A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 6
Capítulo 6: La casa de al lado
La casa de al lado llevaba vacía desde que los Montalvo se mudaron a Monterreal en julio. Era una construcción modesta —dos pisos, fachada de ladrillo, un jardín delantero que mi madre miraba con envidia porque tenía un limonero que daba frutos todo el año— pegada a la nuestra por una pared medianera tan delgada que, en las noches de verano, podías escuchar el televisor del vecino como si estuviera en tu propia sala.
Cuando bajé del camión esa noche, después del karaoke, noté dos cosas.
La primera: un camión de mudanzas estacionado frente a la casa vacía, con las puertas traseras abiertas y cajas apiladas en la banqueta.
La segunda: luces encendidas en el segundo piso.
—¿Alguien se mudó? —le pregunté a mi madre, que estaba en la cocina calentando agua para un té.
Pilar Montes me miró por encima de su taza con esa expresión de "ya me enteré de todo y tú eres la última en saberlo" que las madres perfeccionan después del primer hijo.
—Sí, mija. Un chico joven, parece que estudia en tu escuela. Tu papá habló con el señor que trajo las cajas. Dice que es hijo de una familia importante de la ciudad.
Se me heló la sangre.
No. No podía ser.
—¿Cómo se llama?
—No sé. Tu papá no preguntó el nombre, ya lo conoces. —Sopló el té—. Pero el señor dijo que el chico va a vivir solo. Imagínate, tan joven y ya viviendo solo. A mí me da cosa.
Subí las escaleras de dos en dos. Entré a mi habitación. Crucé el cuarto a oscuras, esquivando la ropa que había dejado en el piso esa mañana, y me asomé por la ventana.
La ventana de mi cuarto daba directamente a la ventana del segundo piso de la casa contigua. Siempre había sido así, cuando vivían los Montalvo, la señora Montalvo y yo podíamos saludarnos desde nuestras respectivas ventanas, pero nunca le había dado importancia.
Hasta ahora.
La ventana de al lado estaba iluminada. Y detrás del cristal, moviéndose entre cajas abiertas con la eficiencia mecánica de alguien que ha aprendido a hacer todo sin ayuda, estaba Lisandro Sotomayor.
Lo reconocí por la silueta. Alto. Delgado. Hombros ligeramente encorvados. Moviéndose despacio, sacando libros de una caja y colocándolos en un estante con la misma precisión con la que organizaba sus apuntes en clase.
Me aparté de la ventana antes de que pudiera verme. Me senté en el piso, con la espalda contra la pared, y me tapé la boca con las dos manos.
Lisandro Sotomayor vivía al lado de mi casa.
Al lado. De mi casa.
En la vida anterior, esto no pasó. O sí pasó, pero yo no me enteré porque a los diecisiete años Lisandro Sotomayor me era completamente indiferente. No lo conocía, no lo miraba, no sabía que existía. Pudo haberse mudado al lado de mi casa y yo ni me habría dado cuenta.
¿Pero por qué? ¿Por qué vivir solo a los diecisiete años? ¿Por qué salir de la casa familiar y mudarse a una casa modesta en un barrio de clase media cuando su familia era dueña de medio Santa Lucía?
La respuesta llegó como un golpe.
Lorena Iniesta. Su madre.
En la vida anterior, supe —demasiado tarde, como todo lo que supe sobre Lisandro— que su relación con su madre era un campo minado. Lorena era una mujer inestable, atrapada en un matrimonio con Augusto Sotomayor que la destrozó por dentro. Y el blanco de su frustración, de su amargura, de todo lo que no podía gritarle a su esposo, era su hijo.
Lisandro se fue de casa para sobrevivir.
Y se mudó aquí. A una casita de dos pisos con un limonero en el jardín, pegada a la mía por una pared tan delgada que yo podía escuchar su televisor.
Excepto que Lisandro no veía televisión.
Lo que iba a escuchar, si ponía atención, era silencio. El silencio particular de un chico de diecisiete años que pasa las noches solo, leyendo, sin nadie que le pregunte si ya cenó.
Me levanté del piso. Volví a asomarme por la ventana, esta vez con más cuidado.
Él seguía desempacando. Había terminado con los libros —el estante estaba lleno de arriba a abajo— y ahora sacaba ropa de otra caja. Todo era oscuro: camisas negras, suéteres grises, pantalones azul marino. Ni un solo color vivo. Como si su guardarropa fuera un reflejo de su estado de ánimo permanente.
Lo observé durante un rato que probablemente fue demasiado largo. Observé la forma en que doblaba cada prenda con exactitud milimétrica antes de guardarla. La forma en que se detenía cada cierto tiempo para ajustarse los lentes. La forma en que, cuando terminó con la ropa, se sentó en el borde de una cama sin sábanas y miró el cuarto vacío con una expresión que no supe interpretar.
¿Alivio? ¿Soledad? ¿Las dos cosas?
Me aparté de la ventana. Cerré la cortina. Me acosté en mi cama y miré el techo.
Estás al otro lado de esta pared, Lisandro. A menos de tres metros de distancia. Si toco la pared con los nudillos, podrías escucharme.
Pero no voy a tocar. Todavía no. Porque si toco ahora, vas a pensar que soy una acosadora, y técnicamente tendrías razón.
Me dormí con la mejilla contra la pared medianera, como si pudiera sentir su presencia del otro lado.
El lunes a las siete y cuarto de la mañana, salí de mi casa con la mochila al hombro y un pan dulce en la boca.
Y casi me atraganto.
Lisandro estaba saliendo de su casa al mismo tiempo. Exactamente al mismo tiempo. Como si un director de escena hubiera gritado "¡acción!" para los dos.
Nos vimos en la banqueta. Él con su uniforme impecable, el libro bajo el brazo, los lentes recién limpiados. Yo con migajas de pan en la blusa y el cabello todavía medio húmedo de la ducha rápida.
Su expresión no cambió. Ni sorpresa, ni incomodidad, ni molestia. Simplemente me miró, un vistazo de medio segundo, y empezó a caminar rumbo a la escuela.
Lo alcancé en tres zancadas.
—¡Buenos días, vecino!
No respondió.
—¿Hace cuánto te mudaste? Yo no sabía que la casa de los Montalvo estaba en renta. ¿La rentaste tú solo? ¿Tus papás te ayudaron? Bueno, no tienes que contestar si no quieres. Pero qué casualidad, ¿no? De todos los barrios de toda Santa Lucía, te vienes a mudar justo al lado de mi casa. Aunque tiene sentido, es un barrio tranquilo, las calles son seguras, y el limonero de tu jardín da unos limones increíbles. La señora Montalvo me regalaba para hacer limonada. Si quieres, un día te hago una.
Silencio.
—También puedo traerte pan dulce en las mañanas. Mi mamá siempre compra de más. Le encanta la panadería de la esquina, la de don Ramiro, ¿la conoces? Tienen unas conchas que…
—Siempre hablas tanto —dijo.
Me callé.
No fue una pregunta. Fue una observación. Dicha en el mismo tono plano con el que habría dicho "hoy hace frío" o "el cielo es azul". Sin juicio. Sin irritación. Solo un dato.
Pero fue la frase más larga que me había dirigido fuera de WhatsApp.
Sonreí.
—Sí. Siempre.
Caminamos el resto del trayecto en silencio. Él dos pasos adelante, yo dos pasos atrás, con la distancia justa para que cualquiera que nos viera pensara que éramos dos personas que caminaban en la misma dirección por casualidad.
Pero no era casualidad. Y los dos lo sabíamos.
Para las diez de la mañana, toda la escuela se había enterado.
No sé cómo funcionan los rumores en una preparatoria, pero tienen la velocidad de la luz y la precisión de un teléfono descompuesto. Para la hora del almuerzo, la versión que circulaba era que Solana Estrada y Lisandro Sotomayor vivían juntos.
—No vivimos juntos —le expliqué a Catalina por cuarta vez, mientras comíamos en nuestra mesa del comedor—. Vivimos al lado.
—¡Es lo mismo!
—No es lo mismo. Hay una pared de por medio.
—Una pared. ¡Una pared! Sol, el tipo más inaccesible de la escuela vive literalmente a tres metros de tu cama. ¿Cómo quieres que la gente no hable?
—Que hablen lo que quieran.
Catalina me señaló con el tenedor.
—Fernanda Prado va a explotar.
—Que explote.
—Te lo digo en serio. Esa mujer tiene un club de fans no oficial de Lisandro. Bueno, un club de una sola persona, que es ella, pero es la persona más peligrosa del grupo. Si se entera de que vives al lado…
—Ya se enteró —dije, señalando con la barbilla hacia la mesa de Fernanda, tres filas a la derecha.
Fernanda Prado me estaba mirando. No con la curiosidad casual de alguien que escucha un chisme, sino con la intensidad fría de alguien que está tomando nota mental de un enemigo.
Cabello lacio castaño, ojos claros, mandíbula afilada. Bonita de una forma que intimidaba más de lo que atraía. Hija de una de las familias con dinero de Santa Lucía, acostumbrada a conseguir todo lo que quería y a destruir todo lo que se le negaba.
En la vida anterior, Fernanda fue una sombra persistente. Acosó a Isabela Prieto hasta hacerla llorar en los baños. Contrató a Kevin Ramos para intimidarme en la universidad. Y cuando nada de eso funcionó para acercarse a Lisandro, se volvió más peligrosa, más retorcida, más creativa en su crueldad.
Pero eso fue en otra vida. En esta, yo sabía exactamente quién era y de qué era capaz. Y no le tenía miedo.
Le sostuve la mirada. Dos segundos. Tres. Ella apartó los ojos primero.
Bien, pensé. Que sepa que no me asusto fácil.
En la mesa del fondo, Lisandro comía sus frijoles con huevo y tortillas, el almuerzo completo que empezó a pedir desde que yo me senté frente a él, cuando antes elegía lo mínimo, y leía su libro como si el mundo exterior no existiera.
Me paré y caminé hacia su mesa.
—Hola, vecino.
No levantó la vista.
—No me llames vecino.
—¿Cómo te llamo entonces? Ya no quieres que te diga primer lugar, no quieres que te diga vecino…
—Por mi nombre.
El corazón se me detuvo.
Por mi nombre. Me estaba dando permiso para llamarlo por su nombre. Un detalle insignificante para cualquiera, pero para un chico que había construido una muralla entre él y el resto del mundo, era como abrir una puerta.
—Está bien, Lisandro —dije, y me senté frente a él con mi charola—. ¿Qué tal tu fin de semana?
Silencio.
—¿Dormiste bien en la casa nueva?
Silencio.
—¿Necesitas algo? Platos, vasos, una cobija… Mi mamá tiene un armario entero de cosas que no usa. Te las puedo…
—No necesito nada.
—¿Seguro? Porque la casa de los Montalvo no tenía cortinas en el baño del segundo piso y si no las pones vas a dar un espectáculo para todo el barrio.
Algo pasó en su cara. Un movimiento mínimo, la comisura derecha del labio elevándose una fracción de milímetro, tan rápido que si parpadeabas te lo perdías. No fue una sonrisa. Fue el fantasma de una sonrisa. La sombra de algo que su cara había olvidado cómo hacer.
—Ya las puse —dijo.
Y volvió a su libro.
Me comí mi almuerzo con una felicidad tan desproporcionada que Catalina, desde su mesa, me mandó un mensaje: "¿Por qué sonríes así? Me das miedo."
Esa tarde, en clase de literatura, el profesor pidió que alguien leyera un párrafo de Pedro Páramo. Nadie levantó la mano. El silencio incómodo de treinta estudiantes mirando el piso se extendió como una mancha de aceite.
—¿Nadie? —El profesor suspiró—. ¿Señorita Estrada?
Abrí el libro. Leí el párrafo que me tocaba. Lo leí bien, conocía el texto de memoria porque en la universidad había hecho un ensayo sobre Rulfo que mi profesora calificó con diez.
Cuando terminé, un murmullo recorrió el salón. No por mi lectura, sino por algo que alguien dijo en voz baja desde el fondo.
—Claro, ahora lee bonito para impresionar al primer lugar. Como si eso fuera a funcionar.
No alcancé a identificar quién lo dijo. Pero la risa contenida de un grupo en la esquina del salón me indicó que venía de la zona donde se sentaban los amigos de Fernanda Prado.
No me volteé. No respondí. Estaba a punto de cerrar el libro y dejarlo pasar cuando una voz cortó el silencio como un bisturí.
—Leyó bien porque sabe leer —dijo Lisandro Sotomayor, sin levantar la vista de su cuaderno, con la misma inflexión con la que habría leído un teorema de cálculo—. Si tú supieras, no tendrías que hacer comentarios desde atrás.
El salón se congeló.
Treinta pares de ojos giraron hacia la esquina donde Lisandro estaba sentado, escribiendo, como si no hubiera dicho nada. El profesor parpadeó. El grupo del fondo se quedó mudo.
Nadie, absolutamente nadie, había escuchado a Lisandro Sotomayor dirigirse a otro estudiante fuera de una respuesta académica obligatoria. Y mucho menos para defender a alguien.
No lo miré. No le di las gracias. No hice ningún gesto que pudiera avergonzarlo o hacerlo arrepentirse.
Simplemente abrí mi cuaderno, escribí la fecha del día, y debajo, en letra pequeña que solo yo podía leer:
"Día 14. Primera vez que me defiende en público. Igual que en la otra vida: silencioso, letal, sin esperar nada a cambio."
La campana sonó. Los estudiantes empezaron a salir. Yo guardé mis cosas despacio, esperando.
Lisandro pasó junto a mi escritorio camino a la puerta. No se detuvo. No me miró. Pero al pasar, su brazo rozó el borde de mi mesa, un contacto tan breve que podría haber sido accidental.
Podría.
Pero no lo fue.
Y los dos lo sabíamos.