La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.
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Capítulo 17
Capítulo 17 — Enemigos que se encuentran
Amelia no conocía a doña Leonor. Al ver que la anciana la miraba con tanta fijeza, apretó los labios.
—Señora, ¿qué ocurre? ¿Se siente mal en alguna parte?
Doña Leonor volvió en sí y sonrió.
—No, nada. Eres muy bonita y de buen corazón, hija. No como algunas.
Talía levantó la vista y solo entonces reconoció a Amelia. Vaya que era estrecho el mundo para los enemigos.
Las palabras de doña Leonor eran, sin disimulo, un elogio a Amelia para picar a Talía. A esta se le subió la rabia al instante.
—Señora, ¿qué insinúa? ¿En qué la molesté yo?
Amelia frunció las cejas finas y no pudo callar.
—Señorita Fuentes, ¿de verdad no sabe lo que acaba de hacer? Estuvo a punto de tirar al suelo a la señora. ¿Sabe lo grave que puede ser una caída a su edad?
Por el asunto del privado no quería seguir cruzándose con Talía, pero ese trato hacia una anciana le repugnó sin medida.
Talía miró a doña Leonor con asco.
—¿No está perfectamente? ¿Quién me asegura que, después de sostenerla, no me acuse de haberla empujado para sacarme dinero? Además, me arrugó todo el vestido. Todavía no le he pasado la cuenta.
Doña Leonor la miró con dureza.
—Señorita, no necesito montarle ninguna escena. ¿Cuánto cuesta ese vestido? Se lo pago.
Su mirada era afilada, cargada de una autoridad y una inteligencia infinitas. A Talía le tembló algo por dentro. Pero se rehízo enseguida y soltó un bufido burlón.
—¿Y usted podría pagarlo? Soy generosa; no me voy a rebajar a discutir con usted. Hágase a un lado.
Y, con un solo dedo, empujó el hombro de doña Leonor, la cara contraída de desprecio.
Amelia sostuvo a la anciana y la hizo retroceder un paso. Frunció el ceño.
—Señorita Fuentes, ¿nadie le enseñó a respetar a los mayores? También usted va a envejecer un día. Cuidado, no vaya a ser que la traten igual.
Quizá porque pensó en su propia abuela, la conducta de Talía le resultó particularmente indigna.
—Señorita Cruz, ¿de qué le sirve hacerse la buena aquí? —Talía las miró a las dos con desdén—. Con lo caritativa que es, ¿cómo es que hace un rato me disputaba el privado?
Seguía aferrada al asunto del privado. Se veía que la había herido de verdad. ¿No es que la gente no logra soltar aquello que más le importa?
Amelia curvó los labios en una sonrisa fría.
—¿Qué pasa? ¿No está a gusto en el privado que nos quitó? Si quiere, véngase a comer con nosotras al Mirador.
Que se muriera de rabia.
—Tú… —Talía apretó los dientes. Estaba furiosa. Pero, como dama de sociedad, no podía ponerse a gritar como una verdulera.
Al verla rabiar sin poder hacer nada, Amelia rió por lo bajo y dejó de discutir. Se volvió hacia doña Leonor con voz dulce.
—Señora, ¿todavía necesita usar el baño? El piso está resbaloso; tenga cuidado.
—No hace falta. Aquí el aire está muy enrarecido.
Doña Leonor la miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Después de oírla plantarle cara a Talía, la niña le gustaba cada vez más. En toda su vida se había regido por un principio: hay que ser bondadoso, pero la bondad debe tener filo. Al que te ofende, se le devuelve.
—La acompaño afuera —dijo Amelia, y salió con ella del brazo.
Talía las miró alejarse y resopló. Qué buena actriz.
...
Fuera del baño, Amelia le encareció:
—Abuela, si se siente mal, dígale a su familia que la lleve al médico. Yo ya me voy.
—Niña —la detuvo doña Leonor—, ¿cómo te llamas?
—Amelia Cruz —respondió con una sonrisa, y echó a andar hacia el privado.
Doña Leonor asintió, complacida, y se encaminó hacia su propio privado murmurando:
—Bonito nombre. Si de verdad fuera la esposa de mi nieto, sería una bendición.
...
Amelia y Fernanda terminaron de comer una hora después. Apenas llegaron al estacionamiento del subsuelo, a Fernanda le entró una llamada de doña Leonor.
—Abuela.
—Fer, ¿cómo se llama la muchacha con la que tu hermano se casó de golpe? —preguntó la anciana.
Fernanda miró de reojo a Amelia y se apartó unos pasos para hablar en voz baja.
—Amelia Cruz. ¿Por qué?
—¡Es ella! —La voz de doña Leonor se llenó de emoción—. Nada, nada. Vuelve pronto a casa, ¿sí?
Fernanda se quedó mirando el teléfono, ya sin línea, sin entender. ¿A qué venía esa pregunta? De repente recordó que Adrián le había dicho que la abuela también estaba cenando allí. ¿No se habría topado con Amelia?
Amelia ya había encontrado su auto.
—Fer, ¿te llevo?
Fernanda negó con la mano.
—No hace falta, Ame. Me vienen a buscar.
—Entonces cuídate. —Amelia se subió al auto y se marchó.
Fernanda volvió de inmediato al restaurante a buscar a doña Leonor.
...
Cuando Amelia llegó a casa, eran casi las diez.
La sala estaba a oscuras. Del cuarto de huéspedes salía una luz tenue. Adrián debía de haber vuelto y estar en su habitación.
Amelia fue a la cocina, sacó un yogur del refrigerador y cerró la puerta. Al darse la vuelta, una silueta alta apareció de golpe a su espalda y del susto pegó un respingo; por poco le arroja el yogur encima.
Cuando reconoció a Adrián, soltó un largo suspiro y se palmeó el pecho. ¿Cómo hacía ese hombre para caminar sin el menor ruido? Un día iba a matarla del susto.
Al verla con el corazón en la boca, Adrián comentó con calma:
—¿A qué le tienes miedo? ¿Mala conciencia?
Amelia puso los ojos en blanco, de mal humor.
—Está todo negro, apareces detrás de mí sin hacer ruido… cualquiera se asustaría.
Adrián le lanzó una ojeada y de pronto dio un paso adelante. La distancia entre ambos se acortó.
El olor limpio del jabón del hombre le llegó de lleno, como una mano invisible que le rozara las cuerdas del corazón. Amelia retrocedió sobresaltada, y el pulso le saltó un latido.
Adrián levantó la mano hacia su rostro.
—¿Qué… qué vas a hacer? —Amelia apretó el yogur y lo miró con los ojos muy abiertos.
Los labios de él se curvaron de forma casi imperceptible. Su mano grande pasó junto a la mejilla de Amelia, se dirigió al refrigerador que ella tenía detrás, abrió la puerta, sacó una botella de agua y la cerró.
Destapó la botella, dio un trago largo y, sin apuro, dijo:
—¿Qué creías que iba a hacer?
Amelia se quedó muda. Con que solo quería agua. Bah. Eran compañeros de vida, socios de convivencia. ¿Cómo se le ocurría que ese hombre podía tener algún interés en ella?
Lo empujó de un manotazo.
—No pensé nada.
Se volvió para regresar a su cuarto cuanto antes. Menos mal que no había encendido la luz de la sala; así él no había visto su cara de bochorno.
—Espera. —Adrián la retuvo—. Aguántame un segundo. Tengo algo para ti.
Amelia giró la cabeza.
—¿Qué cosa?
Adrián no respondió. Volvió a su habitación.
A Amelia no le quedó más que encender la luz de la sala y, de paso, respirar hondo unas cuantas veces para disolver la incomodidad de hacía un momento.
El corazón, sin embargo, siguió latiéndole con una fuerza delatora.