Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 14: Sombras en el Banquete de Debut
El gran día finalmente había llegado. La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo, pero dentro de nuestra casa la atmósfera era completamente diferente. A diferencia de las familias de la alta nobleza que corrían desesperadas por las apariencias, yo me encontraba en la sala principal junto a mi madre y mi papá, terminando los últimos detalles de mi arreglo antes de partir hacia el palacio para el tan esperado banquete de debut.
La seda y el tul del vestido blanco se ajustaban a mi figura mientras mis padres admiraban el resultado —¡Te ves hermosa, hija!—, murmuró mi madre, conteniendo la emoción —pareces un sueño con tantas perlas—. Mi padre, con los ojos empañados en lágrimas, puso su mano sobre mi hombro —Estoy tan orgulloso de ti... ya eres toda una persona adulta—. Una punzada de melancolía me atravesó al recordar la invitación que le hice a Elena, la cual rechazó cortésmente, prefiriendo quedarse con su familia. Respiré hondo —¡Vamos, que el carruaje espera!—, dije con una sonrisa, ocultando los nervios del gran debut.
El majestuoso salón dorado se abrió ante nosotros iluminado por la luz de infinidad de velas y el suave movimiento de finas telas blancas, todo coronado por el embriagador aroma de miles de rosas frescas. Un mayordomo nos guio de inmediato hacia donde se encontraba el rey. Al acercarnos, hice una profunda reverencia y él me miró con fijeza —Es un verdadero placer recibir a una joven tan distinguida en esta corte—, comentó el monarca con una sonrisa astuta. Mi padre dio un paso al frente para responder con elegancia —Agradecemos su generoso recibimiento, alteza, es un honor estar aquí presentes esta noche—. El rey asintió satisfecho y continuó —Están cada día más bellas, damas—, añadió con un tono halagador que me incomodó profundamente. Con discreción absoluta, decidí apartarme disimuladamente, buscando refugio lejos de la realeza y de cualquier posible inconveniente.
La música comenzó y llegó el momento de bailar con mi padre, dejándome llevar por el vals mientras intentaba calmar mis latidos. Al terminar, sentí la necesidad de escapar del bullicio y busqué el aire fresco del balcón; sin embargo, me topé por accidente con un pasillo privado que conectaba con el ala oeste. Allí, oculta en las sombras, mis peores sospechas se hicieron realidad. Pude ver claramente a la princesa Cataella junto a sus hermanos; la naturaleza de su cercanía era inconfundible y confirmaba de una vez por todas que Cataella mantenía un romance prohibido con su propio hermano. El impacto me dejó helada, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba.
Intenté alejarme deprisa antes de ser descubierta, pero al girar en una esquina, choqué directamente contra la imponente figura de un hombre vestido de riguroso negro, incluida una máscara a juego. Era Tairon, el prometido oficial de la princesa Cataella. Al reconocerlo, me puse muy nerviosa y con la respiración agitada le advertí en un susurro —Te tienes que alejar de este lugar inmediatamente, alguien podría vernos—. Él me miró fijamente con una sonrisa enigmática y me indicó con total calma —Solo aceptaré moverme de aquí si me concedes un baile en el balcón—. Ante su insistencia, respondí con firmeza a pesar del temblor en mis manos —Señor, se lo agradezco, pero en este preciso momento tengo que marcharme y no puedo aceptar ninguna pieza contigo—, zanjé con rapidez, esquivándolo para perderme de nuevo entre la multitud del salón antes de que notara mi total turbación.