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El Peso del Silencio

El Peso del Silencio

Status: Terminada
Genre:Grandes Curvas / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Luly U. A.

Helena Duarte siempre ha cargado con algo más que el peso de su cuerpo. Hija única de una de las familias más poderosas del país, creció rodeada de lujos, pero también de soledad, marcada por el bullying, el rechazo y la constante sensación de nunca ser suficiente.

Todo cambia cuando conoce a Dante Vasconcellos, un estudiante de Derecho de cursos superiores, apuesto, amable y aparentemente enamorado de ella. Por primera vez, Helena cree haber encontrado a alguien capaz de ver más allá de su apariencia. El romance avanza rápidamente: noviazgo, compromiso y una boda de ensueño.

Pero durante la luna de miel, Dante revela su verdadera cara.

Entre humillaciones silenciosas, manipulación emocional y una relación abusiva disfrazada de amor, Helena se embarca en una dolorosa búsqueda de aceptación, intentando desesperadamente convertirse en la mujer que su esposo desea.

Hasta que, en medio del caos, alguien aparece para ayudarla a comprender que quizá el problema nunca estuvo en su cuerpo.

NovelToon tiene autorización de Luly U. A. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Rodrigo

Empezaba a preocuparme de verdad.

Muchísimo.

Ese viernes, después de pesar a Helena, pasé el resto del día dándole vueltas a las cifras de la báscula.

Diez kilos más.

Sumados a los anteriores, Helena ya había perdido más de veinte kilos en poco más de un mes.

Aquello no era normal.

No de esa manera.

No solo con entrenamiento y alimentación.

Llevaba años trabajando con cuerpos. Sabía exactamente cómo funcionaban los procesos para bajar de peso. Y lo que le estaba pasando a Helena se alejaba por completo de lo saludable.

Estaba bajando de peso demasiado rápido.

Y eso me asustaba.

Mientras ordenaba las máquinas del gimnasio al final de la jornada, tomé el celular varias veces pensando en mandarle un mensaje.

Preguntarle directamente.

Insistir.

Tratar de entender.

Pero desistí todas las veces.

Porque ya había cruzado demasiados límites emocionales en esa historia.

Aun así, mi intuición me gritaba que algo andaba mal.

Medicamentos.

Era la única explicación lógica.

Algún supresor del apetito.

Alguna fórmula peligrosa.

Cualquier cosa que estuviera acelerando su organismo de manera absurda.

Me pasé una mano por la nuca y solté un suspiro cansado.

Lo peor era saber el motivo.

Helena no estaba haciendo aquello por ella misma.

No era autoestima.

No era salud.

No era bienestar.

Era Dante.

Todo siempre volvía a él.

Quería adelgazar desesperadamente porque creía que solo así la amarían.

La desearían.

La aceptarían.

Aquello me indignaba a un nivel que apenas podía explicar.

Porque Helena era hermosa.

Hermosa de verdad.

Y no...

no era lástima.

Ni mi carencia emocional enredándome la cabeza.

De verdad lo creía.

Helena tenía un rostro increíblemente bello. Una sonrisa que iluminaba cualquier lugar cuando aparecía de verdad.

Pero no era solo eso.

El problema era precisamente todo lo demás.

La educación con que trataba a todos.

La sencillez que conservaba pese a ser millonaria.

La forma tímida en que se reía de sus propios chistes.

El cuidado que tenía incluso al disculparse por ocupar espacio.

Era el tipo de persona que atraía la atención sin siquiera intentarlo.

¿Y, honestamente?

Su sobrepeso nunca me había parecido algo que la hiciera menos atractiva.

Todo lo contrario.

Porque lo que más me atraía de Helena no tenía relación con su cuerpo.

Era su carácter.

Su dulzura.

La fuerza silenciosa que todavía lograba tener incluso después de años de destrucción emocional.

Aquello era peligroso.

Muy peligroso.

Cerré los ojos un instante, apoyado en una de las máquinas del gimnasio.

Porque ya no podía seguir negándolo.

Helena ocupaba buena parte de mis pensamientos.

Y no era solo preocupación.

Ese era el peor punto.

Quería verla bien.

Quería verla feliz.

Quería quitarle esa expresión triste que le aparecía cada vez que hablaba de su marido.

Y un hombre comprometido no debería pensar esas cosas sobre otra mujer.

Me pasé una mano por el rostro, molesto conmigo mismo.

Esa noche, mientras manejaba de vuelta a casa, intenté concentrarme en Fernanda.

En mi relación.

En mi vida.

En la realidad.

Fernanda era hermosa.

Independiente.

Segura de sí misma.

Teníamos planes.

Historia.

Dos años juntos.

Entonces, ¿por qué demonios no podía dejar de pensar en Helena?

La respuesta llegó demasiado rápido a mi cabeza:

Porque Helena necesitaba a alguien.

Y aquello me tocaba de un modo que no sabía controlar.

Llegué a casa mentalmente agotado.

Me duché tratando de apagar esos pensamientos, pero fue inútil.

Mientras el agua me corría por el cuerpo, mi mente volvía a la imagen de Helena sonriendo en el gimnasio más temprano.

Animada.

Esperanzada.

Hablando de su marido como alguien enamorada otra vez.

De verdad creía que Dante había cambiado.

Y quizá eso era precisamente lo que más me molestaba.

Porque estaba casi seguro de que ese hombre solo volvía a manipularla.

La pregunta que no salía de mi cabeza era:

¿hasta cuándo?

¿Hasta cuándo seguiría Helena lastimándose para intentar merecer migajas de amor?

Tomé el celular de la cama y abrí automáticamente nuestra conversación.

Me quedé contemplando la pantalla en silencio.

Quería preguntarle si había cenado.

Si estaba bien.

Si había tomado agua.

Si su marido la había tratado bien.

Ridículo.

Me comportaba como un adolescente emocionalmente confundido.

Bloqueé el celular y lo lancé junto a la almohada, molesto conmigo mismo.

Necesitaba ponerle límites a mi propia mente antes de que aquello se convirtiera en un problema imposible de controlar.

Porque ya estaba demasiado claro:

Ya no veía a Helena solo como a una alumna.

Y, si seguía por ese camino...

en algún momento acabaría cruzando una línea de la que quizá no podría volver.

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