Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 13: Laberintos de asfalto
^^^ (Narrado por Camila)^^^
La noche del sábado se cernía sobre Ciudad S.. con esa pesadez sofocante propia de las horas previas a un aguacero tropical. En el asiento trasero del coche de Vanessa, con las ventanillas subidas a medias y el aire acondicionado zumbando a baja potencia, yo intentaba recomponer los pedazos de mi compostura mientras el motor avanzaba hacia una de esas fiestas clandestinas en las afueras que el grupo de Mateo organizaba cada vez que querían sentirse al margen de las reglas del Saint Mary’s.
—Te ves pálida, Camila —soltó Vanessa desde el asiento del copiloto, girándose con una copa de plástico medio vacía en la mano y mirándome a través del espejo retrovisor—. Te lo juro, pareces un fantasma desde hace días. Si es por el imbécil de Mateo, déjalo que patalee con los del equipo. Hoy vinimos a pasarla bien, no a cargar con tus dramas existenciales.
—No es Mateo, Vane. Ya te dije que estoy bien —le contesté con los dientes apretados, apoyando la frente contra el cristal frío de la ventanilla, viendo cómo las luces borrosas de los postes de luz pasaban a toda velocidad—. Solo tengo jaqueca. El calor de esta semana ha estado insoportable.
—Pues tómate algo cuando lleguemos. Habrá tragos de sobra, y el hermano de Julián consiguió una locación increíble: una vieja quinta abandonada cerca de la carretera a Xon —intervino Mateo desde el volante, estirando una mano para tocarme la rodilla con una familiaridad pesada que me dio arcadas—. Relájate, mi amor. Hoy te vas a olvidar de la escuela y de los profesores amargados.
No respondí. Aparté su mano con un movimiento sutil bajo el pretexto de acomodarme la bolsa, sintiendo que el aire dentro del vehículo se volvía cada vez más denso. Desde el episodio en el laboratorio de biología con Máximiliano, una extraña sensación de desasosiego no había dejado de martillarme la cabeza. Su mirada fija, esa mezcla de desprecio y una peligrosa atención que parecía leer a través de mi piel, me había perseguido durante todas las clases de la semana. Intentaba convencerme de que lo odiaba, de que él era solo un obstáculo en mi camino, pero la verdad, esa que me aterraba admitir incluso en la absoluta oscuridad de mi habitación, era que su indiferencia me estaba consumiendo por dentro.
El coche frenó con brusquedad levantando una nube de polvo grisáceo frente a una propiedad cercada por muros altos de piedra cantera y portones oxidados. La música estridente del bajo retumbaba en las paredes exteriores, mezclándose con las risas estridentes de los chicos que ya deambulaban por el jardín delantero con botellas en las manos.
—Llegamos al paraíso —anunció Mateo con una sonrisa triunfal, bajando del coche de inmediato y rodeando el vehículo para abrirme la puerta como si fuera un trofeo—. Vamos, reina. Demuéstrale a todos quién manda aquí.
Bajé con paso firme, sacando a relucir esa máscara de perfección altiva que llevaba usando toda mi vida. Al entrar a la quinta, el olor a alcohol barato, humedad y hierba quemada me golpeó de golpe. Las luces estroboscópicas de colores rojo y azul cortaban la penumbra del jardín central, donde decenas de alumnos de la academia y de otras escuelas privadas se empujaban al ritmo de la música electrónica.
—Camila, por fin aparecen —nos recibió Julián con una botella de tequila en la mano y los ojos vidriosos por los efectos de la fiesta—. Pensamos que la princesa se había quedado haciendo planas de literatura con el becado.
Una risa generalizada estalló entre los chicos que los rodeaban. Sentí que el calor me subía directo a las mejillas, no por vergüenza, sino por una furia sorda que amenazaba con desbordarse.
—Cierra la boca, Julián, si no quieres que te recuerde quién tuvo que prestarle los apuntes de historia para que no repitiera el año —le dijé con una frialdad cortante que lo hizo retroceder al instante, ganándome el silencio incómodo del resto del grupo.
Mateo soltó una carcajada nerviosa, pasándome un brazo por los hombros con demasiada fuerza.
—Tranquila, amor, solo estaba bromeando. Ven, vamos por un trago. Necesitas relajarte de verdad.
Me solté de su agarre con un movimiento seco, sacudiendo la tela de mi vestido.
—No quiero ningún trago, Mateo. Voy al baño. Si me buscas, no lo hagas.
Sin esperar su respuesta, me aleje del grupo principal, cruzando la zona de la piscina vacía y adentrándome por un pasillo lateral que conducía hacia la parte trasera de la casona antigua. Necesitaba silencio, necesitaba respirar aire que no estuviera viciado por el humo y las risas huecas de mis propios amigos.
La parte trasera de la quinta era una zona oscura y descuidada, iluminada apenas por la luz de la luna que se filtraba entre las copas de los almendros. Había un viejo porche de madera con mecedoras rotas y una barandilla carcomida por el tiempo. Me recargué contra una de las columnas de soporte, cerrando los ojos y respirando hondo, intentando frenar el temblor incontrolable que había comenzado a apoderarse de mis manos.
La presión era asfixiante. Sentía que mi vida entera era una mentira milimétricamente diseñada para cumplir con las expectativas de un padre que solo veía en mí un apellido que mantener y un historial académico que exhibir. Y en medio de ese caos mental, la única persona que había logrado ver a través de mis grietas, la única que me había mirado sin reverencias pero con una intensidad que me desarmaba, era precisamente el chico al que todos en la escuela despreciaban.
—¿Huyendo otra vez de tu propia fiesta, Valdés? —una voz grave, áspera y completamente inesperada rompió el silencio de la noche a pocos metros de los escalones del porche.
Abrí los ojos de golpe, conteniendo la respiración, y di un paso atrás por puro instinto defensivo.
Allí, de pie al borde de la sombra que proyectaban los árboles, con las manos en los bolsillos de una chaqueta oscura y una expresión indescifrable en el rostro, estaba Máximiliano.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto