Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap13
Haniel pasó el resto de la noche mirando aquella dirección.
Un pedazo de papel doblado varias veces, guardado dentro de su bolso como si pudiera quemarle las manos.
Medianoche.
No sabía qué encontraría allí.
Tampoco sabía quién era Esteban realmente.
Pero había algo que tenía muy claro.
Iba a ir.
No porque confiara en él.
Ni porque quisiera ayudar a Zayd.
Iba porque estaba cansada de que todos parecieran saber algo sobre su vida mientras ella permanecía a oscuras.
A las once y veinte de la noche, Haniel salió de su casa.
No se despidió de nadie.
Llevaba un vestido sencillo, una chaqueta oscura y el cabello suelto. No quería llamar la atención.
Aunque sabía que, con ella, eso nunca era completamente posible.
Antes de subir al automóvil, miró su teléfono.
Tenía tres llamadas perdidas de Olivia.
Una de Zamira.
Y un mensaje de Zayd.
«Última oportunidad para cambiar de opinión.»
Haniel escribió:
«No me gusta que me digan qué hacer.»
La respuesta llegó casi inmediatamente.
«Lo sé.»
Haniel sonrió.
Por alguna razón, aquella respuesta le molestó más que una amenaza.
Guardó el teléfono y arrancó.
La dirección la llevó hasta una zona antigua de la ciudad.
Las calles estaban casi vacías.
Había edificios abandonados, pequeños negocios cerrados y algunas casas que parecían haber quedado detenidas en otra época.
Haniel estacionó a unos metros de la dirección.
Observó el lugar desde el automóvil.
Era un edificio de tres pisos.
Sin letrero.
Sin luces.
Sin movimiento.
Miró la hora.
11:58 p. m.
—Perfecto —murmuró.
Bajó del automóvil.
Caminó hasta la entrada.
La puerta estaba entreabierta.
Haniel se detuvo.
Por primera vez dudó.
No tenía que entrar.
Podía regresar a casa.
Podía llamar a Olivia.
Podía contarle todo.
Pero entonces recordó las palabras de Esteban.
La razón por la que Zayd te eligió a ti.
Entró.
El interior olía a humedad.
Subió las escaleras lentamente.
Primer piso.
Nada.
Segundo.
Nada.
Tercer piso.
Un pasillo largo.
Al fondo había una puerta.
Debajo se filtraba una línea de luz.
Haniel avanzó.
Cuando llegó frente a ella, escuchó una voz.
—Sabía que vendrías.
Haniel se quedó inmóvil.
No era Esteban.
Era una voz femenina.
—¿Quién eres?
La puerta se abrió.
Una mujer apareció frente a ella.
Tendría unos cincuenta años.
Vestía de manera elegante y llevaba el cabello recogido.
Haniel la observó con cautela.
—¿Esteban te envió?
La mujer negó con la cabeza.
—Esteban ya no trabaja para Zayd.
—Entonces, ¿quién eres?
La mujer la miró durante unos segundos.
—Alguien que conoció a tu madre.
Haniel sintió que el corazón le daba un golpe.
—¿A mi madre?
—Sí.
—¿Cuándo?
La mujer abrió completamente la puerta.
—Hace muchos años.
Haniel entró.
La habitación estaba llena de cajas y archivadores.
Sobre una mesa había fotografías antiguas.
La mujer señaló una silla.
—Siéntate.
Haniel permaneció de pie.
—Prefiero estar así.
La mujer sonrió.
—Sigues teniendo el carácter de ella.
—¿De quién?
—De tu madre.
Haniel apretó la mandíbula.
—No he venido a hablar de mi madre.
—No.
La mujer tomó una fotografía.
—Has venido a saber por qué Zayd Lekesis sabe tanto sobre ti.
Haniel sintió un escalofrío.
—¿Lo sabes?
—Sé algunas cosas.
—Entonces habla.
La mujer dejó la fotografía sobre la mesa.
Haniel bajó la mirada.
Era una imagen de su madre cuando era joven.
Y junto a ella había otras dos personas.
Un hombre.
Y una mujer.
Haniel reconoció al hombre inmediatamente.
No podía ser.
—¿Ese es...?
—Sí.
La mujer asintió.
—El padre de Zayd.
Haniel levantó la mirada.
—¿Qué relación tenía con mi madre?
La mujer respiró profundamente.
—Esa es una historia que tu madre nunca quiso contarte.
Haniel sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
La mujer abrió uno de los archivadores.
Sacó un documento.
—Mucho más de lo que imaginas.
Haniel tomó la hoja.
Leyó.
Una vez.
Dos veces.
No entendía.
—Esto no tiene sentido.
—Lo tendrá.
—¿Cuándo?
La mujer la miró fijamente.
—Cuando entiendas que Zayd no empezó a buscarte ahora.
Haniel levantó lentamente los ojos.
—¿Desde cuándo?
La mujer respondió:
—Desde antes de que fueras famosa.
Haniel sintió que un frío le recorría el cuerpo.
—¿Antes de los concursos?
—Mucho antes.
—¿Por qué?
La mujer no respondió inmediatamente.
En lugar de eso, sacó una segunda fotografía.
Era mucho más reciente.
Haniel reconoció el lugar.
Su antigua escuela.
Y entonces vio algo que hizo que su respiración se detuviera.
En la fotografía aparecían tres adolescentes.
Ella.
Olivia.
Zamira.
Pero al fondo, casi escondido detrás de un automóvil, había un hombre.
Observándolas.
La fotografía había sido tomada años atrás.
Mucho antes de los mensajes.
Mucho antes de Zayd.
Mucho antes de que Haniel supiera siquiera que aquel hombre existía.
—¿Quién tomó esta fotografía? —preguntó.
La mujer respondió en voz baja:
—El padre de Zayd.
Haniel dejó caer la fotografía sobre la mesa.
—¿Por qué nos vigilaba?
La mujer la miró con una expresión que Haniel no pudo interpretar.
—No las vigilaba a ustedes.
—Entonces, ¿a quién?
La mujer tardó unos segundos en contestar.
—A una persona que estaba cerca de ustedes.
Haniel sintió que algo dentro de ella se quebraba.
—¿Quién?
Antes de que la mujer pudiera responder, todas las luces del edificio se apagaron.
La habitación quedó completamente a oscuras.
Haniel se levantó de golpe.
—¿Qué está pasando?
La mujer no respondió.
Se escuchó un ruido en el pasillo.
Pasos.
Lentos.
Cada vez más cerca.
Haniel retrocedió.
La mujer susurró:
—No hagas ruido.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Entonces alguien golpeó.
Una vez.
Haniel contuvo la respiración.
Dos veces.
La mujer tomó su brazo.
Y entonces llegó el tercer golpe.
Más fuerte.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Haniel vio una silueta al otro lado.
Y una voz masculina dijo:
—Haniel.
Ella conocía esa voz.
Zayd.