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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 12 LAS MIRADAS QUE DUELEN

Sofía no desapareció. Al contrario. Se metió en sus vidas como si siempre hubiera formado parte de ellas.

Empezó por Don Eliseo. Se presentó un día en la mansión con una caja de sus pasteles preferidos y una sonrisa, y se ofreció a ayudarlo con los papeles de la fundación. El anciano, que siempre había sido bueno con ella de joven, aceptó encantado. Pronto Sofía pasaba las tardes en el despacho de Don Eliseo, riendo con él, escuchando sus historias, haciéndose indispensable.

Luego llegaron las invitaciones. Una cena en su casa, una exposición de arte, una reunión de antiguos amigos. Dante siempre decía que no, que tenían compromisos, que no tenían tiempo. Pero Don Eliseo insistía, decía que era bueno para la familia volver a ver a gente conocida, que Sofía se había esforzado tanto. Y al final, casi siempre terminábamos yendo.

Yo me obligaba a sonreír. A comportarme como la esposa educada y comprensiva que debía ser. Pero cada vez que veía a Sofía acercarse a Dante, cada vez que le decía algo al oído y se reían los dos, cada vez que le tocaba el brazo o le ajustaba la corbeta como si tuviera derecho a hacerlo, sentía algo quemándome por dentro que no sabía cómo apagar.

Era el jueves por la noche. Teníamos que ir a una cena benéfica que Sofía había organizado para recaudar fondos para la fundación. Me puse un vestido azul marino que Clara me había ayudado a elegir, me peiné el cabello recogido y me miré al espejo. Estaba bien, sí. Pero no como ella. Sofía tenía esa elegancia natural que parecía nacer con ella, esa seguridad de quien siempre ha pertenecido a este mundo de lujos y fiestas. Yo siempre me sentía una intrusa a su lado.

Cuando bajé las escaleras, Dante me esperaba en el vestíbulo. Levantó la vista y se quedó mirándome un segundo. Sus ojos se suavizaron un poco.

—Te ves muy bien —dijo.

—Gracias —respondí, aunque su cumplido no me hizo sentir mucho mejor. Sabía que en un rato vería a Sofía, y todo se vendría abajo.

La cena se celebraba en un salón elegante del centro, lleno de luces doradas y gente vestida de gala. En cuanto entramos, Sofía nos vio. Se acercó caminando entre las mesas con una copa en la mano, radiante con un vestido rojo que le quedaba como una segunda piel.

—¡Dante! ¡Aitana! —nos saludó, dándonos un beso a cada uno—. Qué alegría que hayáis venido. La mesa está aquí, venid.

Nos llevó a una mesa cerca del escenario. Allí estaban ya sentados algunos amigos de la familia, todos conocidos de Dante y Sofía de hacía años. Durante toda la cena, ella no dejó de hablar. Contaba anécdotas de su estancia en París, de los viajes que habían hecho juntos de jóvenes, de los planes que tenía para la fundación. Cada vez que hablaba, miraba a Dante. Y él, aunque intentaba no responderle demasiado, a veces se reía de alguna de sus bromas, o asentía con la cabeza, y yo me sentía como si estuviera de más.

En un momento, me levanté para ir al baño. Cuando regresaba, me detuve un poco lejos de la mesa. Sofía se había acercado a Dante, inclinada hacia él, hablándole muy bajito. Él la escuchaba, con la cabeza un poco inclinada hacia ella. Ella le puso una mano en su brazo, despacio, y sonrió de esa forma dulce que usaba con él. Dante no apartó el brazo.

Sentí cómo se me hacía un nudo en la garganta. Las manos me temblaron un poco. Me di la vuelta y salí al balcón que había al final del salón, necesitando aire fresco.

La noche estaba fresca. Me apoyé en la barandilla, mirando las luces de la ciudad abajo. Respiré hondo, intentando calmarme. Sabía que estaba siendo tonta. Sabía que Dante me había dicho que Sofía era el pasado. Pero verla ahí, tan segura, tan cercana a él, tan en su elemento… me hacía dudar de todo. De mí, de nuestro matrimonio, de lo que sentía por mí.

—¿Estás bien?

Me giré. Dante estaba en la puerta del balcón, mirándome con preocupación. Había salido a buscarme.

—Sí —respondí, secándome una lágrima que se me había escapado sin darme cuenta, antes de que él la viera—. Solo hacía un poco de calor dentro.

Él se acercó a mí. Se apoyó en la barandilla a mi lado, mirando también hacia la ciudad.

—No tienes que mentirme —dijo suavemente—. Sé que no estás bien.

—Es que… —empecé, y la voz me tembló un poco—. Es que ella está en todas partes. Y todos la quieren. Y tú… tú a veces la miras como si…

—Como si qué? —preguntó él, girándose hacia mí.

Bajé la mirada. No me atrevía a decirlo en voz alta.

—Como si todavía te importara.

Dante se quedó callado un segundo. Luego tomó mi mano entre las suyas. Sus manos estaban cálidas, firmes. Me obligó a levantar la vista para mirarlo a los ojos.

—Escúchame bien —dijo, muy despacio, muy serio—. Sofía es el pasado. Una parte de mi vida que ya se terminó hace mucho tiempo. Tú… tú eres lo que tengo ahora. Lo que quiero ahora. No tienes nada que temer de ella.

Quise creerle. Quise creerle con todo mi corazón. Pero en ese momento, la puerta del balcón se abrió de nuevo.

—Ah, aquí estáis —dijo la voz de Sofía, dulce y alegre como siempre. Apareció en el umbral, sonriendo, como si no hubiera notado la tensión entre nosotros—. Están por empezar los discursos. Don Eliseo pregunta por vosotros.

Dante soltó mi mano de golpe, como si le hubiera quemado. Se giró hacia ella, recuperando esa expresión seria y distante que usaba con todo el mundo.

—Vamos ya —dijo.

Sofía sonrió y le ofreció el brazo.

—¿Me acompañas, Dante? Estos tacones son altos y no quiero tropezar.

Dante dudó un segundo. Luego miró hacia mí, como si pidiendo permiso o perdón. Y después… aceptó el brazo de ella.

Los vi caminar juntos hacia el salón, hombro con hombro, tan bien parecidos que dolía. Sofía le dijo algo al oído y él asintió. Yo me quedé en el balcón un rato más, sola, mirando las luces de la ciudad que se mezclaban con las lágrimas que ya no podía contener.

Sabía que Dante no quería hacerme daño. Sabía que probablemente solo estaba siendo educado. Pero el daño estaba hecho de todos modos.

Sofía no solo había vuelto para recuperar a Dante. Estaba ahí para recordarme, en cada gesto, en cada mirada, en cada palabra, que yo no pertenecía a ese mundo. Que ella era la que siempre había estado destinada a estar a su lado.

Y yo, con mi contrato y mis mentiras y mis miedos… no sabía si tenía fuerzas para luchar contra ella.

Entré de nuevo en el salón despacio. Los encontré juntos otra vez, cerca del escenario, riendo de algo que alguien había dicho. Sofía levantó la vista y me vio. Me dedicó una sonrisa dulce, perfecta. Pero en sus ojos vi algo que no era amabilidad.

Era victoria.

Y en ese momento supe que esto apenas empezaba.

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