El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.
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Capítulo VII La noche de la gala
Punto de vista de Victoria
El dolor de vientre seguía allí, sordo y constante como un latido traicionero que me trituraba las entrañas por dentro, pero no me permití pestañear ni un solo segundo. Me retoqué el labial rojo frente al espejo del auto, verifiqué que el vestido de seda negro ajustado no dejara traslucir nada más que un control absoluto y descendí del vehículo.
Los destellos de las cámaras y el murmullo de la élite de la ciudad nos recibieron en la entrada del gran salón de la residencia de los Castañeda. Caminé con la cabeza en alto, pisando firme sobre mis tacones de diez centímetros, sintiendo cómo el aire se congelaba a mi alrededor y cómo cada mirada se posaba sobre mi figura. Todos esperaban verme abatida tras los rumores de mi colapso en la reunión de ayer; la alta sociedad y los buitres corporativos necesitaban ver si la heredera del imperio Valenzuela mostraba alguna grieta, si la mujer que los había arrollado en los negocios durante la última década finalmente se estaba desmoronando.
Les regalé mi mejor sonrisa fría, pulida e inalcanzable. Yo no competía por un espacio en ese salón; ese salón me pertenecía desde el momento en que crucé las puertas.
—Míralos a todos, Adriana —le murmuré a mi asistente, quien caminaba a dos pasos de mí, tan tensa que parecía a punto de hiperventilar—. Están esperando a que tropiece. Creen que un dolor de estómago ridículo va a tirarme al suelo. Asegúrate de que los ejecutivos de Onetto tengan la propuesta actualizada en sus correos antes de que termine la noche. No quiero ningún cabo suelto.
—Sí, jefa. Todo está listo —respondió en un susurro cargado de aprensión—. Pero, por favor, si siente un pinchazo más fuerte... el doctor Rivas dijo que no debía hacer grandes esfuerzos...
—Estoy perfecta —la corté con una frialdad tajante antes de que pudiera terminar la frase—. Guarda tus preocupaciones para alguien que las pida.
Ajusté mi postura, levanté el mentón y me abrí paso entre los empresarios más influyentes de la región, saludando con inclinaciones de cabeza calculadas y marcando mi territorio con la determinación de siempre. Mi padre había preferido el camino cobarde de huir cuando la presión lo sobrepasó, pero yo no era él. Yo no me rompía.
Punto de vista de Sebastián
Estaba conversando en una mesa alta con Don Aurelio Castañeda, sosteniendo una conversación aburrida sobre las fluctuaciones del mercado inmobiliario, cuando el murmullo de la sala cambió drásticamente de tono. La música de cámara pareció quedar en segundo plano y el ambiente se cargó de una electricidad casi tangible. Giré la cabeza hacia la entrada principal y, por un segundo que pareció una eternidad, me olvidé de lo que estaba diciendo. Ahí estaba ella.
Victoria cruzó el umbral luciendo como una diosa inalcanzable vestida para una guerra elegante. El corte del vestido negro resaltaba la palidez de su piel y la curvatura de su espalda, pero en la firmeza de sus ojos oscuros no había rastro de la mujer frágil y desamparada que había colapsado en mis brazos apenas veinticuatro horas atrás. Se movía con una elegancia feroz, dominando la atención de cada hombre y mujer en el recinto sin siquiera esforzarse.
Mis ojos brillaron con una mezcla involuntaria de orgullo, frustración y una devoción contenida que me quemó la garganta. Era sencillamente alucinante. Cualquier otra persona en su lugar estaría reposando en una cama de clínica, dopada con analgésicos y exigiendo cuidados, pero Victoria Valenzuela había decidido vestirse de gala, levantarse como una reina y caminar sobre espinas solo para recordarle al mundo entero quién mandaba.
—Esa mujer va a terminar matándote o matándose ella misma, Alarcón —comentó Don Aurelio a mi lado, observando la dirección de mi mirada con una sonrisa sabia y pausada.
—Tal vez las dos cosas al mismo tiempo, Don Aurelio —murmuré sin poder despegar los ojos de la curva de su cuello—. Si me disculpa un momento, hay un asunto comercial que debo atender personalmente.
Tomé dos copas de champán de la bandeja dorada de un camarero que pasaba y me encaminé directamente hacia ella, ignorando los saludos de los ejecutivos que intentaban cortarme el paso. Necesitaba estar cerca. Necesitaba mirarla a los ojos a escasos centímetros para comprobar si ese brillo en su mirada era pura determinación o la fiebre disfrazada de orgullo antes de la caída.
Punto de vista de Selene
Desde el otro extremo del salón, junto a la barra de mármol, apreté el tallo de la copa de cristal con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Pensé que el vidrio se rompería en mi mano.
Me había pasado tres horas enteras frente al espejo maquillándome, peinándome con ondas perfectas y ajustándome el vestido verde esmeralda para asegurarme de que Sebastián Alarcón no tuviera más remedio que notar mi presencia. Había ensayado cada postura, cada movimiento de pestañas y cada sonrisa. Cuando por fin lo vi al fondo de la sala, impecable, imponente con su traje a medida y esa aura de poder que lo rodeaba, sentí que el corazón se me salía del pecho. Era el hombre que merecía estar a mi lado.
Pero en cuanto la estúpida de Victoria puso un pie en la fiesta, el universo de Sebastián se redujo a ella.
Vi cómo sus ojos se encendieron de inmediato. Vi la forma en que su cuerpo se puso rígido, cómo dejó hablando solo a Don Aurelio Castañeda uno de los hombres más ricos del país y cómo su mirada recorrió a mi hermana con una fascinación oscura y profunda que jamás le había visto dedicar a ninguna otra mujer. Ni siquiera me había registrado a mí, a pesar de que pasé a menos de dos metros de su mesa hace un instante.
—Mírala —susurré con la voz envenenada por la rabia, acercándome a mi madre, quien observaba la escena con la misma frialdad distante de siempre—. Siempre tiene que ser el centro de atención. Siempre tiene que arruinarlo todo con su sola presencia.
—Cálmate, Selene. La gente nos está viendo y no quiero un espectáculo —me reprendió mi madre en un murmullo rígido, acomodándose las joyas del cuello—. Controla esa cara.
—¡No me pidas que me calme, mamá! —siseé entre dientes, viendo cómo Sebastián caminaba con paso decidido hacia Victoria sosteniendo dos copas y regalándole esa sonrisa magnética que me volvía loca—. Él ni siquiera sabe que existo porque ella está ahí, haciéndose la mujer de hierro y la inalcanzable como siempre. La odio. Te juro por la memoria de mi papá que la odio.
Giré sobre mis tacones y me tragué el resto de la bebida de un solo golpe. Si Victoria creía que se quedaría con la atención de Sebastián esa noche solo por jugar a ser la ejecutiva estrella, estaba muy equivocada. Esta noche yo no iba a ser un simple adorno en su sombra.