Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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LA VERDAD EN HD
—¿Qué es? —preguntó Patrick, con la voz baja, mientras el coche nos llevaba hacia Midtown.
Lucas estaba en el asiento trasero, con el laptop abierto y una expresión que oscilaba entre el asombro y la furia.
—Richard Sterling —dijo Lucas, sin levantar la vista de la pantalla—, el padre legal de Patrick, no murió de un infarto hace quince años. Murió porque iba a hablar. Pero antes de morir, grabó algo.
—¿Qué grabó?
—Una confesión. —Lucas giró el laptop. En la pantalla, un video en blanco y negro. Un hombre mayor, demacrado, sentado en lo que parecía ser un estudio privado. Reconocí a Richard Sterling de las fotografías de las revistas de sociedad de los noventa—. Antes de morir, Richard grabó un video. Confesando que sabía lo de Marcus. Lo de Victoria. Lo del asesinato de tu padre, Elena. Y lo de otros tres ejecutivos que desaparecieron en los últimos veinte años.
Patrick se quedó en silencio. Largo rato.
—Mi padre legal —dijo finalmente, con la voz quebrada—, sabía que mi madre era una asesina. Y murió sin decir nada.
—No murió sin decir nada. —Lucas cerró el laptop—. Dijo esto. Y lo escondió en una caja de seguridad en un banco de Zurich. A nombre de un fideicomiso que solo se abre si su madre o Marcus cometen un delito federal.
—¿Y cómo lo encontraste?
—Porque Richard Sterling era más inteligente de lo que todos creíamos. —Lucas sonrió, una sonrisa torcida—. Dejó una pista. En su testamento. Una línea que parecía un error tipográfico. Pero no lo era. Era una coordenada.
Patrick me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
Esperanza.
—¿Y esto es suficiente?
—Es más que suficiente. —Lucas sacó un pendrive del bolsillo—. Esto, combinado con los documentos que Elena ya filtró, es una bomba nuclear. Si lo soltamos ahora, Victoria y Marcus no van a la cárcel. Van a desaparecer.
—¿Y Silvia? —preguntó Patrick.
—Silvia es daño colateral. —Mi voz sonó más fría de lo que pretendía—. Si Victoria cae, Silvia cae con ella. No hay forma de separarlas.
Patrick asintió. Lentamente.
—Entonces hagámoslo.
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La sala de prensa de Sterling Holdings estaba llena.
Cámaras de televisión. Micrófonos. Periodistas de los principales medios del país. Y al frente, de pie tras un podio con el logotipo de la empresa, Patrick Sterling.
Yo estaba en la primera fila. Lucas a mi lado. Y detrás de nosotros, Victoria Sterling, pálida como la muerte, con Marcus Kane a su lado, ambos rodeados de abogados.
Patrick no miró a su madre.
No miró a Marcus.
Me miró a mí.
Y entonces, comenzó a hablar.
—Buenas tardes. —Su voz resonó en la sala, firme, clara, sin temblores—. Hace tres semanas, les dije que me casaría con Silvia Castellanos. Hoy vengo a decirles que eso no va a suceder.
Un murmullo recorrió la sala. Los flashes de las cámaras se intensificaron.
—No va a suceder —continuó Patrick—, porque Silvia Castellanos no es la mujer que dice ser. Porque mi madre, Victoria Sterling, ha orquestado una campaña de difamación contra una mujer inocente. Y porque yo, Patrick Sterling, acabo de descubrir que no soy quien creía ser.
Silencio.
Absoluto.
Patrick sacó el pendrive del bolsillo. Lo conectó al sistema de la sala. Y en la pantalla gigante detrás de él, apareció el rostro de Richard Sterling.
—Este es mi padre —dijo Patrick—. El hombre que me crió. El hombre que murió hace quince años. Y esta es la verdad que me ocultaron toda mi vida.
El video comenzó a reproducirse.
La voz de Richard Sterling, grave y cansada, llenó la sala.
*"Si estás viendo esto, significa que he muerto. Y significa que Victoria y Marcus han cometido el error que activó este fideicomiso. Necesito que sepan la verdad. Victoria ordenó el asesinato de Rafael Vasquez hace tres años. Marcus Kane ejecutó la orden. Yo lo supe. Y no hice nada. Me avergüenza. Me avergüenza haber callado. Me avergüenza haber criado a un hijo sin decirle quién era su verdadero padre. Pero hay algo que deben saber. Patrick no es hijo de Marcus Kane. Patrick es hijo de Richard Sterling. La prueba de ADN está en la caja de seguridad de Zurich. Victoria mintió. Marcus mintió. Y yo, cobardemente, también mentí. Pero la verdad, al final, siempre sale a la luz."*
El video terminó.
La sala estaba en shock.
Patrick me miró otra vez. Y sonrió.
Una sonrisa pequeña. Triste. Liberadora.
—No soy hijo de Marcus Kane —dijo, con la voz firme—. Soy hijo de Richard Sterling. Mi madre mintió. Marcus Kane mintió. Y yo, hasta hace tres días, viví en una mentira. Pero hoy, hoy les digo la verdad. Victoria Sterling y Marcus Kane son responsables del asesinato de Rafael Vasquez. Y hoy, he presentado pruebas federales que los enviarán a prisión por el resto de sus vidas.
El caos estalló.
Periodistas gritando preguntas. Abogados intentando acercarse al podio. Cámaras enfocando a Victoria, que estaba blanca como el papel, con Marcus a su lado, ambos rodeados de agentes federales que acababan de entrar en la sala.
—Victoria Sterling —dijo uno de los agentes—, queda arrestada por conspiración para cometer asesinato.
—Marcus Kane —dijo otro—, queda arrestada por asesinato en primer grado.
Victoria no dijo nada.
Solo me miró.
Y en sus ojos, por primera vez en dos vidas, vi algo que no era furia.
Era derrota.
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Silvia no estaba en la sala.
Pero su ausencia era más ruidosa que cualquier grito.
Porque mientras Victoria era escoltada fuera de la sala, con las manos esposadas y la cabeza alta, mi teléfono vibró.
Un mensaje.
De Silvia.
*"Felicidades, Elena. Ganaste. Pero esto no ha terminado. Nunca termina."*
Abrí el adjunto.
Una fotografía.
Lucas, atado a una silla, en un lugar que no reconocí. Con un cuchillo en el cuello.
Y una nota.
*"Tienes diez minutos para llegar al muelle 57. O tu hermano muere. Y esta vez, no voy a fallar."*
Levanté la vista. Patrick me miraba con preocupación.
—¿Qué pasa?
No respondí.
Porque no podía decirle.
No podía decirle que Silvia, la prima que había subestimado durante dos vidas, acababa de secuestrar a mi hermano.
No podía decirle que Silvia, la mujer que había creído débil, acababa de demostrar que era más peligrosa de lo que jamás imaginé.
No podía decirle que, en este juego, la venganza nunca termina.
Solo se transforma.
—Patrick —dije, con la voz más firme de lo que me sentía—, necesito que me lleves al muelle 57.
—¿Por qué?
—Porque Silvia tiene a Lucas. —Me puse de pie, con el corazón martillando—. Y esta vez, no voy a dejar que nadie me lo quite.
Patrick me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.
No era miedo.
Era determinación.
—Entonces vamos —dijo, tomándome de la mano—. Juntos.
Salimos de la sala de prensa. Dejamos atrás el caos, las cámaras, los agentes federales, la caída de Victoria Sterling.
Y mientras Manhattan pasaba por las ventanas del coche, con sus rascacielos brillando como cuchillos contra el cielo de la tarde, supe una cosa con absoluta certeza.
Esta guerra no había terminado.
Solo había entrado en su fase final.
Y esta vez, yo no iba a perder.
Porque esta vez, no estaba sola.
Leee