya no me calentaba el pecho.
Solo me dejaba un sabor amargo.
Me giré hacia Lucas, que dormía profundamente a mi lado, y susurré para nadie:
—Esta vez no voy a caer.
Pero en el fondo del pecho, una parte muy antigua y asustada de mí todavía temblaba.
Porque sabía que Mateo no se iba a rendir tan fácil.
Y porque sabía que el verdadero dolor todavía no había empezado.