Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 21. Archivos, Mentiras y Otras Maldiciones
La Biblioteca Real de Aurelia era tan grande que debería haber resultado inspiradora.
En lugar de eso, resultaba sospechosa.
—Demasiados libros.
Celeste levantó la vista.
—Eso no es un problema.
—Claro que lo es.
—¿Por qué?
—Porque alguien tuvo que organizarlos.
—Eso suele ser positivo.
—No cuando el archivo ocupa cuatro pisos y parece un laberinto construido por personas que odiaban los mapas.
Basilio asintió.
—La sección tres estuvo perdida durante treinta años.
—¿Cómo se pierde una sección?
—Con dedicación.
—Eso no responde nada.
—Y, sin embargo, explica mucho.
La búsqueda del nombre de Aliara los había llevado hasta allí.
La letra grabada en la mano de Elena seguía brillando débilmente.
La única pista obtenida en la Cripta de los Nombres.
La única señal tangible de que avanzaban en la dirección correcta.
O al menos en una dirección.
—Recordemos lo que sabemos —dijo Celeste.
—Muy poco —contestó Damián.
—Eso no ayuda.
—Es una evaluación objetiva.
Elena abrió uno de los antiguos registros familiares.
—Tenemos una letra.
—Sí.
—Sabemos que alguien borró su historia.
—Sí.
—Y sabemos que la respuesta está relacionada con los primeros pactos.
—Sí.
Basilio cerró un libro enorme.
—Y también sabemos que Fulgor está desaparecido.
Todos se quedaron inmóviles.
—¿Qué?
—Pensé que estaba con ustedes.
Silencio.
—Oh no.
—Sí —dijo Basilio.
—¿Hace cuánto?
—Diez minutos.
—¿Y recién lo mencionas ahora?
—Quería confirmar si continuábamos teniendo un problema.
—Siempre tenemos un problema.
—Buen punto.
Encontraron a Fulgor exactamente donde esperaban.
En una sección restringida.
Naturalmente.
El dragón estaba sentado en medio de una montaña de libros.
Tres bibliotecarios lo observaban como si intentaran decidir si aquello era una emergencia o una catástrofe.
—No fue mi culpa.
El dragón movió la cola.
—Ni siquiera he dicho nada todavía.
Más movimiento.
—Eso tampoco es una defensa válida.
Uno de los bibliotecarios señaló un estante.
—La criatura derribó diecisiete libros.
—Dieciséis —corrigió Basilio.
—¿Cómo lo sabe?
—Llevo la cuenta.
El segundo bibliotecario parecía al borde del colapso.
—También abrió una sala sellada.
Silencio.
Damián parpadeó.
—¿Qué hizo qué?
El hombre señaló una puerta antigua.
Hasta entonces había permanecido oculta detrás de varios estantes.
—Esa sala llevaba cerrada más de un siglo.
Todos giraron lentamente hacia Fulgor.
El dragón parecía orgullosísimo.
—Por supuesto.
—Creo que quiere una recompensa —dijo Celeste.
—Creo que quiero un descanso.
Aun así se acercaron.
Porque la experiencia les había enseñado una lección importante.
Cuando Fulgor destruía algo, existía una probabilidad alarmantemente alta de que encontrara información útil.
Aquello era profundamente injusto.
Pero también era cierto.
La pequeña sala contenía apenas una mesa.
Una silla.
Y un único cofre lleno de documentos.
Isolde fue la primera en reaccionar.
—Espera.
Todos la miraron.
La mujer se acercó lentamente.
Tomó uno de los papeles.
Y se quedó inmóvil.
—Lo recuerdo.
—¿Qué es?
—La marca.
En la esquina inferior aparecía una flor negra incompleta.
La misma flor utilizada por la Casa Umbra.
Pero acompañada por una frase.
No todos olvidamos.
El silencio se instaló sobre la habitación.
Elena dio un paso adelante.
—¿Quién escribió eso?
Isolde tardó varios segundos en responder.
—Mirena.
—¿Quién era?
La respuesta llegó casi como un susurro.
—Nuestra nodriza.
Damián levantó la vista.
Aquello era nuevo.
Muy nuevo.
—Nunca la mencionaste.
—Porque creí que había muerto.
Isolde acarició el documento.
—Mirena cuidó de generaciones de la Casa Umbra.
Escuchaba más de lo que hablaba.
Y recordaba más de lo que aparentaba.
—Eso suena importante.
—Lo era.
Elena comenzó a revisar los registros ocultos.
Había cartas.
Notas.
Canciones.
Pequeños fragmentos de memoria deliberadamente escondidos.
Todo aquello que alguien intentó preservar cuando la historia oficial comenzó a cambiar.
De repente una de las páginas brilló.
La letra luminosa en la mano de Elena reaccionó.
Todos la vieron.
La marca cambió.
La única letra se transformó.
Ahora mostraba dos.
Al
El aire pareció inmóvil durante unos segundos.
—Funcionó.
—Sí —dijo Celeste.
—Estamos recuperando algo.
—Poco a poco.
Pero la alegría duró apenas unos instantes.
Porque los espejos decorativos de la habitación comenzaron a agrietarse.
Al mismo tiempo.
—No.
—Sí —murmuró Damián.
—No.
—Sí.
El cristal explotó.
Y una nueva figura emergió.
No era un guerrero.
No era una criatura.
Era una bibliotecaria de cristal blanco.
Vestida con largas túnicas reflectantes.
Y sostenía una pluma afilada como una daga.
—La Corte aprende a ser creativa.
La figura observó los documentos.
Después observó a Elena.
Y finalmente sonrió.
—Ese registro no debe existir.
—Qué curioso —dijo Damián.
—¿Por qué?
—Justamente por eso creo que debe existir.
La bibliotecaria levantó la pluma.
Cientos de páginas comenzaron a desprenderse de los estantes.
Libros completos se abrieron.
La tinta empezó a desaparecer.
—Está borrándolos —gritó Celeste.
—Lo veo.
—Haz algo.
—Estoy pensando.
—Más rápido.
Elena reaccionó primero.
Recordó las palabras de la Cripta.
Los nombres.
Las historias.
Las personas.
No podían seguir perdiéndose.
Tomó una pluma.
La apoyó sobre la marca luminosa de su mano.
Y escribió.
La tinta que apareció era distinta.
Oscura.
Profunda.
Viva.
Las páginas borradas comenzaron a recuperar sus palabras.
Una tras otra.
—¿Qué hiciste?
—No lo sé exactamente.
—Excelente respuesta.
Pero funcionaba.
La tinta nacida de un nombre recuperado resultaba más fuerte que el olvido.
La bibliotecaria retrocedió.
Por primera vez parecía preocupada.
Celeste aprovechó la oportunidad.
Un solo movimiento.
La espada atravesó el cuerpo de cristal.
La figura se rompió en cientos de fragmentos.
Y el silencio regresó.
Durante unos segundos nadie habló.
Excepto Fulgor.
Porque Fulgor decidió sentarse sobre los restos del enemigo.
Como si hubiera ganado la batalla él solo.
—No.
Movimiento de cola.
—Ni lo intentes.
Más movimiento.
—No recibirás una medalla.
El dragón parecía profundamente ofendido.
Basilio abrió el último documento recuperado.
Leyó unas líneas.
Luego otras.
Y finalmente levantó la vista.
—Creo que tenemos una nueva ubicación.
Todos se acercaron.
El registro restaurado mencionaba un lugar olvidado por los mapas modernos.
Una aldea.
Oculta.
Borrada de los registros oficiales.
Un nombre aparecía repetidamente.
Liria del Norte.
Isolde cerró los ojos.
Y comenzó a cantar muy suavemente.
Una melodía antigua.
Casi olvidada.
Duerme, flor de sombra clara...
La marca brilló otra vez.
La inscripción sobre la mano de Elena volvió a cambiar.
Ahora mostraba tres letras.
Ali
El grupo permaneció en silencio.
Cada vez estaban más cerca.
Del nombre.
De la historia.
Y de la verdad que alguien había intentado borrar.
Mientras abandonaban la biblioteca, Fulgor cargó discretamente un libro enorme bajo una pata.
Nadie dijo nada.
Porque, sinceramente, todos estaban demasiado cansados para discutir con un dragón que seguía encontrando secretos por accidente.