Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 14
Cap 14 — El mundo de Sebastián Montero
El restaurante tenía un nombre en francés que Valentina no sabía pronunciar.
Estaba en la zona más cara de la ciudad. Los meseros llevaban guantes blancos. El menú no tenía precios.
Valentina se había puesto el mejor vestido que tenía —uno negro, sencillo, regalo de su madre— y aun así se sentía como una intrusa. Las otras mujeres del lugar llevaban joyas que brillaban bajo las lámparas de araña, hablaban en un tono bajo y musical, y tenían esa confianza tranquila de quien ha crecido sabiendo que los guantes blancos son para ella.
Valentina tenía la confianza de quien sabe cuadrar un balance general a las dos de la mañana con tres horas de sueño.
No era lo mismo.
—Relájate —le dijo Sebastián.
Llevaba un traje oscuro que no era el gris de siempre. Más elegante. Más caro. Le hacía los hombros más anchos y la mandíbula más definida.
Valentina desvió la mirada.
—Estoy relajada —mintió.
—Estás apretando la servilleta como si fuera un expediente.
Se miró las manos. Tenía razón. Soltó la tela y la alisó sobre su regazo con toda la dignidad que pudo reunir.
Sebastián le puso la mano en la espalda baja para guiarla hacia la mesa. La palma plana contra la tela del vestido. Apenas una presión.
Valentina lo sintió en toda la columna vertebral.
Él la llevaba. Con la otra mano le sostenía la puerta. Con la mirada le abría camino entre las mesas. Con la presencia le decía a cada par de ojos: ella viene conmigo.
Y Valentina, que llevaba toda la vida abriéndose camino sola, sintió algo que no supo nombrar. Algo que se parecía a sentirse protegida sin sentirse pequeña.
La mesa estaba al fondo, en un reservado con cortinas de terciopelo. Un hombre los esperaba de pie: cuarenta y tantos años, traje a rayas, sonrisa amplia, reloj de oro.
—¡Sebastián! —El hombre le estrechó la mano con fuerza—. Cuánto tiempo, hermano. ¿Y esta dama?
—Valentina Solano. Contadora, socia fundadora de Empresas Reyes y ex responsable del departamento fiscal.
Valentina lo miró de reojo.
No la había presentado como «mi clienta». No como «una amiga». La había presentado como lo que era. Una profesional con nombre, apellido y credenciales.
Algo se le apretó en el pecho. Algo cálido.
—Héctor Garza —se presentó el hombre—. Garza Textiles. Un placer enorme.
Le besó la mano. Un segundo de más. Valentina retiró los dedos con una sonrisa cortés.
—Igualmente.
La cena, descubrió Valentina media hora después, no era una cena. Era una reunión de negocios disfrazada de cena.
Héctor necesitaba una contadora externa para la reestructuración fiscal de su cadena de fábricas textiles. Cuatrocientos empleados. Tres plantas en dos estados. Un desorden contable que, según sus propias palabras, «haría llorar a un robot».
Valentina escuchó. Tomó notas mentales. Hizo tres preguntas que hicieron que Héctor la mirara con las cejas levantadas.
—Vaya —dijo—. Sebastián no exageraba.
—Sebastián no exagera nunca —dijo Valentina—. Es físicamente incapaz.
Héctor soltó una carcajada. Sebastián tomó un trago de vino sin cambiar la expresión, pero Valentina vio la comisura. Esa elevación milimétrica que era lo más cercano que su cara llegaba a una sonrisa.
Sebastián lo había organizado todo. Sin decírselo. Sin pedirle permiso. Simplemente había conectado a una persona que necesitaba un servicio con otra que podía prestarlo. Como si fuera un accidente.
Como si Héctor Garza hubiera caído del cielo justo cuando yo necesitaba un ingreso, pensó Valentina. Seguro, Sebastián. Seguro que fue casualidad.
—Me interesa mucho su perfil —dijo Héctor, limpiándose la boca con la servilleta—. Si Sebastián la recomienda, para mí es suficiente. Le mando el contrato la semana que viene.
Valentina sonrió. Una sonrisa real, grande. La primera en semanas que no le dolía.
—Será un placer trabajar con usted.
A lo largo de la cena, notó que Héctor la miraba con una frecuencia que excedía la atención profesional. Sus ojos se demoraban un segundo de más en su cara. En sus manos. En la línea de su cuello cuando se inclinaba para tomar la copa.
Se dijo que eran imaginaciones suyas.
—¿Tinto? —Héctor le sirvió más vino sin esperar respuesta. Su mano se demoró al pasar la copa. Sus dedos rozaron los de Valentina.
Ella retiró la mano.
—Gracias.
Se dijo que los hombres de negocios eran así. Que no significaba nada.
La cena terminó a las once. Héctor pidió la cuenta con un gesto que dejaba claro que nunca en su vida había mirado el total. Se despidió de Valentina con otro beso en la mano, más largo que el primero, y de Sebastián con un abrazo.
—Cuídala —le dijo a Sebastián, en voz baja pero no lo suficiente—. Si la dejas ir, te la robo.
Lo dijo riendo. Como un chiste.
Valentina no se rio.
El estacionamiento subterráneo olía a concreto húmedo y a gasolina. Sus pasos hacían eco contra las columnas.
—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto? —le preguntó Valentina.
—No sé de qué hablas.
—Sebastián.
Él siguió caminando. Las manos en los bolsillos. La espalda recta. La nuca impenetrable.
—Garza necesitaba una contadora. Tú necesitas trabajo. Coincidencia.
—Las coincidencias no reservan mesas en restaurantes franceses.
No respondió. Valentina sonrió para sí misma.
Gracias, pensó. Aunque jamás lo admitas.
Habían llegado al auto cuando lo escuchó.
Una voz. Grave. Respetuosa. Con un tono que no era de empleado ni de colega, sino de algo más antiguo. Algo que olía a casas grandes y órdenes que no se cuestionan.
—Joven señor.
Valentina se detuvo.
Un hombre mayor salió de detrás de una columna. Sesenta y tantos años. Traje oscuro. Pelo canoso peinado con pulcritud militar. Se acercó a Sebastián con un paso que era casi una reverencia contenida.
—Ramiro —dijo Sebastián.
Algo cambió en su voz. No se endureció ni se suavizó. Se cerró. Como una puerta que se tranca desde adentro.
—Su padre quiere verlo. Dice que ha sido un mes.
—Dile que estoy ocupado.
—Se lo he dicho, joven señor. Tres veces. —Ramiro miró a Valentina. La recorrió con ojos que no juzgaban pero catalogaban. Luego volvió a Sebastián—. Don Ricardo insiste.
Don Ricardo.
Joven señor.
Las palabras cayeron como fichas de dominó en la cabeza de Valentina.
Miró a Ramiro. Miró la forma en que inclinaba la cabeza al hablar con Sebastián. No como un empleado ante su jefe. Como un criado ante el hijo del patrón.
Miró el auto que los había traído. No era el sedán modesto que esperaba de un abogado con bufete en el piso dieciséis. Era un auto alemán, negro, silencioso, que costaba más de lo que ella había ganado en cinco años de trabajo.
Las señales siempre habían estado ahí. El reloj. Los trajes. La forma en que los meseros lo trataban. La forma en que Héctor Garza le había dicho «hermano» con la familiaridad de quien pertenece al mismo club. El piso dieciséis con vista a la ciudad. Las alfombras que tragaban el sonido de los pasos.
Valentina había elegido no verlas. Porque verlas significaba aceptar que el abismo entre los dos era más hondo de lo que se había permitido imaginar.
—Dile a mi padre que iré cuando pueda —dijo Sebastián, cerrando la conversación con la misma eficacia con que cerraba un alegato.
Ramiro asintió. Miró una vez más a Valentina. Se retiró en silencio, y sus pasos se perdieron detrás de las columnas del estacionamiento como si nunca hubiera estado ahí.
Sebastián abrió la puerta del auto. No la miró.
—Sube.
Valentina subió. No preguntó.
Pero en el silencio del auto, mientras las luces del estacionamiento pasaban sobre el parabrisas como lunas fugaces, una pregunta le daba vueltas en la cabeza con la insistencia de un número que no cuadra en la columna de cierre.
¿Quién eres, Sebastián Montero?
El semáforo los detuvo en una esquina. La luz roja le pintó la cara.
—No tienes que contarme nada —dijo Valentina, mirando al frente—. Pero no me mientas.
—No te he mentido.
—Omitir no es lo mismo que no mentir.
Sebastián apretó el volante. Las manos en la posición de las diez y las dos. Exactas. Simétricas. Controladas.
—Hay cosas que no son relevantes para el caso.
—No te estoy preguntando como clienta.
El semáforo cambió a verde. El auto avanzó.
Sebastián no respondió.
Valentina cerró los ojos. Recargó la cabeza contra el asiento.
Joven señor. Un abogado al que su criado llama joven señor en un estacionamiento subterráneo. Un hombre cuyo padre manda emisarios para convocarlo.
¿En qué mundo vives, Sebastián Montero?
Y la pregunta que dolía más:
¿En ese mundo hay lugar para alguien como yo?
que le consiguió ese trabajo?