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ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 17 El LAMABORGHINI

Yo me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. Lo vi masticar despacio, sin cambiar la expresión del rostro —ni una sonrisa, ni un ceño fruncido, nada que me dijera qué pensaba. Tomó un poco de puré, luego otro trozo de carne, probó la salsa de tomate y siguió comiendo, con movimientos exactos, sin prisa, sin derramar nada. Cuando terminó, el plato estaba completamente vacío, hasta la última gota de salsa.

—¿Le gustó? —me atreví a preguntar, con la voz un poco más débil de lo que quería.

Él levantó la vista, sus ojos verdes fijos en los míos, y una media sonrisa burlona curvó apenas la comisura de sus labios.

—Sí —dijo, y su voz era grave, cortante, como si decir esa sola palabra le costara demasiado esfuerzo—. Cumple.

Se levantó de golpe, empujó la silla hacia atrás con un chirrido seco y salió del comedor sin añadir nada más, sin despedirse, sin volver la vista atrás.

Me quedé mirando la puerta por la que se había ido, con el corazón latiéndome a mil por hora, hasta que una voz suave me sacó de mi ensimismamiento:

—Disculpe la interrupción, señorita… voy a recoger esto.

Me giré y vi a una mujer de mediana edad, con el cabello recogido en una coleta limpia y una bata de trabajo impecable, que sostenía una bandeja en las manos.

—No se preocupe —le dije, y una risa nerviosa se me escapó—. Perdón, no le pregunté su nombre.

—Me llamo Susana —respondió ella con una sonrisa tímida—. Soy la encargada de la limpieza del comedor.

—Mucho gusto, Susana —dije, apartándome para dejarle paso—. Oye, ¿te gustaría probar la comida? Aún queda bastante en la cocina. Ven, te sirvo un plato.

—Ay, señorita, no puedo —dijo ella, bajando la vista—. Las reglas de la casa dicen que el personal no come lo que se prepara para los patrones.

—¿Quién lo dice? —reí, ya camino a la cocina—. Hoy no hay reglas que valgan. Siéntate, que te lo sirvo yo.

Le puse una porción generosa: carne dorada, puré esponjoso y un poco de cada salsa. Susana lo probó con cautela, y al instante sus ojos se iluminaron. Comió despacio al principio, luego con más ganas, hasta que también terminó todo.

—Está delicioso —dijo limpiándose la boca con una servilleta pequeña—. Muy rico, de verdad. Gracias, muchas gracias. ¿Y usted no va a comer nada?

Negué con la cabeza, guardando los platos sucios en el fregadero.

—No suelo probar lo que cocino —respondí—. Ya sé qué sabor tiene cada cosa mientras la preparo, así que no hace falta.

Terminé de ordenar la cocina y llamé a Roberto por el interfono.

—Señorita —contestó al instante.

—Roberto, aún tengo que preparar la cena —le informé—. Quiero hacer algo más ligero: unas empanadas de queso, con un poco de cebolla caramelizada y orégano. ¿Le parece bien?

—Perfecto —respondió él—. Avíseme cuando esté lista, se lo haré saber al señor Fierro.

Trabajé tranquila el resto de la tarde: amasé la masa hasta que quedó suave y elástica, la dejé reposar, luego la estiré y corté en círculos perfectos. Rellené cada uno con queso manchego que se derretiría al horno, un toque de cebolla dulce y una pizca de pimienta. Las doblé con cuidado, sellé los bordes con un tenedor y las metí al horno hasta que se inflaron y quedaron doradas y crujientes.

Cuando pasaron las nueve de la noche, llamé a Susana.

—¿Podrías decirle al señor Fierro que la cena está lista? —le pedí.

Ella asintió y se fue. Minutos después, apareció Emiliano en la puerta del comedor. Ya no llevaba traje: tenía puesto un short negro de tela fina y una chamarra del mismo color, zapatillas limpias como si nunca hubiera pisado el suelo. Se quedó parado en el umbral, mirándome con esa misma expresión de superioridad, como si estuviera haciendo un favor enorme al venir.

—Pase, siéntese —le indiqué, señalando la fuente de empanadas que humeaba en la mesa—. La cena está lista.

—Sigo lleno —dijo, sin moverse ni un centímetro.

—Pues coma un poco —insistí, acercándome la fuente—. Es la cena, y está hecha para usted.

Él arqueó una ceja, divertido y molesto a la vez.

—¿Usted ha probado bocado en todo el día? —preguntó de golpe.

Me quedé callada un instante.

—No —admití—. No suelo probar lo que cocino.

—Hoy hará una excepción —ordenó, y su tono no admitía réplica—. Siéntese y coma conmigo. Empiece usted primero.

No tuve más remedio. Tomé una empanada, sentí el calor en los dedos, y di el primer mordisco: la masa crujiente, el queso derretido que se estiraba al separar los labios, el dulce de la cebolla. Me senté frente a él, y él tomó otra, luego otra, hasta que el plato quedó vacío. Me miró con curiosidad cuando vi que solo había comido la mitad de la mía.

—Susana —llamó él sin levantar la voz, y ella apareció al instante—. Llévese esto.

Ella bajó la vista, asintió rápidamente y recogió el plato sin decir una palabra, saliendo de la habitación como si temiera quedarse un segundo más.

—¿Le gustó? —pregunté, cuando quedamos solos de nuevo.

Él se puso de pie y se arregló la chamarra, mirando hacia los ventanales donde ya se veían las estrellas sobre la alberca.

—Sí —dijo, y fue todo. Ni una palabra más, ni un elogio, ni una explicación. Como si fuera lo mínimo que se esperaba de mí.

Guardé silencio, guardando el plato en la cocina.

—Bueno, ya me voy —dije al volver—. Hasta mañana, señor Fierro.

Él miró su reloj de pulsera, un modelo de metal brillante que debía costar más que todo lo que yo tenía. Eran las once de la noche.

—Yo la llevo —dijo, caminando hacia la salida.

—No hace falta, puedo pedir un taxi —respondí rápidamente.

—Vamos —cortó él, sin detenerse—. No repito las cosas.

Lo seguí hasta el garaje, un espacio amplio y limpio como el resto de la casa. Allí, brillando bajo las luces, estaba un Lamborghini negro, con líneas afiladas y amenazantes, que parecía hecho para devorar el asfalto. Emiliano abrió la puerta del copiloto, esperó a que me subiera, dio la vuelta y se puso al volante. El motor rugió con un sonido potente y contenido, y salimos del garaje.

El camino fue silencioso. Él no habló, yo no supe qué decir. Cuando llegamos frente a mi departamento, una construcción modesta en el centro de la ciudad a comparación con la suya, él apagó el motor y me miró.

—Aquí está —dijo—. Mañana nos vemos.

—Gracias por traerme —respondí, bajando del auto—. Hasta mañana.

No esperó a que entrara. En cuanto cerré la puerta del copiloto, el motor rugió de nuevo y el coche se alejó en la oscuridad, dejándome sola en la acera, con el sabor de las empanadas en la boca y la certeza de que aquel hombre era el reto más difícil que había enfrentado en mi vida.

 

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