Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Huevos revueltos, advertencias veladas y el peso de un corazón
Sandra Bautista se despertó con una sensación extraña en el pecho. No era la ansiedad habitual de los martes, ni el peso de concreto que la había aplastado el fin de semana. Era algo más ligero. Como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que llevaba años cerrada con llave.
Se levantó, se miró al espejo y, por primera vez en mucho tiempo, no buscó defectos. Vio su cabello rojo cayendo en ondas sobre sus hombros, sus ojos castaños (un poco hinchados, pero brillantes) y las curvas de su cuerpo bajo el camisón. Soy yo, pensó. Y está bien ser yo.
Salió de su habitación y el olor a café y huevos revueltos la recibió. Diego estaba en la cocina. Llevaba su habitual camiseta gris, pero hoy sus movimientos carecían de la fluidez relajada de siempre. Estaba rígido, mirando la sartén con una intensidad innecesaria, como si los huevos le debieran dinero.
—Buenos días —dijo Sandra, apoyándose en la isla de la cocina.
Diego levantó la vista. Sus ojos oscuros la escanearon rápidamente, buscando las ojeras, la tristeza, la armadura. Pero no las encontró. Sandra estaba radiante, con una paz que a él le dolió físicamente en el pecho.
—Buenos días —respondió él, sirviendo los huevos en dos platos y empujando uno hacia ella—. Dormiste bien.
—Sí —dijo Sandra, tomando el tenedor—. Increíblemente bien.
Diego se sentó frente a ella, pero no comió. Solo tomó su taza de café y la sostuvo con ambas manos, como si necesitara el calor para no temblar. El silencio en la cocina, usualmente cómodo y lleno de bromas, hoy era espeso.
—Entonces... —empezó Diego, con la voz cuidadosamente neutra—. ¿Todo bien con García?
Sandra masticó lentamente, notando el tono. No era el tono sarcástico de "el galán de Madrid", ni el tono enojado de "el jefe tiburón". Era un tono tenso, contenido.
—Sí, todo bien —respondió ella, dejando el tenedor—. Ayer... él me llevó a un lugar. Una azotea. Hablamos. Me escuchó, Diego. De verdad me escuchó.
Diego apretó la mandíbula. El músculo de su mejilla se tensó. Bajó la mirada a su café, observando el líquido negro como si allí estuvieran las respuestas que no se atrevía a dar.
—Me alegra que te haya escuchado —dijo él, y la frase sonó hueca, como un guion mal ensayado—. Pero San...
Sandra lo miró, esperando.
Diego levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de una emoción cruda que Sandra no supo identificar. Miedo. Dolor. Súplica. Pero lo disfrazó rápidamente con una ceja levantada y un tono de sermón fraternal.
—Solo te digo que no te confíes tanto, ¿vale? —dijo él, con la voz un poco más firme de lo necesario—. Apenas lo conoces. Es tu jefe, es guapo, es encantador... pero es un hombre que apenas está entrando a tu vida. No vayas a entregar tu corazón a alguien que no sabes si va a estar ahí mañana.
Sandra parpadeó, sorprendida por la crudeza de la frase. Entregar tu corazón.
—Diego, no estoy entregando mi corazón a nadie —respondió ella, con una pequeña risa nerviosa, cruzándose de brazos—. Apenas nos estamos conociendo. Y él ha sido muy respetuoso. Me dio espacio, me validó en el trabajo, me cuidó ayer... No es un monstruo.
—No digo que sea un monstruo —se apresuró a corregir Diego, pasando una mano por su cabello despeinado, visiblemente frustrado consigo mismo—. Digo que... el mundo está lleno de hombres que dicen lo correcto en el momento correcto. Y cuando las cosas se ponen difíciles, o cuando la novedad se acaba... se van. Y tú, San... tú te quedas con el corazón roto. Solo te pido que vayas con calma. Que no bajes la guardia tan rápido.
Sandra lo miró en silencio. Conoció a Diego desde los siete años. Sabía cuándo estaba enojado, cuándo estaba cansado y cuándo estaba mintiendo. Pero esta vez, no entendía qué pasaba. Sonaba como el Diego de siempre: el amigo sobreprotector, el hermano platónico que no quería que su mejor amiga sufriera.
Pero había algo en su voz, una vibración de dolor tan profunda que a Sandra le dio un vuelco el estómago.
—Tengo cuidado, Diego —dijo ella finalmente, con voz suave—. Te lo prometo. No voy a hacer ninguna tontería.
Diego asintió lentamente, tomando un sorbo de su café para ocultar la expresión de derrota que cruzó su rostro. —Bien. Solo cuídate, San. Eres lo más importante que tengo.
Sandra sintió un escalofrío. Eres lo más importante que tengo. Era la frase más bonita y más triste que le habían dicho en la mañana.
Llegar al Bufete Galvis esa mañana se sintió diferente. El edificio de cristal y acero ya no le parecía una fortaleza intimidante, sino solo un lugar de trabajo.
Cuando el ascensor se abrió en el tercer piso, Julián estaba allí. Llevaba un traje gris claro, sin corbata, y sostenía dos vasos de la cafetería de especialidad. Al verla, su rostro se iluminó con una sonrisa que le llegó a los ojos, arrugando las esquinas de los mismos.
—Buenos días, Sandra —dijo él, extendiéndole uno de los vasos.
—Buenos días, Julián —respondió ella, tomando el café. Sus dedos rozaron los de él, y esta vez, Sandra no retiró la mano de inmediato. Se permitió sentir el calor de su piel por un segundo más—. Gracias por el café. Y... gracias por ayer.
Julián sostuvo su mirada. No había prisa en sus ojos, ni exigencia. Solo una calidez profunda. —No tienes que agradecerme, Sandra. Solo quería que supieras que no estás sola en esto. ¿Cómo amaneciste?
—Mejor —confesó ella, con una sonrisa pequeña y genuina—. Mucho mejor.
—Me alegra escucharlo —dijo Julián, dando un paso hacia su oficina, pero deteniéndose antes de cruzar la puerta—. Por cierto, el licenciado Robles revisó el inciso que propusiste. Dijo que fue una "intervención afortunada". Te está empezando a respetar, Bautista.
Sandra sonrió, sintiendo un orgullo que no tenía nada que ver con la vanidad, sino con la validación. —Gracias, Julián.
—Que tengas buen día —dijo él, antes de entrar a su oficina.
Sandra se quedó en el pasillo un segundo, abrazando el vaso de café. Pensó en las palabras de Diego esa mañana. No vayas a entregar tu corazón a alguien que apenas conoces.
Sandra suspiró, caminando hacia su cubículo. Diego tenía razón en algo: no estaba entregando su corazón. Su corazón seguía intacto, latiendo en su pecho, protegido por años de inseguridad. Pero Julián no le estaba pidiendo que se lo entregara. Julián le estaba pidiendo que le abriera la puerta. Y había una diferencia enorme entre regalar algo y dejar que alguien entrara a visitarlo.
Diego le tenía miedo al riesgo. Julián le tenía respeto al proceso. Y Sandra, por primera vez, estaba empezando a entender cuál de las dos actitudes la estaba ayudando a sanar.
Esa noche, Sandra llegó al departamento en la colonia Roma.
Diego estaba en la sala, tirado en el sofá con su laptop y unos audífonos puestos. Al escuchar la puerta, se los quitó y la miró. Sandra llevaba un vestido azul que le marcaba la cintura, algo que ella nunca se habría puesto para ir a la oficina un martes normal.
—Llegas tarde —dijo Diego, cerrando la laptop y poniéndose de pie.
—Me quedé a terminar un informe con Julián —explicó Sandra, dejando sus llaves en el bowl y caminando hacia la cocina para servirse un vaso de agua—. Salimos a las siete.
Diego se quedó de pie en medio de la sala. La miró de arriba abajo, notando el vestido, el brillo en sus ojos, la forma relajada en que se movía. —¿Con Julián? —repitió él, y su voz sonó un poco más aguda de lo que pretendía—. ¿Hasta las siete?
—Sí. Éramos solo nosotros dos revisando los documentos de Inversiones del Norte —dijo Sandra, sin notar la tensión en los hombros de su amigo—. Fue productivo. Él es muy enfocado.
Diego asintió lentamente, tragando saliva. —Ya veo. Bueno... me alegra que sea... productivo.
Sandra tomó su vaso de agua y se giró hacia él. Lo vio allí, con su camiseta gris, su cabello despeinado, su mirada oscura llena de una tormenta que ella no podía descifrar.
—Diego —dijo ella, con voz suave, acercándose un paso—. ¿Estás enojado conmigo?
Diego parpadeó, como si lo hubieran despertado de un mal sueño. Forzó una sonrisa, esa sonrisa de medio lado que siempre la desarmaba, pero que hoy se veía un poco cansada.
—No, San. Para nada —dijo él, pasando una mano por su nuca—. Solo... me sorprendió. No estás acostumbrada a quedarte hasta tarde. Supongo que me asusté pensando que te había pasado algo en el camino.
Sandra lo estudió. Quería creerle. Quería abrazarlo y decirle que todo estaba bien, que seguían siendo ellos, que nada había cambiado. Pero algo sí había cambiado. Ella había cambiado. Y Diego, con su radar infalible, lo sabía.
—Estoy bien, Diego —dijo ella, dándole un apretón suave en el brazo—. Siempre voy a estar bien.
—Lo sé —murmuró él, cubriendo la mano de ella con la suya por un segundo. Su piel estaba caliente, y el roce duró un instante más de lo necesario—. Solo cuídate. Y recuerda lo que te dije esta mañana. Ve con calma.
Sandra asintió, retirando su mano suavemente y caminando hacia su habitación. —Buenas noches, Diego.
—Buenas noches, San.
Al cerrar la puerta de su cuarto, Sandra se dejó caer en la cama, mirando el techo. Las palabras de Diego resonaban en su cabeza. No entregues tu corazón.
Pero mientras cerraba los ojos, la imagen que vino a su mente no fue la de Diego cocinándole chilaquiles, ni la de Diego bajo la lluvia con el paraguas. Fue la imagen de Julián en la azotea, con los ojos llenos de furia contenida por Valeria, y luego suaves como el terciopelo cuando le dijo: Yo no quiero una muestra. Quiero a la mujer real.
Sandra Bautista se dio cuenta de que su corazón no estaba en peligro de ser entregado. Estaba en peligro de ser despertado. Y eso, definitivamente, era mucho más aterrador.