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El hombre que mantenía era un CEO

El hombre que mantenía era un CEO

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Equilibrio De Poder / Traiciones y engaños / Sustituto/a / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Amor platónico / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Cap 22: Madre de corazón

A la mañana siguiente, #Corazón de Rosas# encabezaba todas las tendencias del país.

Los videos del cielo rojo sobre Monteverde, del tango bajo la cúpula de cristal, del heredero Bramonte cubriendo con su propio saco a la señorita Salazar, se habían visto millones de veces desde la madrugada. La ciudad no hablaba de otra cosa.

En la cadena, los mismos colegas que semanas atrás la aislaban en los pasillos ahora la rodeaban con cafés, cumplidos y sonrisas de dentista.

—Xime, qué elegancia la de anoche. Siempre supimos que eras alguien especial, ¿verdad, muchachos?

—Claro que sí —dijo ella, sin levantar la vista de sus notas del noticiero—. Siempre lo supieron.

Curiosamente, lo de la caída fingida y la ruptura con los Salazar no había salido en prensa. Ni una línea. Fernando, o los Salazar, habían movido dinero a tiempo para sepultarlo y salvar la cara de la familia. A Ximena no le importó lo más mínimo. Lo que se entierra en un lado siempre se puede desenterrar en otro, a la hora que uno elija.

Reunió a la redacción entera antes de la emisión y, con toda calma, delante de todos, contó lo que las cámaras de grado forense del Cumbre habían mostrado la noche anterior: cómo Liliana Vargas se había arrojado sola por la escalera de mármol y había gritado que la empujaban. Lo dijo con nombres, con fecha, con hora, citando el respaldo de seguridad que cualquiera podía verificar.

En eso, las puertas de la redacción se abrieron de par en par.

Entró doña Perla, la madre de Fernando, con el bastón por delante y una cara de tormenta que no presagiaba nada bueno. Detrás de ella trotaba el jefe Tafoya, nervioso, retorciéndose las manos.

—¿Dónde está esa mustia? —tronó doña Perla, barriendo la redacción con la mirada—. ¿Dónde está la tal Liliana? Que dé la cara.

Lili, que estaba en un rincón fingiendo revisar unos papeles, se encogió contra el escritorio.

Doña Perla la localizó y avanzó hacia ella, plantándose enfrente, delante de toda la cadena.

—Tú. —Le apuntó con el bastón al pecho—. Tú le quitaste el novio a mi hija. Porque óiganlo bien todos los que están aquí: Ximena es mi hija. De corazón y para toda la vida. Yo la vi crecer, yo la quise, yo la casé con mi hijo tarugo que no la supo cuidar ni valorar. —Se volvió, incluyendo a la redacción entera como testigo—. Y tú, arrastrada, te metiste en su casa, en su matrimonio, fingiste una caída para acusarla de asesina delante de la sociedad, y todavía te paseas por ahí con esa barriga por delante como si fueras una santa. —Volvió a clavarle los ojos a Lili—. Pues ese niño que cargas yo no lo reconozco. No es de mi sangre ni de mi casa ni de mi apellido. No cuenten conmigo para nada. Para nada.

Ximena se acercó y le tomó la mano, tibia y arrugada.

—Mamá —dijo. Y la palabra le salió del fondo del pecho, verdadera, sin ensayo—. Gracias por venir.

A doña Perla se le humedecieron los ojos de golpe, pero no soltó el ceño ni la dureza.

—Y otra cosa, Tafoya. —Se giró hacia el jefe de la cadena, que dio un respingo—. Ese contrato de publicidad de cinco años que mi hijo firmó a nombre de esta mujer, con dinero de los Ayala... queda cancelado. Desde este preciso momento. Los Ayala retiramos hasta el último peso de esa inversión. No quiero mi nombre ni mi dinero cerca de ella.

Tafoya se puso lívido. Era una de las cuentas más gordas de toda la cadena; su bono del año dependía de ella.

—Doña Perla, por favor, se lo suplico, reconsidérelo, podemos renegociar los términos, podemos...

—Se renegocia con una sola condición. —Ximena habló antes que doña Perla, con una voz suave, imparable, casi amable—. Esta empresa no puede darse el lujo de tener en nómina a alguien que finge crímenes en público y falsifica pruebas. Es malísimo para la imagen de la cadena, jefe. Los patrocinadores huyen de esas cosas. —Inclinó apenas la cabeza—. Usted decide: el contrato de cinco años de los Ayala, o ella. No puede quedarse con los dos.

Tafoya no dudó ni medio segundo. Se volvió hacia Lili.

—Liliana. Tu renuncia. Firmada, en mi escritorio. En diez minutos.

Lili se quedó blanca, sin sangre en la cara. Porque ella era la única en esa sala que sabía lo que eso significaba de verdad: los Ayala le habían cortado a Fernando las tarjetas, lo tenían con un sueldo de limosna; era ella, con su salario de la cadena, la que sostenía la casa, la renta, todo. Sin ese empleo, no le quedaba nada. Ni marido con dinero, ni bebé que le sirviera de palanca, ni fachada de ángel que la salvara.

Cuando doña Perla salió, Ximena la acompañó hasta el elevador y bajó la voz.

—Perdóneme, mamá. Usé su enojo para mis propias cuentas. La caída, el contrato... yo sabía que usted iba a estallar en cuanto se enterara, y dejé que estallara justo donde a mí me convenía. La utilicé.

—Ay, mija. —Doña Perla le acarició la mejilla con el pulgar, ablandándose por fin—. ¿Y tú crees que yo no me di cuenta? Somos tal para cual, tú y yo. Úsame las veces que haga falta, para eso están las madres. —Se puso seria de nuevo—. Pero prométeme una cosa. Una sola. No te quedes amarrada a mi Fernando ni por lástima ni por la historia que las familias les escribieron desde niños. Él ya perdió su tren, y fue por tarugo. Hazte una vida nueva, mija, una de a de veras. —Le guiñó un ojo, recuperando la picardía—. Y por cierto: Altamar ganó la licitación de Edén. Contra todo pronóstico, la más chica de las tres finalistas. Dicen por ahí que el heredero Bramonte eligió a la constructora más débil de las tres. —Le picó el costado con un dedo—. Yo digo que eligió la que te daba cara a ti, criatura. Vamos a cenar con él un día de estos, para darle las gracias como Dios manda. Y para que yo lo vea de cerca.

El elevador se cerró con doña Perla dentro, sonriendo, y Ximena volvió a la redacción.

Lili seguía ahí, temblando, con la carta de renuncia arrugada en el puño cerrado.

Ximena se detuvo frente a ella y le habló bajito, solo para las dos, con una tranquilidad que era mucho peor que cualquier grito.

—Nunca hubo matrimonio, Lili. Fernando y yo jamás nos casamos por lo civil. Nunca. Peleaste tres años, falsificaste un diario, imitaste mi letra, te robaste una vida entera que no era tuya... por un hombre que ni siquiera me dio a mí un lugar. Que a mí no me lo dio, y a ti tampoco te lo dará jamás. —Torció la cabeza, mirándola con algo parecido a la lástima—. Y ese "acuerdo de divorcio" que le enseñaste anoche a Fernando fue tu peor error. No se puede divorciar lo que nunca existió, y él lo sabe mejor que nadie. Con ese papel firmaste tu propia sentencia: le pusiste enfrente tu letra falsa, la misma del diario. Por eso te mira ahora como te mira. Tú sola te delataste, Lili. Yo no tuve que hacer nada.

Lili abrió la boca, pero no le salió una sola palabra. Se derrumbó despacio contra la pared, con una mano en el vientre, entendiendo al fin que lo había perdido todo, absolutamente todo, y por nada.

Ximena no la volvió a mirar. Recogió su bolso, se despidió de los colegas atónitos con un gesto de la mano y salió. Adrián la esperaba a comer en la Torre AB.

Cruzó el vestíbulo de mármol pulido de la torre con paso ligero, todavía saboreando por dentro la mañana. Y entonces, en la enorme pantalla LED que dominaba el lobby de piso a techo —la que normalmente mostraba las cotizaciones de la bolsa y los proyectos del grupo—, apareció una fotografía.

Era ella.

Regando las plantas del balcón de Villaverde, en pijama, con el pelo revuelto y una cara de recién despierta.

La imagen cambió. Otra foto: ella recostada en el pasto del jardín, de noche, mirando las estrellas con las manos bajo la nuca. Cambió otra vez: ella dormida, abrazada a una almohada, con la boca entreabierta y un mechón de pelo cruzándole la mejilla. Y otra. Y otra más. Un carrusel entero de instantes robados, tomados a escondidas a lo largo de meses enteros, girando ahora en la pantalla LED más grande de toda la torre, a la vista de cada empleado, cada visita, cada guardia, cada mensajero que cruzaba el vestíbulo.

El hombre más temido de la Capital había convertido su bastión de acero y de cristal en un altar público a la mujer que lo había mantenido tres años sin saber quién era.

Los empleados fingían teclear. Los guardias fingían vigilar la puerta. Pero todos, hasta el último, robaban miradas de reojo entre la pantalla y la mujer de carne y hueso que acababa de entrar, comparando, sonriendo por dentro. En el piso de dirección, Adrián debía estar esperándola a comer, tan tranquilo, sabiendo perfectamente lo que había hecho.

"Un nombre", le había pedido anoche bajo los fuegos. Y hoy, sin decir palabra, le tapizaba la torre con su cara. Ese hombre no entendía de sutilezas. Solo sabía amar como conquistaba: a la vista de todos, sin pedir permiso.

Ximena se quedó clavada en medio del lobby, sintiendo cómo cincuenta pares de ojos iban de la pantalla a su cara y de su cara a la pantalla, y deseó con toda el alma que el suelo de mármol se abriera bajo sus pies y se la tragara enterita ahí mismo.

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