Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 9 - El brindis de los depredadores
En cuanto la música cesó y los invitados comenzaron a dispersarse por el jardín hacia el banquete, Estela se acercó a la pareja con los ojos empañados por la emoción. Envolvió a su hijo en un tierno abrazo.
—Hijo, les deseo la mayor felicidad del mundo —dijo con una sonrisa sincera.
—Gracias, mamá —respondió Adam, permitiéndose un segundo de paz en sus brazos.
Estela se giró hacia la novia y la rodeó con el mismo cariño maternal.
—Bibi, bienvenida a esta familia, que a partir de ahora es la tuya.
—Gracias —murmuró Bibiana, conmovida por el gesto, aunque la palabra "familia" todavía le causaba un eco amargo en el corazón.
Melissa aprovechó el momento para acercarse rápidamente, rompiendo la formalidad con una sonrisa brillante.
—¡Amiga, felicidades! —exclamó, abrazando a Bibiana con fuerza, transmitiéndole todo el apoyo que necesitaba en ese nido de lobos.
—Gracias, Meli —susurró Bibiana al oído de su amiga, agradeciendo su constante lealtad.
La calidez del momento se disipó de golpe cuando una silueta imponente bloqueó la luz. Marcelo avanzó hacia ellos con paso lento y seguro. Miró a Adam con una mezcla de orgullo y fría superioridad.
—Hijo, te felicito —sentenció el líder de los Soler—. Fuiste obediente y cumpliste exactamente con lo que te pedí.
Adam sostuvo la mirada de su padre, manteniendo la voz firme para no dejar ver sus verdaderas intenciones.
—Lo hice porque amo a Bibiana, papá. De otra forma, si hubiera sido cualquier otra mujer, nunca me habría casado.
Marcelo soltó una pequeña risa de satisfacción.
—Pero te casaste, y eso es lo único que importa ahora. Ya diste el primer paso. Solo falta que la conviertas formalmente en uno de nosotros y entonces, solo entonces, podré dejarlos en paz.
Sin esperar una respuesta, Marcelo pasó de largo y se dirigió hacia donde estaba Bibiana para darle su fría felicitación. Adam lo observó alejarse con los puños apretados.
—Eso jamás va a pasar, papá —susurró para sí mismo, con una promesa gélida grabada en el alma.
—¡Hermanito, muchas felicidades por tu boda! —la voz alegre de Giselle interrumpió sus oscuros pensamientos. La joven apareció corriendo y se colgó del cuello de Adam en un abrazo lleno de energía.
—Gracias, hermana —respondió Adam, y una sonrisa genuina finalmente apareció en su rostro.
Giselle se separó un poco, mirando a su alrededor con disimulo antes de inclinarse hacia él para hablarle en un susurro urgente.
—Ahora que ya están casados... no duden en irse de aquí lo antes posible. Este lugar no es seguro.
Adam asintió, con la mirada endurecida mientras observaba de reojo cómo algunos invitados vampiros devoraban a Bibiana con los ojos a la distancia.
—Claro que nos vamos a ir de aquí, Giselle. No voy a permitir que mi esposa siga siendo el objeto de deseo de todos los vampiros que están en esta casa.
Melissa miró a su alrededor con discreción. Sentía las vibraciones del ambiente y sabía que el tiempo corría.
—Creo que ya me tengo que ir, amiga —le susurró a Bibiana, preocupada por mantener su propia seguridad.
Bibiana la tomó de la mano, con un destello de súplica en los ojos.
—Quédate un momento más, ¿sí? Por favor.
Melissa suavizó la mirada y asintió con una sonrisa reconfortante.
—Está bien. Me quedo.
En ese instante, la imponente figura de Marcelo se detuvo frente a ellas. Su presencia parecía congelar el aire a su paso. Miró a Bibiana con una sonrisa de absoluta autosuficiencia.
—Felicidades, mi querida nuera. Ahora sí eres, oficialmente, una Soler.
Bibiana irguió la espalda, negándose a mostrarse sumisa ante el hombre que había destrozado la paz de su familia.
—Eso era exactamente lo que usted quería, ¿no?
—Por supuesto que lo quería —replicó Marcelo, encogiéndose de hombros con arrogancia—. Y tú también lo deseabas, después de todo estás profundamente enamorada de mi hijo.
—Por eso mismo me casé con él —sentenció Bibiana con voz firme y cortante—, por el amor que le tengo, y no por su estúpido chantaje.
A Marcelo no pareció afectarle el tono de la joven. Al contrario, soltó una risa seca.
—Chantaje o no, este ya era tu destino. Y ahora que eres la esposa de mi hijo, quiero que te comportes de una manera educada. Recuerda que este clan tiene un estatus social muy alto que mantener.
Bibiana clavó sus ojos en los de él, decidida a marcar su territorio.
—Yo no voy a convertirme en una mujer plástica y perfecta. No voy a ser alguien que, solo por estar rodeada de lujos, se sienta con el derecho de mirar a los demás como seres inferiores.
La mandíbula de Marcelo se tensó por un microsegundo, pero recuperó su máscara de frialdad de inmediato.
—Lo harás. Con el tiempo vas a aprender cómo funcionan las cosas aquí —sentenció antes de darle la espalda y retirarse con paso firme.
Melissa soltó el aire que contenía, mirando la silueta del líder del clan con profundo desagrado.
—El padre de Adam está verdaderamente loco. Tiene una obsesión enferma con el control.
—Sí —asintió Bibiana, viendo cómo el velo de su vestido ondeaba con el gélido viento de Alaska—. Pero ni con todo el dinero ni con todos los lujos del mundo va a lograr que yo pierda mi identidad. No me voy a convertir en un monstruo como él.
De repente, la voz de Marcelo resonó con fuerza a través del jardín, interrumpiendo la música ambiental y capturando la atención de toda la audiencia. El hombre sostenía una copa de cristal fino en el aire, mostrando una sonrisa malvada que heló la sangre de Bibiana.
—¡Mis queridos invitados! Por favor, no se vayan todavía. ¡Lo mejor de la noche está por venir! —anunció con un tono teatral y siniestro.
Ante sus palabras, los invitados vampiros comenzaron a murmurar con entusiasmo. Con elegancia depredadora, tomaron asiento en las mesas decoradas del jardín, alzando sus copas llenas de un espeso y oscuro líquido carmesí, ansiosos por descubrir cuál sería el gran cierre que el líder de los Soler tenía preparado.
Adam y Bibiana se sentaron en una de las mesas principales, apartados del bullicio hipócrita de los invitados. Adam la observaba de reojo, midiendo cada una de sus reacciones tras la tensión acumulada en el altar.
—¿Cómo te sientes, Bibi? —preguntó con suavidad, cubriendo la mano de ella con la suya.
Bibiana suspiró, recorriendo con la vista las mesas llenas de depredadores elegantes.
—Me siento incómoda... de nuevo. Estar rodeada de tantos vampiros es sofocante. Solo contigo y con mi amiga Melissa cerca logro encontrar un poco de refugio.
Adam le apretó la mano con firmeza, dándole seguridad.—En cualquier momento nos vamos de esta fiesta, te lo prometo. Solo quiero que resistas un poco más.
—No te preocupes —respondió ella, forzando una pequeña sonrisa para tranquilizarlo.
Antes de que pudieran planear su retirada, la imponente silueta de Marcelo se proyectó sobre la mesa. No venía solo; a su lado estaba Samuel, quien mantenía una expresión que a Adam no le gustó nada.
—Hijo, Samuel está aquí porque quiere felicitarlos —anunció Marcelo con un tono autoritario que no admitía réplicas.
Adam se puso tenso de inmediato. Sus ojos brillaron con hostilidad.
—Que se vaya. Mi esposa y yo no necesitamos sus felicitaciones —sentenció, sin molestarse en ocultar su enojo.
Marcelo frunció el ceño con severidad, inclinándose un poco hacia su hijo.—No le hagas ese desaire en público, Adam. Solo acepta sus felicitaciones de una vez y ya. No avergüences al clan.
Adam apretó los dientes, midiendo el peligro de iniciar una pelea ahí mismo ante todos los líderes.—Está bien.
—Puedes acercarte, Samuel —indicó Marcelo, recuperando su falsa amabilidad.
Samuel dio un paso al frente con una sonrisa ladina. Sus ojos fijos se clavaron en la joven mortal, recorriéndola de pies a cabeza sin ningún pudor.—Gracias. Los felicito a ambos. Hacen una muy bonita pareja, de verdad —dijo, arrastrando las palabras mientras devoraba a Bibiana con la mirada.
Bibiana se removió en su asiento, sintiendo un escalofrío de repulsión. La forma en que ese vampiro la miraba la hacía sentirse completamente expuesta e incómoda.
Adam, al notar la reacción de su esposa, sintió que la sangre le hervía de rabia. Estaba a punto de ponerse de pie cuando Marcelo le hizo una seña severa con los ojos, exigiéndole que respondiera con educación.Haciendo un esfuerzo sobrehumano de autocontrol, Adam se limitó a responder con sequedad:—Gracias.
De inmediato, pasó un brazo sobre los hombros de Bibiana y la atrajo hacia sí en un abrazo protector, marcando su territorio ante los ojos del invitado.
Samuel soltó una risa baja ante el gesto posesivo del heredero y metió la mano en el bolsillo de su saco.
—Este es mi regalo personal para la novia —anunció, sacando un elegante estuche de terciopelo. Al abrirlo, una lujosa gargantilla de diamantes brilló bajo las luces del jardín. Se lo extendió directamente a ella.
Bibiana miró las joyas con absoluto desprecio. No quería tener nada que proviniera de ese hombre.
—No voy a aceptar ese regalo —declaró con firmeza, empujando suavemente el estuche de vuelta hacia él.
—Claro que lo vas a aceptar —intervino Marcelo de golpe, con una voz gélida que no dejaba espacio a discusiones.
—Papá, no hagas esto —advirtió Adam, poniéndose a la defensiva y apretando los puños.
—Ese regalo le costó mucho dinero a Samuel y no vamos a rechazar una muestra de generosidad por un capricho —sentenció Marcelo con frialdad, tomando el estuche y colocándolo a la fuerza en las manos de Bibiana.
Samuel miró a su anfitrión con una sonrisa de victoria.—Al menos tú sí reconoces mi esfuerzo por querer hacer las paces con tu hijo, Marcelo.
—Lo reconozco, Samuel. Sin embargo, ya conoces a mi hijo, es demasiado posesivo —explicó Marcelo con un tono casual, aunque sus ojos vigilaban fijamente a la pareja—. Pero no te preocupes, él y su esposa sabrán comportarse como es debido esta noche. ¿Cierto, hijo?
Adam sostuvo la mirada calculadora de su padre. Sabía que un paso en falso arruinaría el plan de escape de esa misma noche.
—Sí, papá —respondió entre dientes.
—Excelente. Vamos a dejar a los novios a solas un momento. Acompáñame a beber una copa de sangre para brindar por su futuro —ofreció Marcelo, palmeando la espalda de su invitado.
—Claro que sí, será un placer —asintió Samuel, dedicándole una última y penetrante mirada a Bibiana antes de retirarse junto al líder del clan.
En cuanto Marcelo y Samuel se alejaron lo suficiente, Adam soltó un bufido de frustración y golpeó suavemente la mesa con el puño.
—No soporto a ese tipo —siseó con una furia contenida que hacía brillar sus ojos en la oscuridad.
Bibiana colocó su mano sobre el brazo de Adam, tratando de transmitirle la calma que tanto necesitaba.
—Tienes que tratar de controlarte, Adam. Si actúas por impulso, tu padre se dará cuenta de todo.
—Lo intento, de verdad lo intento —admitió él, respirando con dificultad—. Pero al ver la forma tan asquerosa y depredadora en que te mira... me dan unas ganas inmensas de destrozarlo con mis propias manos.
Bibiana le dedicó una mirada comprensiva, aunque una sombra de tristeza cruzó por su rostro.
—Lo sé, porque a mí tampoco me gusta cómo me observa. Pero debemos resistir un poco más. Sabes... esta debió haber sido la noche más feliz de nuestras vidas.
Adam suavizó su expresión al ver la melancolía de su esposa. Tomó su rostro con delicadeza y le regaló una sonrisa llena de ternura.
—Sí, sé que esta no era la boda soñada que queríamos en Finlandia. Pero lo único importante ahora es que estamos juntos. Estamos unidos para siempre y nadie nos va a separar.
—Sí —asintió ella, y una sonrisa genuina finalmente iluminó su rostro—. Solo por estar a tu lado es que he tenido las fuerzas para soportar todo esto.
Antes de que el momento romántico se prolongara, Melissa se materializó discretamente al lado de la mesa. Miró hacia la entrada del jardín, vigilando los movimientos de los guardias.
—Bibi... ahora sí tengo que irme —anunció en un susurro urgente—. El ambiente se está poniendo cada vez más pesado para mí.
Bibiana se puso de pie de inmediato, asimilando que se quedaba sin su mayor apoyo en esa mesa.
—Está bien, Meli. Cuídate mucho por el camino, por favor. Y cuando llegues a Finlandia... dile a mi familia que estoy bien. Solo eso. No les des más detalles.
—Les diré exactamente eso, no te preocupes —respondió Melissa, intentando tranquilizarla. Luego, miró a ambos con cariño—. Les deseo la mayor felicidad del mundo en su matrimonio. Se lo merecen.
—Muchas gracias por todo, Meli —expresó Adam con gratitud.
—Adiós, amiga —susurró Melissa, envolviendo a Bibiana en un último y fuerte abrazo de despedida.
—Adiós, Meli. Viaja con cuidado.
Melissa se separó, miró a Bibiana a los ojos por última vez como si quisiera grabar su imagen, y en un parpadeo, utilizó su velocidad vampírica para desaparecer entre las sombras del espeso bosque de Alaska, desvaneciéndose de la fiesta sin dejar rastro.
Bibiana se sentó de nuevo, mirando el lugar vacío con preocupación. Se inclinó hacia Adam para hablarle al oído.
—¿Crees que tu padre la mande a seguir?
Adam paseó la mirada por la zona VIP del banquete antes de responder.
—No lo creo. Está demasiado entretenido presumiendo y hablando con sus amigos vampiros. Ni siquiera se dará cuenta de en qué momento se fue.
Sin embargo, la tranquilidad duró apenas unos segundos. De repente, la música del banquete se detuvo por completo y las luces del jardín cambiaron a un tono carmesí. Marcelo subió al pequeño escenario del altar, capturando la atención absoluta de todos los presentes.
—¡Mis queridos invitados! —exclamó el líder de los Soler, extendiendo los brazos mientras una sonrisa malvada y retorcida se dibujaba en su rostro—. Para celebrar por todo lo alto el matrimonio eterno de mi hijo... ¡les tengo una sorpresa que les va a encantar a todos