¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.
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Capítulo 11: El peso de las noches
Valeria comenzó a trabajar más.
Aceptaba noches consecutivas, dormía pocas horas y regresaba a casa antes del amanecer para preparar el desayuno de Alma. Después la llevaba a la escuela, hacía las compras y revisaba sus tareas con una sonrisa que cada día le costaba más sostener.
El apartamento estaba siempre presente en su mente.
La cifra de la inicial aparecía en una hoja guardada dentro de un cajón. Valeria la revisaba cada noche y restaba lo que había conseguido, aunque algunas veces terminaba peor que al principio.
No quería rendirse.
Alma merecía una habitación propia. Un lugar donde pudiera colgar sus dibujos sin preocuparse por mudarse de nuevo.
—Mamá, estás cansada —le dijo una mañana.
Valeria se acomodó el cabello largo color miel detrás de la oreja.
—Solo dormí poco.
—Eso dices todos los días.
—Porque todos los días duermo poco.
Alma la miró con seriedad.
—¿Por qué no descansas?
Valeria sonrió.
—Estoy ahorrando para algo importante.
—¿Para mi casa?
La pregunta la sorprendió.
—¿Quién te dijo eso?
—Te escuché hablando por teléfono.
Valeria se sentó a su lado.
—No sé si podremos comprarla.
—Pero lo vas a intentar.
—Sí.
—Entonces yo también voy a intentar ayudarte.
Valeria la abrazó con fuerza.
—Tú solo tienes que estudiar y ser feliz.
Pero mientras hablaba, sintió que el cansancio le pesaba hasta en los huesos.
Esa noche volvió a salir.
Se puso la peluca roja, los lentes de contacto verdes y el vestido negro. Frente al espejo, el reflejo le devolvió la imagen de una mujer hermosa, segura y desconocida.
Ya no se reconocía completamente en ella.
Aun así, salió.
Adrián la vio desde el automóvil.
Había terminado una reunión tarde y regresaba al hospital. No tenía intención de pasar por aquella calle, pero el tráfico lo desvió hacia la avenida donde la había conocido.
Valeria estaba bajo el farol.
Parecía más delgada.
Tenía los hombros caídos y una mano apoyada contra la pared. Aun así, sonreía a un hombre que se había detenido frente a ella.
Adrián sintió una punzada de celos, seguida de una culpa inmediata.
No tenía derecho a sentirla.
Valeria no le pertenecía.
Él había decidido apartarse por respeto a Elena y debía aceptar las consecuencias de su decisión.
Continuó conduciendo.
No se detuvo.
Pero la imagen de Valeria permaneció en su mente durante todo el trayecto.
En el hospital, encontró a Elena despierta.
—Llegas tarde —dijo ella.
—Tuve una reunión.
—¿Y luego pasaste por otra parte?
Adrián la miró.
Elena sonrió débilmente.
—No te preocupes. Ya no te pregunto dónde estás para atraparte.
—No quiero hablar de eso.
—Lo sé.
Ella tosió. Adrián se acercó rápidamente y le ofreció agua. Elena bebió unos sorbos y cerró los ojos.
—¿Ella está bien? —preguntó.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—Valeria.
Él sintió que el corazón se le detenía.
—¿Cómo sabes que la vi?
—No lo sé. Solo supuse que, si sigues pensando en ella, alguna vez debiste verla de nuevo.
Adrián se sentó junto a la cama.
—La vi.
—¿Y hablaste con ella?
—No.
—¿Por qué?
—Porque prometí no buscarla mientras tú estuvieras viva.
Elena abrió los ojos.
—Yo nunca te pedí esa promesa.
—Pero debo cumplirla.
—No confundas el respeto conmigo con castigarte.
—No me estoy castigando.
—Entonces, ¿por qué pareces tan infeliz?
Adrián bajó la mirada.
No tenía respuesta.
Al día siguiente, Valeria despertó con fiebre.
Intentó levantarse para preparar el desayuno, pero tuvo que sentarse al borde de la cama. Todo le daba vueltas.
Alma apareció en la puerta, todavía con el uniforme escolar.
—Mamá, no puedes salir esta noche.
—Tengo que hacerlo.
—No. Estás enferma.
Valeria quiso tranquilizarla, pero el cuerpo no le respondió. Se llevó una mano a la frente y comprendió que no podía seguir fingiendo que era invencible.
Sobre la mesa, dentro de un sobre, estaba el dinero ahorrado para el apartamento.
Todavía faltaba demasiado.
Valeria cerró los ojos.
No podía perder la oportunidad de comprar la casa.
Pero tampoco podía perderse a sí misma en el intento.
Esa noche, por primera vez desde que había comenzado a trabajar más, no salió.
Y en algún lugar de la ciudad, Adrián miró el reloj varias veces, sin saber que esperaba una mujer a la que había jurado no buscar.