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Plantada En El Altar

Plantada En El Altar

Status: En proceso
Genre:Romance / Triángulo amoroso / Venganza de la Esposa
Popularitas:5.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Autor lucia

El vestido de novia caía perfecto sobre el cuerpo de Isabella Parker. La seda blanca abrazaba su figura con elegancia, y frente al espejo, sus ojos verdes brillaban llenos de ilusión.

—Hoy me caso… —susurró, sin poder creerlo.

Todo estaba listo. La iglesia, los invitados… Adrian Collins esperándola al final del altar. O al menos eso creía.

Muy lejos de ahí, Adrian no estaba en la iglesia.

Estaba en un estacionamiento, con el mismo traje de novio… pero con la decisión más fría en su mirada.

—No puedes hacer esto —le dijo Ethan, su mejor amigo.

Adrian no dudó.

—Ya no la amo.

El silencio fue brutal.

—Estoy enamorado de otra persona.

Ethan entendió todo sin necesidad de más palabras.

—La vas a destruir.

Adrian no respondió. Solo sacó un sobre.

—Entrégaselo.

Y se fue.

Se fue de su propia boda.

De la mujer que lo esperaba vestida de blanco.

De una vida que prometió… y que decidió romper.

Horas después, Isabella sostendría esa carta frente a todos.

Y ese día…

NovelToon tiene autorización de Autor lucia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: Quiero trabajar

Capítulo 12

Isabella caminaba con paso apresurado hacia la estación de autobuses, abrazando su portafolio contra el pecho como si fuera lo único que la mantenía en pie. El viento frío de la mañana rozaba su rostro, pero ella apenas lo sentía. Su mente estaba demasiado ocupada repasando una y otra vez cada detalle de aquel reporte. Cada palabra, cada cifra, cada párrafo… todo tenía que estar perfecto. Se había desvelado durante dos semanas enteras, sacrificando sueño, tranquilidad e incluso su propia salud con tal de terminarlo a tiempo.

Y ahora… dudaba.

Dudaba de todo.

—¿Y si está mal redactado?… —murmuró apenas, frunciendo el ceño— ¿y si olvidé algo importante?

Su agarre sobre el portafolio se hizo más fuerte.

El cansancio se reflejaba en su postura, en la leve lentitud de sus pasos, en esos ojos que ya no tenían lágrimas… pero sí un agotamiento profundo. Aun así, no se detenía. No podía hacerlo.

Sacó su móvil para revisar la hora.

—Voy tarde… —susurró, sintiendo cómo la ansiedad comenzaba a apretarle el pecho.

Estaba a punto de guardarlo cuando todo ocurrió.

Un sonido repentino de llantas sobre el asfalto mojado.

Un movimiento brusco.

Y luego—

¡SPLASH!

Un golpe frío, sucio, inesperado.

El agua acumulada en un enorme charco fue lanzada directamente sobre ella, empapándola de pies a cabeza. Su ropa se pegó a su cuerpo, su cabello se humedeció al instante… y su portafolio recibió el peor impacto.

Por un segundo… el mundo se detuvo.

Isabella no se movió.

No respiró.

No pensó.

Solo bajó lentamente la mirada.

Gotas sucias caían desde su ropa… deslizándose hasta el suelo.

Sus manos temblaron al abrir el portafolio.

Y lo que vio… la rompió.

Las hojas estaban mojadas.

La tinta corrida.

El esfuerzo de dos semanas… arruinado en segundos.

Su respiración se volvió irregular.

—Maldita sea… —susurró, pero esta vez su voz estaba cargada de algo más que molestia… estaba rota.

—Lo siento… no te vi.

La voz masculina la sacó de ese estado.

Levantó la mirada lentamente.

Un hombre había bajado de un auto negro que ahora permanecía detenido a unos metros. Caminaba hacia ella con evidente arrepentimiento.

Alto. Bien vestido. De mirada intensa.

Pero a Isabella no le importó nada de eso.

—No tenía idea de que habría un charco justo ahí… —continuó él, intentando explicarse.

—¿Eres ciego o qué? —lo interrumpió ella de golpe, con una mirada que podría haber atravesado el acero—. ¿Acaso tienes los ojos de adorno?

Gabriel se quedó en silencio por un instante, sorprendido por la intensidad de su reacción, aunque en el fondo sabía que era completamente comprensible.

—En serio te pido disculpas —dijo con tono sincero—. Te juro que no fue mi intención.

Isabella soltó una risa amarga.

—¿Tus disculpas van a arreglar mi trabajo? —replicó, alzando ligeramente el portafolio mojado—. ¿Van a hacer que todo esto vuelva a la normalidad?

El hombre no respondió.

No tenía cómo hacerlo.

—¿Acaso me sirven de algo? —continuó ella, sintiendo cómo la frustración y el cansancio acumulado explotaban de golpe—. ¡No me sirven de nada!

Algunas personas comenzaron a mirar la escena, susurrando entre ellas.

Pero Isabella no se contuvo.

No podía.

No después de todo.

—Porque si no es así… —añadió con frialdad— puedes guardártelas.

Gabriel respiró hondo, intentando no perder la calma.

—Déjame ayudarte —dijo, acercándose con cautela.

Extendió la mano y tomó el portafolio con intención de revisar qué podía rescatar.

Pero Isabella reaccionó al instante.

—Con desaparecer y no estorbar es más que suficiente —respondió, arrebatándoselo con brusquedad.

El gesto fue seco.

Definitivo.

—De verdad lo siento, no fue adrede —insistió él, manteniendo una paciencia admirable—. Si de alguna manera puedo ayudar, solo—

—Créeme —lo interrumpió Isabella, clavándole una mirada fría, casi cortante— lo último que necesito en este preciso momento… es tu ayuda.

El silencio se volvió incómodo.

Pesado.

—Con permiso.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y comenzó a alejarse, con pasos rápidos pero desordenados. Apretaba el portafolio contra su pecho, como si aún quisiera salvar lo que quedaba… aunque en el fondo sabía que ya era tarde.

Gabriel la observó irse.

Frunció ligeramente el ceño y soltó un suspiro, pasándose una mano por el cabello.

—Qué genio… —murmuró, casi para sí mismo—. Parece que amaneció de mal humor.

Pero Isabella lo escuchó.

Y se detuvo en seco.

Sus pasos se congelaron.

Su espalda se tensó.

Lentamente… giró.

—¿Me has dicho histérica? —preguntó, con una voz baja pero peligrosa.

Gabriel alzó las manos, sorprendido pero sin perder la compostura.

—Jamás he dicho eso —respondió con calma—. Otra cosa es que te sientas identificada… ¿no crees?

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Error.

Isabella soltó una risa irónica, amarga.

—Esto debe ser una maldita broma…

Sus ojos brillaban, pero no de lágrimas… sino de furia contenida.

Gabriel la observó un instante más, como si quisiera decir algo… pero decidió no hacerlo.

—Si me disculpas, ya se me hace tarde —dijo finalmente—. Hasta luego.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta, caminó hacia su auto y subió con tranquilidad, como si aquella escena no lo hubiera afectado… aunque en el fondo no era del todo cierto.

Encendió el motor.

Y se fue.

Isabella se quedó ahí, inmóvil, empapada, con el cabello pegado al rostro y el portafolio arruinado entre sus manos.

El ruido de la ciudad volvió poco a poco.

Pero dentro de ella… todo seguía en caos.

—No puedo creerlo… —murmuró, apretando los labios con fuerza.

Sus manos temblaban.

No sabía si de rabia… o de impotencia.

Miró en la dirección en la que el auto había desaparecido.

—¿Qué se ha creído?… —añadió, sintiendo cómo la frustración volvía a subirle por el pecho.

Y entonces, sin poder contenerse—

—¡Ah, idiota!

Su voz se perdió entre el ruido de la calle.

Pero su corazón…

seguía latiendo con fuerza.

Porque en medio del desastre…

en medio del enojo…

y en medio del cansancio…

algo había cambiado.

Algo mínimo.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para que ese encuentro… no fuera tan olvidable como ella quisiera.

En otra parte de la ciudad

La casa de los padres de Adrian se alzaba imponente bajo la tenue luz de la tarde. Era una residencia elegante, de arquitectura clásica, con grandes ventanales y un jardín perfectamente cuidado que reflejaba años de disciplina y estatus. Scarlett no pudo evitar admirarla apenas el auto se detuvo frente a la entrada. Sus ojos brillaron con entusiasmo mientras acomodaba su cabello pelirrojo y alisaba su vestido con discreción.

—Es… hermosa —murmuró, con una sonrisa satisfecha.

Adrian no respondió de inmediato. Bajó del auto con calma y rodeó el vehículo para abrirle la puerta, manteniendo esa imagen de caballero perfecto que tanto le caracterizaba.

—Vamos —dijo simplemente.

Scarlett tomó su mano con seguridad, entrelazando sus dedos como si ya reclamara ese lugar… como si ya perteneciera ahí.

Pero desde el momento en que cruzaron la puerta principal, algo se sintió… distinto.

La madre de Adrian los recibió en el recibidor. Era una mujer elegante, de mirada firme y postura impecable. Sonrió… pero no con calidez, sino con esa cortesía medida que se usa cuando no hay verdadera emoción detrás.

—Bienvenidos —dijo con voz suave.

Scarlett dio un paso al frente, con entusiasmo.

—Es un placer conocerla, señora. Adrian me ha hablado mucho de usted.

La mujer la observó detenidamente, recorriéndola de arriba abajo sin disimular demasiado. Su sonrisa no cambió… pero sus ojos sí.

—Ya veo —respondió simplemente.

Ese pequeño gesto fue suficiente.

Scarlett lo sintió.

Y no le gustó.

Durante la cena, todo fue correcto… demasiado correcto. Los cubiertos sonaban suavemente contra los platos, las palabras eran educadas, pero el ambiente estaba lejos de ser cálido. Cada intento de Scarlett por agradar parecía perderse en el aire, como si nada fuera suficiente.

—La casa es realmente hermosa —comentó Scarlett en un momento, intentando romper la tensión.

—Gracias —respondió la madre de Adrian, sin mirarla directamente—. Ha sido mantenida con esfuerzo… y buen criterio.

El comentario, aunque sutil, llevaba un peso implícito.

Scarlett forzó una sonrisa.

Adrian, por su parte, permanecía en silencio la mayor parte del tiempo. Comía con tranquilidad, evitaba cruzar miradas innecesarias y respondía solo cuando era estrictamente necesario. Parecía acostumbrado… como si ya supiera exactamente cómo se desarrollaría aquella noche.

Pero Scarlett no.

Y la incomodidad comenzó a transformarse en molestia.

Horas después, cuando finalmente salieron de la casa y subieron al auto, el silencio se hizo insoportable.

La puerta se cerró con un golpe seco.

—¿Se puede saber qué le pasa a tu madre conmigo? —preguntó Scarlett de inmediato, girándose hacia él con evidente irritación—. Porque claramente no le caigo bien.

Adrian encendió el auto, manteniendo la mirada al frente.

—No es nada —respondió, intentando restarle importancia.

—No me mientas —replicó ella, cruzándose de brazos—. Esa mujer me miraba como si yo no fuera suficiente.

El agarre de Adrian sobre el volante se tensó levemente.

—Fui amable, educada… hice todo bien —continuó Scarlett, con el orgullo herido—. Entonces, ¿cuál es el problema? Se supone que soy una buena nuera.

Esa palabra…

nuera.

Hizo eco en su mente.

Y sin quererlo…

recordó.

—¿De verdad eres feliz con esa muchacha?

La voz de su madre resonaba con claridad en su memoria. Habían estado en ese mismo salón horas antes, cuando Scarlett aún no llegaba.

Adrian soltó un suspiro cansado.

—Mamá, por favor…

—Contesta mi pregunta —insistió ella, firme, sin suavizar el tono.

Adrian desvió la mirada por un instante.

—Claro que lo soy.

Pero su voz no fue tan convincente como pretendía.

Su madre lo observó con detenimiento, como si pudiera leer cada grieta en sus palabras.

—¿La amas? —preguntó sin rodeos—. ¿Amas a esa muchacha más que a Isabella?

El tiempo pareció detenerse.

Isabella.

Ese nombre…

Ese recuerdo.

El rostro de Adrian cambió de inmediato. Su expresión se volvió seria, casi endurecida. Sus ojos perdieron ese brillo superficial que mostraba ante todos.

Porque la verdad era simple.

Y dolorosa.

Había pasado un año…

pero no había sido suficiente.

Nada en comparación con lo que había sentido por Isabella.

Nada se acercaba.

Nada llenaba ese vacío.

—Lo sabía… —murmuró su madre, al ver su reacción.

Adrian apretó la mandíbula.

—No quiero seguir hablando de ella.

Su tono fue frío.

Defensivo.

—Ni siquiera la has ido a ver, ¿verdad? —añadió ella, con una tristeza evidente.

—No —respondió él de inmediato—. Y no pienso hacerlo.

Hubo un silencio breve.

Pesado.

—Mucho menos cuando le propondré matrimonio a Scarlett.

Las palabras salieron con firmeza… pero no con convicción.

Su madre lo miró fijamente.

Y esta vez… no ocultó su decepción.

—¿Otro error más? —preguntó en voz baja.

Eso fue suficiente para romper su paciencia.

—Veo que venir acá fue un error.

—¿Adrian? —la voz de Scarlett lo devolvió al presente.

El auto avanzaba por la carretera, mientras las luces de la ciudad pasaban rápidamente a su alrededor.

—Te estoy hablando —insistió ella.

Adrian parpadeó, volviendo completamente.

—Mi madre es… complicada —dijo finalmente—. Le cuesta aceptar a las personas.

Scarlett frunció el ceño.

—Pues tendrá que hacerlo —respondió con firmeza—. Porque yo no pienso irme a ningún lado.

El silencio volvió.

Pero esta vez… era distinto.

Más denso.

Más real.

Scarlett miró hacia la ventana, molesta, mientras cruzaba los brazos.

Adrian, en cambio, siguió conduciendo, con la mirada fija al frente.

Pero su mente…

no estaba ahí.

Estaba en otro lugar.

En otro tiempo.

En otro nombre.

Porque mientras Scarlett hablaba de futuro con seguridad…

él seguía atrapado en un pasado que no lograba enterrar.

Un pasado que aún dolía.

Un pasado que tenía nombre…

Isabella.

Y aunque intentara negarlo…

aunque fingiera…

aunque avanzara…

había algo que no podía cambiar.

Porque hay amores que no se olvidan.

Y decisiones que, por más correctas que parezcan… pueden ser el inicio del mayor error.

^^^Continuará...^^^

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Limaesfra🍾🥂🌟
y Gabriel🤔 este sujeto 🤔🤔🤔 tem cuidado Isa eres ingenua😎
Yolanda Plazola Arroyo
yá lo dejé esun 🪳🪳🤭
Yolanda Plazola Arroyo
probecita desgrciado🪳
Maria Garcia
pobre duele pero no merece su amor es un idiota que le gusta el dinero tiene que ser fuerte y seguír adelante ya encontrará algo mejor
Limaesfra🍾🥂🌟
ds un idiota rata de 2 patas.
excelente capitulo gracias, vamos x mas
Limaesfra🍾🥂🌟
ooohhhh
Limaesfra🍾🥂🌟
eres.un cucaracho🤬
Limaesfra🍾🥂🌟
duelee😢😭😡🤬🤬🤬
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