Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
NovelToon tiene autorización de Azul zafiro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19. Elección parte 2.
Valerius apenas terminó de hablar cuando los siete hombres se pusieron en movimiento, dispuestos a salir hacia el patio trasero donde el combate tendría lugar. Pero antes de que cruzaran la puerta, Isabella corrió y se colocó frente a ellos, bloqueando el paso con los brazos abiertos.
—¡Alto! —gritó con voz firme, tan distinta a la de hace unos momentos que todos se detuvieron sorprendidos—. ¡Esto es una tontería! Y no permitiré que sigan adelante.
Valerius frunció el ceño, sorprendido por su reacción.
—Isabella, aparta el camino —ordenó—. Ya he decidido. El más fuerte será quien te merezca.
—No, padre —respondió ella sin bajar la mirada, con la frente en alto—. Tú decidiste sin preguntarme. Y mi respuesta es no. No quiero que se peleen por mí. No quiero que se lastimen. Y mucho menos… —dijo mirando a Renato, Lir y Elian—, que compitan contra mis esposos.
Elian esbozó una sonrisa burlona.
—¿Y por qué no deberíamos competir, señora? —preguntó con suavidad—. Ellos ya demostraron que no saben cuidarte. Quizás alguien nuevo lo haga mejor.
—Porque hay algo que ustedes no tienen —respondió Isabella con claridad—. Un vínculo conmigo. Mis esposos están unidos a mí en cuerpo, alma y sangre. Esa unión no se puede romper con golpes ni con juegos. Ustedes no tienen ese lazo. Y no es justo que compitan en algo que no les pertenece.
Se giró entonces hacia su padre, y su voz no tembló en absoluto.
—Padre, te respeto y te quiero. Pero si vas a seguir decidiendo por mí, si vas a imponer personas y decisiones en mi vida… entonces te pido que te vayas. Llévate a los tres que trajiste y déjanos en paz. No necesito que me elijas por mí. Yo sé lo que quiero. Y yo decido.
Valerius se quedó sin palabras, impresionado por la firmeza de su hija. Vio en ella a la reina que había estado esperando ver, y aunque dolía su rechazo, no pudo evitar sentir orgullo.
—¿Estás segura? —preguntó con voz más suave—. No te arrepentirás de tu decisión.
—Más segura que nunca —respondió ella—. Esta noche, y todas las noches, mi elección está clara. Solo pasaré la noche íntima con mis esposos. Ellos son los que comparten mi vida, mi vínculo y mi corazón. Nadie más tiene derecho a ocupar su lugar.
Los cuatro esposos la miraron con los ojos llenos de asombro y emoción. Nunca la habían visto así: segura, firme, dueña de sí misma. Y esa certeza los llenó de un sentimiento que no esperaban: orgullo.
Isabella respiró hondo, dio unos pasos hacia ellos, y cerró los ojos.
—No necesito peleas para saber a quién elegir —dijo con voz serena—. Mi corazón ya sabe.
Extendió la mano hacia adelante, sin mirar, y sus dedos rozaron el pecho de Mateo. Abrió los ojos lentamente y lo miró fijamente, con una sonrisa llena de paz y de amor.
—Te elijo a ti —dijo con firmeza, y no hubo duda en su voz—. Esta noche, y siempre, te elijo a ti, Mateo.
Mateo la miró con lágrimas en los ojos, incapaz de hablar, pero cuando sus manos tomaron las de ella con suavidad, fue la respuesta más sincera que pudo dar.
Isabella miró entonces a los otros tres esposos.
—Los amo a los cuatro —dijo con ternura—. Y no es justo elegir solo a uno. Pero esta noche… esta noche le doy el primer paso a Mateo. Y los demás... Les Demostrare cada día que en mi corazón están los cuatro. Solo les pido un poco de paciencia.
Luca, Damián y Kael asintieron, con el orgullo herido pero con el corazón lleno. No era el turno de ellos aún… pero lo sería. Y esperarían.
Se giró hacia su padre y los tres recién llegados.
—¿Está bien así, padre? —preguntó con calma—. ¿O todavía crees que necesito que decidas por mí?
Valerius la miró largo rato, y al fin una media sonrisa apareció en sus labios.
—Está bien, mi pequeña —dijo con voz suave—. Ya no eres la niña que concentia, decide por ti misma.
Miró a los tres que lo acompañaban.
—Retírense —ordenó—. Ella ha hablado. Y su voluntad es ley.
Elian frunció el ceño, insatisfecho, pero asintió. Renato la miró con una mirada que prometía que no se rendiría tan fácil, y siguió al padre de ella fuera del comedor.
En la habitación de Isabella.
Cuando la puerta se cerró, el silencio los envolvió de golpe. La adrenalina del conflicto aún corría por sus venas, pero al verse solos, el peso de todo lo vivido se abatió sobre ellos, transformándose en algo más cálido, más profundo. Isabella sintió que las piernas le fallaban, pero Mateo la sostuvo con suavidad.
—Lo hiciste —susurró él, con la voz quebrada por la emoción—. Me elegiste.
—No pude dejar que decidieran por mí —respondió ella, mirándolo directo a los ojos—. Tú… tú eres mi elección, Mateo. ¿Aceptas?
—Con toda mi alma —respondió él, y esta vez, cuando la tomó entre sus brazos, nadie los interrumpió.
Sin dudarlo un segundo, la atrajo contra sí. Sus labios se encontraron con una urgencia desesperada, como si hubiera estado sediento de ella durante años. La besó con hambre, con fuego, con todo el amor y el anhelo que había reprimido en silencio. Sus manos recorrieron su cuerpo con avidez, tocándola como si necesitara memorizar cada curva, cada centímetro de piel, ardiendo al contacto.
—Te he esperado tanto… —susurró contra su boca, entre besos que la dejaban sin aliento—. Casi me vuelvo loco sin ti. Sin tu calor, sin tu aroma, sin tu piel contra la mía.
Isabella lo miró con los ojos brillantes de deseo, y con manos temblorosas comenzó a despojarlo de su ropa, deseando sentirlo, toda él, sin barreras.
—No esperes más —le susurró—. Soy tuya, Mateo. Completamente tuya. Tómame.
Cuando quedaron desnudos, no hubo timidez, ni miedo, ni distancia. Se fundieron en un abrazo donde el cuerpo del uno se ajustaba perfectamente al del otro. Mateo la tomó con suavidad al principio, despacio, asegurándose de que estuviera lista, de que fuera suave, pero cuando ella arqueó la espalda y lo atrajo con fuerza hacia sí, dejándole claro que lo quería con todo, él perdió el último rastro de contención.
Se movieron juntos con un ritmo feroz y a la vez hermoso, cada momento cargado de todo lo que habían callado, de cada lágrima, de cada instante en que creyeron que todo estaba perdido. Sus cuerpos ardían, la piel se erizaba, sus respiraciones se entrecortaban al unísono, mezclando susurros y nombres con pasión creciente. Cada roce era fuego, cada beso era un juramento, y en la oscuridad de esa habitación, no existía nada más que el placer de sentirse completos, de pertenecerse el uno al otro sin reservas, sin culpas, sin miedos.
—Así… así… —gimió ella aferrándose a él, sintiendo cómo el placer crecía en oleadas que los arrastraban a ambos—. No te detengas… te necesito, Mateo… más fuerte…
Él obedeció, profundizando el ritmo, llenándola por completo, haciéndola suya una y otra vez, con una intensidad que los dejó sin aire, temblando, consumidos por el fuego que llevaban dentro. Y cuando el clímax los alcanzó a la vez, fue como si el mundo se detuviera: un estallido de luz y calor que los recorrió de pies a cabeza, dejándolos temblando, abrazados, sin fuerzas, pero llenos de una felicidad que no cabía en palabras.
Se quedaron así, entrelazados, con la piel aún tibia y los latidos del corazón sincronizados. Mateo la besó suavemente, ahora lento y tierno, borrando la intensidad con dulzura infinita.
—Eres mía —susurró contra sus labios—. Y yo soy tuya. Para siempre.
—Para siempre —repitió ella, cerrando los ojos, sintiéndose más suya que nunca.