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La Diosa Del Veneno: Madrastra Fatal.

La Diosa Del Veneno: Madrastra Fatal.

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / Época
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lewis Alexandro Delgado

La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.

Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.



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Capítulo 10: CALUMNIAS y SECRETOS

Oliver me miró y dejó escapar una sonrisa pícara, llena de curiosidad:

—Isabella, sí que te has vuelto arrogante… ahora sí que eres interesante.

—Qué pena —le respondí con total indiferencia—, tú no me pareces interesante. Eres apuesto, pero nada más.

Eva, al presenciar la escena, se marchó discretamente; una nueva determinación brillaba en sus ojos: tenía un propósito claro en mente.

De pronto, una multitud enfurecida irrumpió en la clínica. Un hombre de unos cincuenta años avanzaba a empujones, cargando en brazos el cuerpo inerte de un joven:

—¡Infame arpía! —gritó con tono quebrado—. ¡Mataste a mi hijo con tus remedios! ¡Eres una fraude, una farsante!

—¿Afirmas que yo causé su muerte? —lo miré fijamente—. ¿Y dónde están las pruebas que lo demuestren?

—¡Mi hijo es la mejor prueba, víbora! —escupió él—. ¡Eres despiadada!

En ese momento apareció mi suegra, llegando acompañada de su hijo mayor:

—¡Nosotros somos la prueba irrefutable! —alzó la voz ella—. General supremo, soy la madre de Oliver… esta mujer es perversa, debe ser ejecutada de inmediato.

—¡Así es! —se sumó el otro hombre—. ¡Acaben con esta maldición que asesinó a mi hijo!

—Madre, Isabella es mi esposa —intervino Oliver con tono severo—. No pueden acusarla sin fundamento.

—¡Cállate, Oliver! —lo corté con firmeza—. Yo me defiendo sola, no necesito que nadie salga en mi defensa. —Me volví hacia los acusadores—: Dicen que los envenené… pido que un médico los examine. General, si logro probar mi inocencia, exijo que quienes me acusan injustamente paguen tal como marca la ley.

—No te preocupes —dijo el general supremo con imparcialidad—. Yo mismo seré el juez en este asunto. Presenten sus cargos.

—Soy don Javier —dijo el hombre del joven—, y acuso a esta mujer de haber asesinado a mi hijo.

—Yo soy doña Ana, madre de Oliver —tomó la palabra mi suegra—, y fui envenenada por esta criatura demoníaca.

—Y yo soy Sebastián, hermano mayor de Oliver —añadió el otro—, yo también fui víctima de los venenos de esta vil mujer.

—Muy bien —asentí—. Ya que la parte acusadora habla tanto, exigiré pruebas. Primero, señor Javier: usted afirma que asesiné a su hijo. Quiero preguntarle… ¿Cómo se llama su hijo?

—Mi hijo se llama Diego Sol —respondió él sin dudar.

—Doctor Ramírez —le ordené—, busque todos los registros de pacientes de estos últimos días, con fecha y número de turno correspondiente.

El general tomó la palabra, confundido:

—Señora Isabella, ¿Qué significa eso de registros y turnos?

—General —le expliqué con calma—, en la clínica Ramírez impuse una regla: cada paciente debe registrarse con nombre y apellido, se anota la hora y fecha exacta de la consulta, y se le entrega un comprobante único. Lo hice porque sabía que si a este lugar le iba bien, otros podrían jugar sucio para perjudicarnos.

Oliver sonrió para sí mismo: Qué mujer tan astuta y calculadora… esta nueva Isabella es realmente fascinante.

El general revisó los papeles y levantó la vista con seriedad:

—En estos registros no aparece ningún tal Diego Sol. ¿Cómo se atreven a mentir ante mí?

Tomé la palabra de nuevo:

—No solo eso, general. Diego no está muerto: le dieron una droga que paraliza su cuerpo y simula la muerte aparente. Y yo tengo el antídoto para devolverlo a la vida.

Don Javier empezó a sudar frío, temblando de miedo: Esta mujer es demasiado calculadora… estamos perdidos, pensó con desesperación.

Doña Ana, fuera de sí, gritó con rabia:

—¡Desgraciada! ¡No puedes negar que me envenenaste! ¡Casi pierdo la vida, lo juro por Dios!

—Doctor Ramírez —le pedí—, examine a mi suegra por favor.

El doctor le tomó el pulso y extrajo una pequeña muestra de sangre con una aguja fina:

—Doña Ana no tiene rastro de ninguna toxina —informó—. Su pulso es normal, y su sangre no presenta nada extraño.

Me acerqué a ella, le toqué el hombro con disimulo y dejé caer sobre su ropa un polvo casi invisible: era el polvo de la locura. Al instante, la mujer volvió a perder la razón, empezando a delirar y ver cosas que no existían.

La gente murmuraba entre sí:

—Pobre señora… está totalmente trastornada.

—Está demente…

—Acusa a la doctora en medio de un arranque de demencia.

Sebastián, asustado hasta la médula, se arrodilló ante el general:

—¡Perdone, señor general! Mi madre lo planeó todo para perjudicar a Isabella.

Oliver dio una fuerte bofetada a su hermano:

—¡Insolente! —rugió—. ¿Te atreves a urdir semejante calumnia? Mi madre no está en sus cabales… llévensela de aquí.

—¡Isabella, maldita seas! —gritaba doña Ana mientras se la llevaban—. ¡No tendrás un buen final! ¡Algún día te cobraré esto!

Don Javier también se arrodilló, temblando:

—¡Confieso todo! Fue el doctor Rodríguez… él me pagó para difamarla. Su clínica ha perdido a todos los pacientes, y quería arruinar a la clínica Ramírez por envidia.

El general mandó llamar al doctor Rodríguez de inmediato. El hombre intentó negarlo todo, pero las pruebas lo descubrieron: fue condenado a recibir treinta azotes. Acto seguido, el general se despidió y partió con su batallón.

Me acerqué al doctor Rodríguez, que se retorcía del dolor:

—Espero que le duela lo suficiente para que aprenda la lección —le dije con calma—. Pero que se recupere.

Todos a mi alrededor murmuraban con admiración:

—¡La doctora es muy bondadosa!

—Trató de hacerle daño y aun así lo ayuda…

—¡Qué doctora tan noble!

—Es un verdadero ángel caído del cielo.

Oliver ayudó al doctor Rodríguez a ponerse de pie y lo llevó hasta su propio consultorio. Mientras salíamos, esparcí a mis espaldas un polvo venenoso que atraía ratas, cucarachas y toda clase de insectos: Doctor Rodríguez, ¿Quieres ser mi enemigo? Muy bien… entonces tu clínica quedará arruinada.

Oliver notó lo que había hecho y sonrió de medio lado: Qué mujer tan vengativa y desalmada.

Una vez de regreso en la clínica, cuando ya todo estaba en calma, Oliver se dirigió discretamente a la parte trasera. Allí, de la nada, aparecieron dos hombres con máscaras negras.

—Su Alteza —dijo el primero, al que llamaban Sombra Uno—, le informo: el emperador está desesperado, buscándolo por todo el reino. La emperatriz viuda sigue fingiendo su enfermedad, pero en realidad goza de buena salud. Por su parte, la emperatriz consorte y el príncipe heredero Eren están creando facciones en secreto para ganar poder. Además… fue el propio emperador quien, hace treinta años, ordenó matar a la esposa del general protector, la sacerdotisa del Templo Fénix, y a su pequeña hija.

Sombra Dos tomó la palabra:

—Su Alteza, me he infiltrado en el Templo Fénix. Allí reina el caos, pero todos dicen que la Mujer Fénix ya está entre nosotros… y esperan a su salvadora con anhelo.

—Así que mi propio hermano fue capaz de cometer un acto tan vil —murmuró él con tono gélido—. Muy bien, tendré que volver al palacio. Poseo el sello militar y el último decreto de mi padre, el difunto emperador. Pero seguiré usando la identidad de Oliver: el verdadero Oliver se alistó en el ejército a los nueve años y murió a los quince, así que tomé su lugar, y nadie debe descubrirlo. Además… quiero que vayan a vigilar a la familia de Isabella. Tortúrenlos si es necesario, pero quiero saberlo todo sobre ella. Sospecho que es una espía que fingió ser tonta para casarse conmigo, o tal vez sea solo una sustituta que tomó la identidad de la verdadera Isabella.

Mientras tanto, desde la ventana de la clínica observé que unos cuantos aldeanos estaban golpeando a una mendiga. Salí de inmediato y ordené con voz autoritaria:

—¡Ya basta! Déjenla en paz, no la maltraten. ¿Está bien, señora?

La mujer tendría unos cuarenta y ocho años, estaba sucia y andrajosa, pero me miró con ojos perdidos:

—¿Mi hija? ¿Dónde está mi hija? —repetía una y otra vez.

—Señora, cálmese —le dije, mientras le pinchaba suavemente con una aguja para dormirla—. Llévenla adentro. Doctor Ramírez, déjela en una habitación para que descanse un tiempo. Esta pobre mujer no está loca: solo ha perdido la memoria, y por eso actúa así. No puedo ver a alguien sufrir y quedarme con los brazos cruzados.

—No se preocupe, señora Isabella —respondió el doctor—, la cuidaré muy bien.

—Dormirá hasta mañana —le expliqué—, la aguja tenía un sedante muy potente. Ya estoy agotada… es hora de irme a casa con mis hijos. Lucas, Lucía, Esteban, Álex… ¡vámonos!

—¿Y te olvidas de tu esposo? —preguntó Oliver, apareciendo a mi lado. Minutos después, un carruaje llegó hasta nosotros.

—¿De dónde sacaste ese carruaje? —le pregunté con desconfianza.

—Tranquila, esposa, no lo robé —respondió con calma—. Mandé a alguien a comprarlo.

Este hombre no es un plebeyo común, pensé para dentro de mí, mientras lo observaba con atención. Yo fui médica militar, sé reconocer a la gente: su porte es propio de alguien sumamente poderoso. Solo espero que no sea ese príncipe regente desaparecido… no quiero verme envuelta en guerras por el trono, solo deseo vivir en paz.

—Suban —dijo él—, yo conduciré.

Aunque el carruaje no es lujoso, una persona común nunca podría darse ese lujo.

Cuando íbamos atravesando el bosque, de la nada apareció un grupo de asesinos que nos cortó el paso:

—¡Doctora Isabella! —gritó su líder—. ¡Hoy acabaremos con tu vida!

Oliver desenvainó su espada con un movimiento veloz como el rayo:

—¡Insolentes! ¡Hoy morirán aquí mismo!

Bajé del carruaje de un salto y le puse una mano en el brazo para detenerlo:

—Ni se te ocurra intervenir —le advertí—. Esta pelea es mía. Vienen por mí, no por ti. Despierten de su sueño… si quieren matarme, tendrán que recoger sus cadáveres.

 

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Afrodita Hada♥️
🫶🫶🫶🫶♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
inuyasha/ Tomoe🦊
aliado y trasmigrado
Aleida Delgado Santana: Puede ser.
total 1 replies
Elizabeth Yepez
esa emperatriz viuda ya es hora que pague
Elizabeth Yepez
lo tenía bien merecido
Elizabeth Yepez
y esos hijos son de quien entonces
Aleida Delgado Santana: Sobrinos de Oliver.
total 1 replies
Elizabeth Yepez
así es nada de sumisa
Elizabeth Yepez
también viene del futuro
Elizabeth Yepez
que busca la vieja inmunda
Aleida Delgado Santana: Solo busca, joder.
total 1 replies
Elizabeth Yepez
así,se habla esas escorias no merecen perdón
Elizabeth Yepez
vino a poner orden,carajo
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