Una joven que sufrió la violencia y la humillación pública más desgarradora regresa irreconocible al lugar de su pesadilla, convertida en alguien que ya no tiene miedo y viene por lo que le pertenece.
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CAPÍTULO 20 — UNA INVITACIÓN INESPERADA
“Pensé que aquel día terminaría como cualquier otro… hasta que recibí una invitación que cambiaría mis planes.”
Aquella tarde, cuando llegué a casa, dejé mi mochila sobre la silla de mi habitación y me senté junto a la ventana. Había sido un día tranquilo, pero por alguna razón sentía que algo estaba a punto de pasar. No sabía explicar por qué. Quizás era simplemente esa sensación extraña que aparece cuando una etapa parece demasiado tranquila. Encendí mi teléfono para revisar los mensajes y encontré varias conversaciones del grupo de los seis. Emilia estaba organizando algo para el fin de semana y todos parecían estar de acuerdo, excepto yo, que todavía no entendía de qué se trataba. Le pregunté directamente y ella respondió que quería que saliéramos todos juntos, pero que esta vez sería diferente. No quiso decirme nada más porque, según ella, quería que fuera una sorpresa.
Al día siguiente, durante la mañana, Emilia apareció con una sonrisa enorme y me entregó un pequeño papel doblado. —No lo abras todavía —me advirtió. Lo miré con curiosidad. —¿Y entonces para qué me lo das? —pregunté riéndome. —Porque quiero que lo tengas, pero prométeme que esperarás hasta la tarde. Acepté, aunque me moría de ganas de descubrir qué decía.
Mateo, que estaba cerca, se rio al verme tan intrigada. —Conozco esa cara. No vas a aguantar hasta la tarde. —Claro que sí —respondí, guardando el papel en mi mochila. Catalina y Thiago comenzaron a reírse porque, según ellos, ya sabían perfectamente cuánto iba a durar mi paciencia.
Cuando finalmente llegó la tarde, abrí el papel. Había una dirección y una hora. Nada más. Me quedé mirando aquellas palabras intentando descubrir qué podía significar. Le escribí inmediatamente a Emilia, pero solo respondió: “Confía en mí”. Aquella respuesta me dejó todavía más confundida. Más tarde, mientras estaba en mi habitación, recibí un mensaje de Demián preguntándome si ya había visto la invitación. Le dije que sí y le pregunté qué estaban preparando. Su respuesta fue corta: “Mañana lo descubrirás”. Sonreí mirando la pantalla. Había algo en todo aquello que me hacía sentir curiosidad, pero también una pequeña emoción que no podía explicar.
Al día siguiente me preparé para salir sin saber exactamente qué me esperaba.
Cuando llegué al lugar indicado, vi primero a Emilia y Mateo. Después aparecieron Catalina y Thiago. Finalmente llegó Demián.
Todos parecían saber algo que yo ignoraba.
—Bueno —dije cruzándome de brazos—, ¿alguien piensa explicarme qué estamos haciendo aquí? Emilia soltó una carcajada y me tomó del brazo. —Ahora sí puedo contarte. Queríamos hacer algo distinto y encontramos el lugar perfecto. Miré hacia adelante y descubrí que habíamos llegado a un pequeño estudio donde podíamos participar en una actividad artística. No era una competencia ni una tarea del colegio.
Era simplemente algo para divertirnos.
Entramos entre risas y comenzamos a descubrir todo lo que habían preparado. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía olvidarme de las preocupaciones y simplemente disfrutar. Los seis terminamos riéndonos de nuestros propios intentos, mientras Mateo y Thiago discutían por quién lo estaba haciendo peor. Catalina se burlaba de ambos y Emilia intentaba mantener el orden, aunque tampoco podía dejar de reír. Demián permanecía cerca de mí, pero aquella vez no necesitábamos hablar de nada importante. Bastaba con compartir aquel momento.
Al final de la tarde salimos del lugar todavía riéndonos. Caminé unos pasos detrás del grupo y miré a los cinco. Pensé que quizás eso era lo que más había extrañado: sentir que pertenecía a un grupo, tener momentos que no estuvieran marcados por problemas y poder guardar recuerdos bonitos.
Lo que yo no sabía era que aquella tarde también sería uno de los últimos momentos en que todo parecería tan sencillo.