Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL DESPERTAR TRAS LA TORMENTA
La luz del alba se filtraba por las persianas del penthouse, creando líneas doradas que dibujaban el contorno de los cuerpos entrelazados en la cama. El silencio era absoluto, una tregua necesaria tras la embestida emocional y física de la noche anterior. Amelia, cuya mente estaba acostumbrada a procesar mil variables por segundo, se quedó inmóvil, observando a Sebastián mientras dormía. Por primera vez, los rasgos de "La Bestia" no denotaban amargura; su rostro lucía una placidez que lo hacía ver, increíblemente, como un hombre común.
Sin embargo, el instinto de Amelia no tardó en despertarse. Recordó el puerto, el olor a pólvora en el almacén 4 y la mirada de Sebastián cuando llegó al apartamento. Él sabía que ella no era una simple empresaria. Había visto la intensidad en sus ojos, el despliegue de seguridad de Bruno, y la forma en que ella se movía con la precisión de alguien que sabe cómo terminar una vida sin pestañear. La duda no se había disipado; se había transformado en algo más profundo: una obsesión compartida.
Sebastián comenzó a moverse, sus ojos abriéndose lentamente hasta encontrarse con la mirada de Amelia. No hubo dudas, ni preguntas, ni reproches. Él se incorporó, estirando su brazo para acariciar el rostro de ella con una ternura que la tomó por sorpresa.
—Sabes que esto no cambia nada —dijo Sebastián, con la voz aún ronca por el sueño—. Sé que me estás ocultando una guerra. Sé que lo que pasó anoche en el puerto no fue un incidente corporativo. Pero, a pesar de todo, no puedo alejarme. Es como si el peligro que te rodea fuera parte de lo que me atrae.
Amelia se sentó, dejando que las sábanas cayeran. Su expresión volvió a ser la de la estratega invencible, aunque sus ojos delataban una fatiga emocional que rara vez mostraba.
—Si sigues buscando la verdad, terminarás encontrando algo que te obligará a elegir entre tu imperio y yo, Sebastián. No es una amenaza; es una advertencia. Soy la mujer que te salvó de la ruina, pero también soy la mujer que ha construido su vida sobre cimientos que tú considerarías imperdonables.
Sebastián la tomó de la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza que denotaba posesión.
—Entonces déjame ser parte de esa guerra. No soy un espectador, Amelia. Nunca lo he sido. Si tienes enemigos en los muelles, si tienes clanes que quieren tu cabeza... deja que los enfrentemos juntos. Mi poder no es solo financiero; tengo los recursos para aplastar a quien se atreva a tocarte.
Amelia sintió un escalofrío. La idea de una alianza total con Sebastián Ferrer era la joya de la corona, pero también el riesgo definitivo. Si él se convertía en su cómplice, sus destinos quedarían atados de forma permanente.
—El precio de entrar en mi mundo es alto, Sebastián —advirtió ella—. Una vez que cruzamos esa línea, no hay tribunales, no hay prensa, no hay diplomacia. Solo hay victoria o aniquilación.
Sebastián sonrió, una sonrisa cargada de esa oscuridad magnética que tanto le gustaba.
—He estado esperando toda mi vida alguien que entienda que la victoria no se pide; se toma.
De repente, el teléfono de Amelia vibró sobre la mesa de noche. Un mensaje encriptado de Bruno. "Han encontrado el rastro de la información falsa. Patricia Montero está moviendo a sus contactos en la policía. Vienen hacia la mansión. Tenemos veinte minutos."
Amelia se puso en pie de un salto, la guerrera sustituyendo a la amante en un segundo.
—Se acabó el descanso, Sebastián. Patricia Montero ha cruzado el límite. Están viniendo por mí.
Sebastián no perdió la calma. Se levantó, vistiendo su pantalón con una rapidez eficiente.
—Si vienen por ti, vienen por nosotros. ¿Qué necesitas?
Amelia lo miró, analizando su reacción. Él no estaba sorprendido. No estaba asustado. Estaba listo.
—Necesito que saques a mi familia de la ciudad ahora mismo. Bruno los llevará a la pista privada. Yo me encargaré de cerrar el acceso a las cuentas y borrar cualquier evidencia física en la mansión.
—No voy a dejar que te quedes sola frente a ellos —protestó él, poniéndose su saco.
—No voy a estar sola —respondió Amelia, sacando un arma de un compartimento oculto en el armario—. Voy a recibir a nuestros invitados. Pero antes de irte... necesito que prometas algo. Si algo me pasa, protege a mis hijos. Son la única parte de mi vida que nunca tuvo que tocar el lodo.
Sebastián se acercó a ella, tomándola por los hombros y mirándola fijamente a los ojos.
—Nada te va a pasar. No voy a permitir que nadie destruya lo que apenas estamos empezando a construir.
Amelia sintió una extraña calidez en el pecho. La "Bestia" estaba a su lado, no por contrato, sino por elección. Mientras Sebastián llamaba a su propio equipo de seguridad para reforzar la evacuación, Amelia se permitió un último momento de frivolidad, quizá para aliviar la tensión que amenazaba con paralizarla.
—¿Sabes qué, Sebastián? Si sobrevivimos a esto, te prometo que nunca más te contaré un chiste malo.
Sebastián, mientras daba órdenes rápidas por teléfono, soltó una risa seca.
—Es la mejor noticia que he tenido en años. Pero si lo haces, asegúrate de que sea sobre abogados, porque si logramos salir de esta, vamos a necesitar muchos.
Amelia sonrió, cargando su arma con un clic metálico.
—Trato hecho. Ahora, vete. La guerra ha llegado a nuestras puertas.
Mientras Sebastián salía para coordinar la evacuación, Amelia se quedó sola en el centro de la habitación. Respiró profundo, visualizando cada rincón de su mansión. Los veinte minutos se agotaban, pero ella era "El Demonio", y los que venían a buscarla estaban a punto de descubrir que habían cometido el error más grande de sus vidas: atacar a una mujer que no solo no tenía nada que perder, sino que ahora tenía una razón muy poderosa para ganar. El baile final acababa de comenzar.