Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 18 La distancia
Ali no volvió a su ático durante tres días.
Se escondió en los rincones más oscuros de París: en sótanos abandonados, bajo los puentes del Sena donde dormían otros sin techo, en rincones de estaciones de tren cerradas donde nadie le miraba. No tenía hambre. No tenía sueño. Solo tenía la imagen de la cara de Damián grabada a fuego en su cabeza: los ojos abiertos como platos, el color desvanecerse de su cara, ese miedo puro y absoluto que le había mirado desde abajo mientras Ali estaba de pie en medio de la destrucción.
Había sido el monstruo.
No en un sueño. No en una pesadilla.
En la vida real.
Había destrozado las casas de tres familias. Había asustado a un niño hasta hacerle gritar. Había puesto en peligro vidas inocentes. Y Damián lo había visto. El hombre que le había salvado de un callejón oscuro. El hombre que le había dado café caliente y un número de teléfono. El hombre que, hasta esa noche, no le había tenido miedo.
Ahora sí.
Ahora Damián le temía.
Y eso le dolía más que cualquier golpe de Marcos, más que cualquier costo de su poder, más que cualquier hueso roto.
Fue al tercer día, cuando el frío ya le había calado hasta los huesos y apenas podía caminar de lo agotado que estaba, cuando Damián le encontró.
Estaba sentado en el mismo banco del parque donde Damián le había dejado el papel con su número, hace lo que parecía una eternidad. Era mediodía, pero el cielo estaba gris y amenazaba lluvia otra vez. Ali tenía la capucha bien puesta, la cabeza baja, intentando ser invisible. Había olvidado lo que era sentirse caliente. Había olvidado lo que era sentirse seguro.
—Ali.
La voz de Damián le hizo saltar el corazón.
Levantó la cabeza despacio.
Damián estaba de pie delante de él. No llevaba el uniforme de policía. Llevaba una chaqueta de cuero marrón vieja, vaqueros, botas normales. Había venido como civil. Como Damián, no como jefe de distrito. Tenía ojeras enormes bajo los ojos, la barba de tres días, la cicatriz de la mandíbula más marcada que nunca. Parecía que tampoco había dormido en tres días.
Ali se tensó. Quiso levantarse para huir. Pero sus piernas no le respondieron. Se quedó sentado, mirándole, con la garganta cerrada por la culpa.
—No he venido a arrestarte —dijo Damián antes de que Ali pudiera decir nada. Su voz era baja, cansada, sin ira, pero sin la calidez que había tenido antes—. He venido a hablar.
Se sentó en el otro extremo del banco, dejando la mayor distancia posible entre los dos. Esa distancia le dolió a Ali más que cualquier puñetazo. Antes Damián se había acercado a él sin miedo, incluso cuando su poder salía descontrolado. Ahora necesitaba espacio.
—Lo siento —consiguió decir Ali, con la voz rota, casi un susurro. Las palabras le salieron solas, llevaban tres días queriendo salir—. No quería… no quería hacer daño a esa gente. Él… Drago… iba a matarme. Iba a derribar todo el edificio. Yo intenté detenerlo. Intenté…
—Lo sé —lo interrumpió Damián. No le gritó. No le acusó. Solo miró hacia adelante, hacia los árboles desnudos del parque, con una expresión de dolor profundo en la cara—. He leído los informes. He hablado con testigos. He visto el cuerpo de ese tipo inconsciente en el tejado, con marcas de quemaduras y poderes raros. Sé que te atacó a ti primero. Sé que intentaste defenderte.
Hizo una pausa. Se giró hacia Ali. Y en sus ojos Ali vio el miedo otra vez. Más suave que en el tejado, pero ahí, presente, imborrable.
—Pero eso no quita lo que pasó, Ali —continuó Damián, muy serio, cada palabra pesada como un ladrillo—. Lo que hiciste anoche… esa fuerza… eso no es normal. Tres casas destrozadas. Una familia que pierde todo lo que tiene. Un niño que probablemente tenga pesadillas durante meses. Si hubieras perdido el control un segundo más… habrías matado a gente. Gente que no tenía la culpa de nada.
Ali bajó la cabeza. No podía negarlo. Era verdad. Todo era verdad.
—Lo sé —repitió, con un hilo de voz.
—Y no es solo eso —Damián no se detenía. Necesitaba decirlo. Necesitaba que Ali entendiera la gravedad de lo que era—. Cada vez que sales, cada vez que usas ese poder, atraes a gente peor. Gente con armas raras, con trajes negros, que no responden a ninguna ley. Gente que ya ha matado a otros como tú. Si sigues así… o vas a matar a alguien sin querer… o te van a matar a ti. Y no podré hacer nada para evitarlo.
Ali miró hacia sus manos. Las manos que podían crear flores y navajas. Las manos que podían absorber poder y destruir tejados. Las manos que le habían dado la esperanza de defenderse… y que ahora se estaban convirtiendo en una amenaza para todos los que le rodeaban.
—¿Y tú qué quieres que haga? —preguntó, desesperado, levantando la vista hacia Damián, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a soltar—. ¿Quieres que me entregue? ¿Que me vaya solo a esos laboratorios de Némesis para que me desarmen vivo? ¿Qué puedo hacer, Damián? ¡Dímelo tú! Porque yo no lo sé. ¡No tengo ni puta idea!
Su voz subió de tono al final, desesperada, rota. Un par de personas que pasaban por el camino se giraron a mirarles. Damián les hizo una seña con la cabeza para que siguieran su camino, y ellos se alejaron rápido.
El policía suspiró. Se pasó una mano por el pelo revuelto, con una expresión de impotencia terrible en la cara.
—Yo no tengo las respuestas, Ali —dijo, muy bajito, admitiéndolo con dolor—. Quería tenerlas. Quería poder ayudarte. Quería creer que podíamos arreglar esto. Pero cada vez que te veo… cada vez que pasa algo… me doy cuenta de que esto es más grande que yo. Más grande que la policía. Más grande que cualquier cosa que yo pueda controlar.
Hizo una pausa.
Miró a Ali a los ojos. Y dijo lo que Ali más temía oír:
—No sé si puedo seguir ayudándote.
Las palabras cayeron entre los dos como una losa de piedra fría.
Ali se quedó sin aire.
—No… —susurró, negando con la cabeza, sin querer aceptarlo—. Por favor…
—No digo que te vaya a entregar —aclaró Damián rápido, antes de que Ali se fuera a pánico—. No digo que no esté para ti si realmente te necesitas. Pero no puedo estar cerca de esto sin saber en qué me estoy metiendo. No puedo mirar a esa gente que ha perdido su casa y luego pretender que todo está bien. No puedo fingir que no me da miedo lo que puedes llegar a hacer si pierdes el control. Soy policía. Tengo un deber con la gente normal. Con los inocentes. Y tú… ahora mismo eres un peligro para ellos. Aunque no quieras serlo.
Se levantó del banco. Se quedó de pie delante de Ali, mirándolo por última vez.
—Te dejo decidir —dijo Damián, y su voz tembló un poco al final, como si le costara decirlo—. Si algún día realmente necesitas ayuda… si estás al final del camino… ya sabes dónde estoy. Pero no puedo prometer nada más. No puedo prometer que estaré ahí siempre. No puedo prometer que no tendré que hacer mi trabajo algún día.
Se giró para irse.
—Damián —lo llamó Ali, con la voz rota.
El policía se detuvo. No se giró.
—Yo no quería ser esto —susurró Ali, y las lágrimas se le salieron por fin, resbalando por sus mejillas sucias y heladas—. Yo solo quería ser normal.
Damián se quedó quieto unos segundos más.
—Lo sé —dijo, muy bajito.
Y se fue.
Caminó por el camino del parque, alejándose poco a poco, sin mirar atrás. Ali se quedó sentado en el banco, mirando su espalda hasta que desapareció entre los árboles desnudos.
Se quedó solo otra vez.
Y esta vez… se sentía más solo que nunca.
Porque Damián no le había dicho que le odiara. No le había dicho que le entregaría.
Le había dicho que tenía miedo.
Le había dicho que no sabía si podía seguir a su lado.
Y eso era mucho peor.
Pasaron los días.
Una semana.
Diez días.
No se volvieron a hablar.
Ali se sumergió por completo en el entrenamiento con Vespera. Ya no preguntaba. Ya no se quejaba del dolor. Hacía todo lo que ella le mandaba, sin rechistar, empujándose más allá de sus límites una y otra vez, hasta quedar exhausto en el suelo cada noche. Usaba el rojo hasta olvidar recuerdos que sí le importaban. Usaba el violeta hasta sentir que su corazón se volvía un poco más de hielo cada vez.
Quería ser fuerte.
Quería tener el control.
Quería demostrarse a sí mismo… y a Damián… que no era un monstruo. Que podía controlarlo.
Pero cada noche, cuando estaba solo en su ático oscuro y frío, sacaba el papel doblado con el número de teléfono de Damián del bolsillo.
Lo miraba durante horas.
Nunca llamó.
No se atrevía.
Porque sabía que Damián tenía razón.
Era peligroso.
Y cuanto más cerca estuviera de la gente que le importaba…
…más probabilidades había de que les hiciera daño.
Así que decidió endurecerse.
Decidió cerrar su corazón.
Decidió que no necesitaba a nadie.
Ni a Damián.
Ni a Mara.
Ni a nadie.
Solo necesitaba su poder.
Solo necesitaba ser lo suficientemente fuerte para que nadie volviera a hacerle daño… y para que él nunca volviera a hacer daño a nadie por accidente.
Pero en el fondo, en el rincón más oscuro de su alma, sabía que era mentira.
Sabía que ya había hecho daño.
Y que la distancia que había crecido entre él y Damián…
…probablemente nunca se cerraría.