En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 17 — Rabia
Pero Isolde ya había levantado la cabeza.
Leorian de inmediato extendió una mano.
Una esfera de fuego apareció en su palma.
Los ojos de Isolde se abrieron.
—¡Detente Leorian!
Grito Kaelzarian.
¡FWOOSH!
La bola de fuego salió disparada.
Isolde apenas tuvo tiempo de cubrirse el rostro con ambos brazos.
El fuego la alcanzó.
—¡AH!
La explosión la lanzó varios metros hacia atrás.
Rodó por el suelo.
El olor a tela quemada llenó el aire.
—¡Isolde!
Kaelzarian corrió hacia ella.
La ropa de la niña todavía ardía.
Sin pensarlo, se arrodilló y comenzó a apagar las llamas con sus propias manos.
—¡No! ¡Detente!
Golpeó y sacudió la tela hasta conseguir apagar el fuego.
—¡Isolde!
Ella temblaba.
Sus brazos estaban doloridos.
Su ropa había quedado quemada en algunas zonas y pequeñas quemaduras recorrían su piel.
Kaelzarian la miró horrorizado.
—¿Estás bien?
Isolde apretó los dientes.
—Estoy...
Su voz tembló.
—Estoy bien.
Pero no lo estaba.
La rabia se mezclaba con una terrible sensación de impotencia.
No podía vencerlo.
No ahora.
Leorian ya era un mago.
Ella apenas estaba comenzando a aprender.
Aquello la frustraba más que el dolor.
No soy rival para él...
Sus manos se cerraron.
Entonces Leorian avanzó hacia ella.
Su expresión estaba disgustada.
Sus pies apenas tocaban el suelo.
Estaba flotando ligeramente gracias a su magia.
—Isolde...
Su voz era fría.
—Te hace falta disciplina.
Se detuvo a unos metros frente a ella.
—Una mujer no debería comportarse como una salvaje.
Los ojos de Isolde ardieron.
Entonces levantó la mirada.
Y vio algo.
Kaelzarian estaba de incado junto a ella.
Su rostro tenía la venda que siempre cubría sus ojos.
Y debajo de ella se extendía...
La vieja quemadura.
Isolde se quedó inmóvil.
Su mirada pasó de la cicatriz...
A Leorian.
Después volvió a Kaelzarian.
La quemadura.
Se dió cuenta de algo que antes no había sabido.
Sus ojos se ensombrecieron.
¿Fue él?
Miró nuevamente a Leorian.
La respuesta parecía evidente.
Su rabia cambió.
Ya no era únicamente por ella.
Ahora también era por Kaelzarian.
Por aquel niño tímido que se había interpuesto entre ella y Antonio.
Por aquel pequeño príncipe que acababa de correr hacia ella sin pensar en su propia seguridad.
Por el futuro general que todavía no sabía cuánto dolor le esperaba.
Los dedos de Isolde temblaron.
Leorian...
Su mirada se volvió helada.
Quiero matarte.
Por primera vez desde que había regresado al pasado...
Aquella intención no nació únicamente del recuerdo de su propia muerte.
Nació de algo igual de profundo.
De proteger a alguien que en aquella vida apenas estaba comenzando a conocer.
Pero antes de que pudiera hacer cualquier cosa...
¡CLANG!
El sonido metálico de una espada rompiendo el silencio.
El profesor Antonio se había colocado entre ambos.
Una mano descansaba sobre la empuñadura de su espada.
Su expresión ya no tenía rastro de aquella tranquilidad anterior.
Era fría.
Severa.
Y completamente seria.
Se plantó frente al príncipe heredero.
—Alteza.
Leorian lo miró.
Antonio sostuvo su mirada sin retroceder.
—El entrenamiento ha terminado.
El silencio que siguió a las palabras del profesor Antonio fue pesado.
El aire del campo pareció volverse pesado.
Kaelzarian permaneció junto a Isolde.
Y ella, todavía con el cuerpo adolorido, levantó lentamente la mirada.
Leorian permaneció inmóvil durante unos segundos, observando al caballero que se había atrevido a plantarse delante de él.
Entonces...
—Je...
Una pequeña risa escapó de sus labios.
—Jejeje...
Pero aquella risa no tenía nada de amable.
La sonrisa desapareció poco a poco de su rostro y sus ojos adquirieron una frialdad peligrosa.
—Apártate.
Antonio no se movió.
Leorian entrecerró los ojos.
—Un simple caballero no debería interponerse en los asuntos de la familia real.
El profesor permaneció firme.
Una mano seguía descansando sobre la empuñadura de su espada.
—Con el debido respeto, Alteza, mis estudiantes están bajo mi responsabilidad.
Su voz era respetuosa, pero no sumisa.
—Mientras permanezcan bajo mi tutela, no permitiré que nadie vuelva a lastimarlos.
Los ojos de Leorian se oscurecieron.
Aquella respuesta claramente no era la que esperaba.
—¿Estás desafiándome?
Antonio no respondió.
Pero tampoco retrocedió.
Y aquella fue precisamente su respuesta.
Leorian apretó lentamente los dedos.
Una corriente de maná comenzó a reunirse alrededor de su mano.
El aire se calentó.
Pequeñas chispas rojizas aparecieron entre sus dedos.
Kaelzarian palideció.
—Profesor...
Antonio inclinó ligeramente el cuerpo hacia adelante.
Estaba preparado.
No quería luchar contra el príncipe heredero.
Pero si era necesario proteger a sus alumnos...
Lo haría.
......................
Yo observaba la escena desde los brazos de Kaelzarian.
Mi cuerpo todavía estaba débil.
Me ardían los brazos.
Pero podía sentir perfectamente aquella energía.
Fuego.
La misma magia que me había lanzado unos instantes atrás.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
¿Realmente va a atacar al profesor?
Leorian levantó la mano.
Las llamas comenzaron a crecer.
Una esfera de fuego tomó forma sobre su palma.
—Te advertí...
Su voz se volvió helada.
—Apártate.
Antonio no se movió.
Entonces...
—¡DETENTE, LEORIAN!
La voz resonó por todo el campo de entrenamiento.
Fue una voz profunda.
Autoritaria.
Una voz que no admitía réplica.
Las llamas sobre la mano de Leorian desaparecieron inmediatamente.
El príncipe abrió los ojos sorprendido.
—¿...Padre?
Todos volteamos.
Al fondo del campo se encontraba el rey Varkhan Draven.
A su lado avanzaban varios guardias reales.
Detrás de ellos caminaba el Sumiller de Corps.
La expresión del rey era severa.
Terriblemente severa.
Antonio inmediatamente retiró la mano de su espada y se inclinó.
—Su Majestad.
Los guardias hicieron lo mismo.
Leorian permaneció inmóvil.
Yo, en cambio, sentí un extraño alivio.
¡Tío!
Varkhan recorrió el campo con la mirada.
Primero observó el suelo destrozado.
Después la ropa quemada.
Luego a Kaelzarian.
Y finalmente...
Me vio.
Sus ojos se endurecieron.
Yo estaba débil entre los brazos de Kaelzarian.
Mis pequeños brazos tenían quemaduras visibles.
Varkhan caminó hacia nosotros.
—Isolde.
Su voz había cambiado.
Ya no era la voz del rey.
Era la de mi tío.
Se acercó y extendió los brazos.
—Ven aquí.
Kaelzarian obedeció inmediatamente.
Me entregó con cuidado.
Varkhan me recibió con una delicadeza que contrastaba completamente con su imponente apariencia.
Me acomodó contra su pecho.
—¿Dónde te duele?
—Mis... bracitos, tío.
Su mirada bajó hacia mis brazos.
Luego vio las manos de Kaelzarian.
El niño tenía las palmas enrojecidas y quemadas.
Varkhan permaneció inmóvil.
Un segundo.
Dos.
Su expresión cambió.
La temperatura del ambiente pareció descender.
—Kaelzarian.
El pequeño príncipe bajó la mirada.
—S-Su Majestad...
Varkhan observó sus manos.
—¿También estás herido?
Kaelzarian intentó esconderlas.
—No es nada.
Aquello solo empeoró las cosas.
Una vena apareció en la sien del rey.
Varkhan levantó lentamente la mirada.
Sus ojos se clavaron en Leorian.
Leorian tragó saliva.
Parecía verdaderamente nervioso.
Una pequeña gota de sudor descendió por su rostro.
—Su Majestad...
Intentó hablar.
—Yo puedo expli—
¡PLAF!
El sonido de la bofetada resonó por todo el campo.
Leorian quedó inmóvil.
Su rostro se había girado hacia un lado por el impacto.
Nadie dijo una palabra.
Ni siquiera los guardias.
El silencio era absoluto.
Varkhan bajó lentamente la mano.
Su mirada era aterradora.
—No necesito explicaciones.
Leorian permaneció con la cabeza agachada.
Su cabello cubría parcialmente sus ojos.
Varkhan respiró profundamente.
Cuando volvió a hablar, su voz fue fría como el acero.
—Guardias.
Dos soldados dieron un paso al frente.
—Escolten al príncipe heredero Leorian hasta sus aposentos.
Los guardias se inclinaron.
—Sí, Su Majestad.
Varkhan continuó:
—Estará confinado durante tres meses.
Los ojos de Leorian se abrieron ligeramente.
Pero no protestó.
No se atrevió.
Simplemente mantenía la cabeza agachada.
Sin embargo, una vena palpitaba con fuerza junto a su mandíbula.
Estaba furioso.
Muy furioso.
Los guardias se colocaron a ambos lados de él.
—Alteza.
Leorian comenzó a caminar.
Cuando Leorian desapareció escoltado por los guardias, Varkhan volvió su atención hacia Antonio.
El profesor permanecía completamente recto.
Esperaba, quizá, un castigo por haber enfrentado al príncipe heredero.
Pero Varkhan simplemente dijo:
—Antonio.
—Sí, Su Majestad.
—Has hecho bien.
El caballero levantó ligeramente la mirada.
—¿Su Majestad?
—Protegiste a mi sobrina e hijo.
La voz del rey se suavizó apenas.
—No te disculpes por ello.
Antonio inclinó profundamente la cabeza.
—Es mi deber, Majestad.
Varkhan asintió.
Luego miró a Kaelzarian.
El pequeño príncipe seguía de pie, con las manos escondidas detrás de la espalda.
—Y tú.
Kaelzarian se estremeció.
—¿S-Sí?
—Ven conmigo.
Kaelzarian obedeció rápidamente.
El Sumiller de Corps se acercó al rey.
—Su Majestad, deberíamos llevar a la señorita Isolde a que atiendan sus heridas.
Varkhan asintió.
Me acomodó mejor entre sus brazos.
—Por supuesto.
Yo apoyé la cabeza contra su pecho.
A pesar de las quemaduras...
Me sentía extrañamente segura.
Varkhan comenzó a caminar.
Kaelzarian lo siguió en silencio.
El Sumiller de Corps caminaba detrás de nosotros.
gracias 😍😍❤️❤️❤️