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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Dormir llorando con la ropa puesta.

Ya habían pasado semanas desde que hablábamos. A veces por mensajes, a veces por llamadas interminables. Compartíamos charlas de horas. Mi inseguridad estaba ahí, presente como siempre. Ya habíamos tenido uno que otro encuentro, alguna que otra revolcada después de una noche de borrachera, muchos besos. Pero yo aún no me animaba. Siempre pensaba que era algo pasajero, que eras demasiado especial, demasiado bueno para ser cierto.

Esa noche querías algo distinto. Me lo venías diciendo hacía días, pero ese día insististe durante horas. No solo querías que fuera a verte: querías que me quedara a dormir. Y sí, era la primera vez que alguien me lo pedía. Yo era de esas personas que, después del sexo, se levantaban de la cama, se daban una ducha, se vestían y se iban. No por los mismos motivos que suelen hacerlo los demás. Era algo mío, algo interno, que nunca supe cómo compartir.

Salí del trabajo muy tarde. Mi compañera había faltado y había mucho por hacer. Entre expedientes y papeles por poner al día no me di cuenta de la hora, hasta que volviste a insistir por mensaje. Acepté sin pensarlo. Ya tenía la cabeza en otro lado. Y en el fondo —lo confieso— siempre quise encontrar a alguien como vos.

Después de tener relaciones me largué a llorar. Me sentí un idiota. Agarré mis cosas y me metí en el baño. Me senté desnudo junto a la puerta, trabándola. Solo quería irme. Me preguntaste si estaba todo bien, si me había pasado algo, si quería hablar. Te dije que no sabía qué era, que no tenía que ver con vos, que no era tu culpa.

Cerré con llave, te dije que estaba mejor y me metí a la ducha. Me jaboné el cuerpo con fuerza, incluso la cabeza. Me sentía sucio. Caí de rodillas y lloré mientras el agua corría. No era la primera vez que me pasaba. Se me vino el mundo abajo, se mezclaron recuerdos, pensamientos.

De niño me habían pasado muchas cosas. En varias oportunidades. Nunca lo hablé con nadie. No quería contaminarte con todo eso. Pensaba que no era necesario compartirlo, que ya no me mirarían igual, que le cargaba una mochila al otro. Pensaba tantas estupideces en ese entonces.

Al momento de tener relaciones, cada tanto me pasaba. Me bloqueaba y volvía en el tiempo. Y no, no quería estar ahí. No quería estar en una cama. No podía seguir. No podía. Lloraba hasta quedarme sin aire, horrible como siempre.

Cerré la ducha, me sequé, me cambié y salí en silencio, a oscuras. La puerta de tu pieza estaba entreabierta. Pasé de largo. No quería hablar. Me daba mucha vergüenza. Era una situación que me superaba.

Cerré la puerta de tu departamento, me metí en el ascensor, bajé hasta la planta baja y, al salir, te vi. Estabas fumando un cigarrillo en la entrada.

—¿Cómo supiste que me iba a ir? —te pregunté.

—Irte no te ibas a ir. Lo ibas a intentar —me dijiste, con esa enorme sonrisa que me alegró tantos días, tiempo después.

Me abrazaste, me besaste la frente y me llevaste de la mano de nuevo a tu departamento. Sin decir nada. En silencio. Y te lo agradecí. Te lo agradezco.

Esa noche dormí con la ropa puesta. Campera y zapatillas incluidas. Me diste la espalda y te dormiste. No me preguntaste nada. Creo que algo sabías. O suponías.

A la mañana siguiente el sol invernal entraba por la ventana. Abrí un ojo y ahí estabas, mirándome dormir. Estabas sentado desnudo sobre una silla, envuelto en una manta de peluche que te habías comprado en tu último viaje. Nos miramos y no hizo falta decir nada. Viniste, me besaste las manos y te acostaste en cucharita, haciendo que te abrace.

Así nos volvimos a dormir.

Vos desnudo.

Yo con la campera y las zapatillas puestas aún.

Y desde ese día las cosas cambiaron. Mi cabeza cambió.

Y ya no intenté, inconscientemente, alejarte.

Porque sabía que eras vos.

Que eras lo que siempre había esperado.

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Benjamín Gohega
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