Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 8
Capítulo 8
Desperté apenas la alarma sonó.
Dante ya no estaba, no sabía si había dormido bien o no.
Yo, dormí como piedra.
Me bañé, pero, al salir de la ducha noté que había olvidado la ropa.
Me asomé por la puerta, perfecto, Dante aun no regresaba.
Envolví la toalla en mi cuerpo y salí hacía el armario.
Elegí la ropa y pero, al inclinarme al cajón, no me fije que la toalla se aflojó.
Justo, cuando me daba la vuelta, la puerta se abrió.
Dante había regresado de correr y yo, solo sentí que la toalla caía a mis pies.
Dante aun de pie en la puerta, abrió los ojos por completo, intentó decir algo, pero solo balbuceo palabras incoherentes.
Pasaron solo unos segundos cuando reaccione. Recogí la toalla y me cubrí el cuerpo por delante.
—Yo...
No me quedé a escuchar lo que Dante tuviese que decir.
Corrí al baño, al cerrar la puerta, me deslice por esta hasta sentarme en el piso.
Me abracé a mis piernas ocultando mi rostro entre ellas.
Que vergüenza, estaba segura que Dante había todo.
Minutos después, salí del baño ya vestida, Dante ya no estaba, pero no tardó en regresar, se había ido a duchar a otro baño.
—Algún día tenía que ver.
Dante sonrió con picardía.
Y yo, no sabía ni a dónde mirar.
Después bajamos a desayunar. Yo intenté comportarme normal, pero cada vez que veía sus manos recordaba mi muñeca entre sus dedos y mi palma sobre su pecho.
Qué manera tan absurda de empezar el día.
En el coche rumbo a la oficina, Dante trabajó casi todo el camino.
Yo miraba por la ventana y fingía que mi mente no volvía una y otra vez al baño.
Cuando llegamos, me preguntó:
—¿Sales a la misma hora?
—Sí.
—Paso por ti.
—Está bien.
Esta vez no discutí.
En la empresa todavía había miradas raras, aunque Camila ya se había disculpado. El chisme, cuando muerde, deja marca.
Lilia se acercó a mi escritorio.
—¿Estás bien?
—Sí. Sólo cansada.
—Lo de ayer fue horrible. Pero al menos se aclaró.
—Más o menos.
Lorena no apareció en toda la mañana.
Yo avancé en los planos del proyecto. Preferí concentrarme en líneas, medidas y correcciones. Eso no traicionaba. Si una pared estaba mal, se corregía. Las familias no venían con esa opción.
Al mediodía, Sofía volvió a escribir.
Encontré el coche perfecto. Porsche Cayenne. Señora, pero joven. Rica, pero no aburrida.
Le respondí con una risa.
Tú estás más emocionada que yo.
Obvio. Yo voy a subirme.
Esa tarde, antes de salir, mi papá me llamó.
—Ximena, lo de Lorena...
—No quiero hablar de eso.
—Sólo quiero que sepas que Camila ya firmó su salida. Y mandé un comunicado interno.
—Gracias.
—Tu hermana está mal.
Lo miré.
—Yo también lo estuve ayer. No preguntaste.
Se quedó sin palabras.
Salí.
Dante ya estaba afuera. Esta vez bajó el vidrio cuando me vio.
—Sube.
Me acomodé a su lado.
—¿Tuviste problemas hoy?
—Nada nuevo.
Me miró unos segundos, pero no insistió.
—¿Ya pensaste en el coche?
—Sofía vota por una Porsche Cayenne.
—¿Y tú?
—Me gusta. Pero quiero verla.
—Vamos este fin de semana.
Así de simple.
Me quedé con el celular en la mano, mirando la pantalla.
—Gracias.
—Ximena.
—Cierto. Menos gracias.
Al llegar a casa, doña Rosa me preguntó si quería camarones otra vez. Dije que no, que tampoco quería abusar.
Dante, desde la sala, dijo:
—Si te gustan, pide lo que quieras.
Me miró con seriedad.
—Esta también es tu casa.
Me quedé callada.
Esa frase me pegó más fuerte que cualquier joya.
En la noche, después de cenar, subí primero. Me bañé, me puse una pijama sencilla y esperé en la cama leyendo mensajes de Sofía.
Dante entró tarde.
Se quitó el saco, aflojó la corbata y caminó al baño.
Yo traté de no mirarlo demasiado.
Fallé.
Cuando salió, se acostó a mi lado.
El silencio se hizo espeso.
—¿Sigues pensando en lo de la mañana? —preguntó de pronto.
Me atraganté con mi propia saliva.
—No.
Mentira.
—Yo sí —dijo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Que necesitas acostumbrarte.
—Dante...
—No dije que hoy.
Su voz era tranquila, pero mi pulso ya no.
La mano que tenía en mi cintura se quedó quieta. Eso fue peor. Me ardió la piel justo donde me tocaba.
Se acercó lo justo para rodearme la cintura.
—Duerme.
¿Cómo se duerme cuando un hombre como Dante Montalvo dice esas cosas y luego te abraza como si nada?
Yo no sabía.
Pero mi cuerpo, traidor profesional, terminó relajándose contra él.