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La Sombra En La Niebla

La Sombra En La Niebla

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras diez años de un exilio forzado y cargado de humillaciones, Adrián regresa a la ciudad que lo destruyó. Poseedor de una fortuna misteriosa y una identidad nueva, su plan es quirúrgico: desmantelar las vidas de las cinco familias que lo traicionaron. Sin embargo, a medida que sus enemigos caen, descubre que la venganza tiene un costo colateral: su propia humanidad. El regreso de un viejo amor y un secreto del pasado lo obligarán a decidir si prefiere ver el mundo arder o encontrar la paz en las cenizas.

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CAPÍTULO 8: DOBLE CARA

​El humo denso de un cigarrillo barato flotaba bajo la luz amarillenta y parpadeante de una taberna en los márgenes del puerto fluvial de Altagracia. El lugar olía a cerveza rancia, humedad acumulada y óxido. En la mesa del fondo, resguardado por la penumbra de un rincón, un hombre maduro apuraba el último trago de un vaso de aguardiente. Llevaba una chaqueta de cuero raída, arrugada en los codos, y la barba canosa de varios días cubriéndole una mandíbula curtida por los golpes del oficio.

​Era el expolicía Mateo Rivas. Diez años atrás, Rivas era el único detective de la comisaría central que se había negado a firmar el atestado falso que condenaba a Adrián Corvalán. Su obstinación por buscar la verdad y su negativa a aceptar los sobres con dinero que envió el Juez Mendoza le costaron la placa, una acusación fabricada por insubordinación y una expulsión dishonrosa que lo condenó a la miseria y a trabajar como guardia nocturno en los muelles.

​Mateo dejó el vaso sobre la mesa de madera maltratada. Al levantar la cabeza para pedir otra copa al encargado del bar, la silueta de un hombre alto interrumpió la luz de la entrada.

​Adrián avanzó entre las mesas desiertas con la calma metódica que lo caracterizaba. No llevaba el abrigo de gala ni la corbata de seda; vestía una chaqueta de paño negro sobre una camiseta del mismo tono y vaqueros oscuros, un atuendo que le permitía mimetizarse con la noche sin perder esa aura imperiosa de autoridad. A dos pasos de distancia, Samuel permanecía de pie junto a la puerta de entrada, asegurándose discretamente de que el dueño del local y los dos parroquianos del mostrador no prestaran atención a la mesa del fondo.

​Mateo apretó los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta, observando al desconocido que se acercaba. Su instinto policial, aletargado por los años y el alcohol pero jamás extinto, se encendió como una chispaluz de advertencia.

​—El bar ya va a cerrar, amigo —dijo Mateo con una voz ronca, gastada por el tabaco—. Y este no es el tipo de sitio donde a la gente con ropa cara le conviene dejarse ver.

​Adrián no respondió de inmediato. Corrió la silla de madera gastada frente a Mateo y se sentó despacio. Apoyó los antebrazos sobre la mesa, cruzando las manos. En el dedo índice derecho, el brillo discreto del anillo de ónice cortó la penumbra del local.

​—Las buenas costumbres no cambian con los años, Mateo —dijo Adrián. Su tono era grave, sereno, impregnado de una calidez contenida que desentonaba con la frialdad de su aspecto exterior—. Sigues teniendo la misma mala costumbre de beber el peor licor del puerto cuando tienes la mente inquieta.

​Mateo Rivas se congeló. El vaso que estaba a punto de apartar permaneció inmóvil bajo sus dedos. Frunció el ceño, clavando sus ojos grises y cansados en los del hombre que tenía enfrente. Había algo en la estructura de la mandíbula de ese sujeto, en la fijeza inquebrantable de su mirada oscura, que hizo eco en un rincón cubierto de polvo en su memoria.

​El expolicía se inclinó hacia adelante, entrecerrando los ojos, buscando en los trazos duros del multimillonario extranjero la fisonomía del muchacho de dieciocho años al que intentó defender en una celda fría diez años atrás.

​—¿Quién es usted? —preguntó Mateo, y su voz perdió el tono áspero para convertirse en un susurro cargado de sospecha y cautela.

​—Alguien que recuerda quién fue el único hombre honesto en esta ciudad la noche del catorce de octubre —contestó Adrián. Extendió la mano derecha sobre la mesa y colocó, con una lentitud deliberada, una pequeña placa de bronce oxidada.

​Era la insignia policial de Mateo, la misma que el capitán de la comisaría le había arrancado del pecho el día que lo expulsaron del cuerpo. Adrián la había comprado semanas atrás a un coleccionista de chatarra que la adquirió en una subasta de bienes incautados.

​Mateo miró la pieza de bronce. Sus labios temblaron imperceptiblemente. Extendió un dedo tembloroso y tocó el metal frío, sintiendo cómo una corriente de recuerdos dolorosos le subía por el brazo. Levanto la mirada de golpe hacia Adrián.

​—Tú... —susurró Mateo, con los ojos abiertos de par en par por un shock indescriptible—. Adrián... El chico de los Corvalán.

​—Adrián Vantress ahora, Mateo —corrigió con suavidad, aunque la firmeza de su voz no dejaba espacio a dudas—. El muchacho que dejaron desangrarse en esa celda murió esa misma semana. El hombre que está sentado frente a ti regresó para cerrar la cuenta que dejaron abierta.

​Mateo se echó hacia atrás en la silla, pasándose una mano pesada por el rostro fatigado. Dejó escapar un suspiro largo, una mezcla de incredulidad y un alivio viejo, guardado durante una década en la oscuridad.

​—Dijeron que habías muerto en el extranjero —dijo el expolicía, negando con la cabeza—. Mendoza hizo circular el informe oficial. Declararon que te habías quitado la vida en una pensión de frontera. Yo... yo fui a buscar tu expediente un año después y habían quemado todas las páginas de tu caso.

​—Las mentiras del Juez Mendoza siempre han tenido patas cortas, Mateo —dijo Adrián, apoyando la espalda en el respaldo de la silla—. Te quitaron tu placa, tu carrera y tu dignidad por negarte a ser parte de su traición. Te convirtieron en un fantasma en tu propia ciudad.

​Mateo miró el vaso vacío sobre la mesa y luego se fijó en la placa de bronce. La rabia, una furia vieja que creía ahogada en el fondo de las botellas de aguardiente, volvió a encenderse en sus pupilas.

​—Me arruinaron la vida, sí —admitió Mateo con la voz quebrada por el enojo—. Mi esposa me dejó porque no podía soportar la presión y las amenazas de los matones de Guillermo Castillo. Terminé durmiendo en este puerto, cuidando contenedores por una miseria. ¿Y para qué? Para que esos tres cerdos sigan cenando en cubiertos de plata y saliendo en los periódicos como los benefactores de Altagracia.

​—Por eso estoy aquí —intervino Adrián, acercándose de nuevo a la mesa—. No vine a ofrecerte compasión ni a devolverte tu vieja vida. Vine a ofrecerte un trabajo.

​Mateo lo observó con escepticismo, entornando las cejas.

​—¿Un trabajo? Mira tu traje y mira esta cueva, Adrián. Tú juegas en las grandes ligas de la economía internacional. ¿Qué puede hacer por ti un viejo policía retirado y alcohólico?

​—Necesito a alguien que conozca las alcantarillas de esta ciudad mejor que los hombres de Castillo —explicó Adrián con precisión impecable—. Necesito un jefe de seguridad que no responda al dinero, sino a la lealtad. Samuel maneja los contratos y los tribunales, pero la guerra que viene no solo se va a pelear en los despachos de mármol. Habrá momentos en que mis enemigos intenten recurrir a la violencia cuando entiendan que están acorralados. Y quiero a mi lado al único hombre que demostró tener agallas cuando todos los demás vendían su conciencia.

​Mateo miró a Samuel, que permanecía en silencio junto a la entrada con la vista fija en la calle nocturna, y luego volvió a mirar a Adrián.

​—Lo que estás haciendo es peligroso —advirtió Mateo, con el tono profesional de un veterano de la calle—. Guillermo Castillo tiene a la mitad de la policía pagada en su nómina privada. Bernardo Valeriano controla la información de los bancos y el Juez Mendoza firma cualquier orden de aprehensión o registro antes de que la sangre se seque en el suelo. Si vas tras ellos, te van a cazar.

​Adrián esbozó una sonrisa helada, cargada de una confianza oscura que hizo estremecer al viejo detective.

​—Ya no soy la presa, Mateo —dijo Adrián, y su voz resonó con un peso helado—. Ellos son los que están acorralados. En este momento, las tres familias se están despedazando entre sí por una licitación de cincuenta millones de dólares que nunca van a ver. Lucas Valeriano me entrega la información del banco por miedo a la cárcel; la empresa de Castillo está entregando sus títulos de propiedad como garantía; y Mendoza tiembla cada vez que recibe un sobre cerrado. Lo único que me falta es un equipo de inteligencia táctica sobre el terreno. Un equipo que tú vas a dirigir.

​Mateo se quedó en silencio durante varios segundos. Su mano volvió a posarse sobre la insignia de bronce oxidada. Sintió el peso del metal en la palma, la textura de las aristas gastadas. Durante diez años había vivido cargando la vergüenza de haber sido derrotado por la corrupción de la ciudad. Aceptar la propuesta de Adrián no significaba solo obtener un sueldo o salir de la miseria del puerto; significaba la oportunidad de hacer justicia, de saldar una cuenta pendiente con los hombres que le robaron su vida.

​—¿De qué presupuesto disponemos? —preguntó Mateo, y su tono cambió de inmediato. La postura encorvada del borracho desapareció, reemplazada por la rigidez disciplinada del oficial de investigación.

​Adrián deslizó un sobre de cuero negro sobre la mesa. Dentro había un juego de llaves, una tarjeta de crédito corporativa sin límite y un teléfono encriptado de última generación.

​—Presupuesto ilimitado —respondió Adrián—. Quiero que selecciones a cuatro excompañeros tuyos, hombres que hayan sido despedidos o relegados por no doblegarse ante Mendoza. Quiero una red de vigilancia sobre las residencias de Castillo, Valeriano y el juez las veinticuatro horas del día. Cada movimiento, cada visita nocturna, cada llamada debe ser registrada.

​Mateo tomó el sobre de cuero y guardó la placa de bronce en el bolsillo interior de su chaqueta raída.

​—Hay tres muchachos que salieron de la división de investigaciones hace dos años —dijo Mateo, ajustándose los puños de la chaqueta—. Tipos limpios, entrenados y que le guardan un rencor a muerte a la cúpula policial de la ciudad. Estarán operativos mañana antes del anochecer.

​—Excelente —dijo Adrián, poniéndose de pie.

​Mateo se levantó también. Era un hombre físicamente más grande que Adrián, pero la presencia del joven multimillonario proyectaba una sombra abrumadora en el espacio reducido de la taberna. Mateo le extendió la mano derecha, dura y callosa por el trabajo físico.

​Adrián miró la mano del expolicía y la estrechó con un agarre firme, un apretón que sellaba un pacto de sangre y lealtad en medio de la penumbra.

​—Bienvenido a la guerra, Mateo —dijo Adrián.

​—Llevo diez años esperando esta llamada, patrón —contestó Rivas con un brillo implacable en la mirada.

​Adrián hizo una leve señal a Samuel. El abogado abrió la puerta del local, permitiendo que la brisa fría del río entrara en el ambiente viciado de la taberna.

​Antes de cruzar el umbral, Adrián se detuvo un segundo y miró a Mateo por encima del hombro.

​—Una cosa más, Mateo —añadió el anfitrión—. Elena Ramos está investigando mis pasos. Quiere saber quién es Vantress. Quiero que tus hombres la mantengan bajo protección discreta, pero sin interferir en sus movimientos. Si Castillo o Mendoza descubren que ella está escarbando en el pasado, intentarán usarla para presionar.

​Mateo asintió con gravedad.

​—La muchacha sigue siendo tan tenaz como su padre —comentó el detective—. Descuida. Nadie le tocará un solo cabello mientras yo esté a cargo.

​—Confío en ti.

​Adrián salió a la calle empedrada del puerto. La lluvia de la madrugada comenzaba a caer en forma de una llovizna fina y constante que brillaba bajo los faroles de la calle. Subió al asiento trasero del auto blindado, sintiendo cómo la puerta se cerraba con un chasquido hermético que dejaba fuera el murmullo de la ciudad.

​Samuel ocupó el asiento del copiloto y se giró levemente.

​—El equipo táctico está armado —dijo el abogado—. Con la información de Lucas Valeriano desde adentro del banco y la red de Mateo en las calles, tenemos el control total de la estructura de nuestros enemigos.

​Adrián miró a través de la ventanilla oscura. Las luces rojas del puente sobre el río se reflejaban en el agua negra como hilos de sangre.

​—El terreno está preparado, Samuel —respondió Adrián con voz serena, apoyando la cabeza en el respaldo de cuero—. Las familias creen que van a competir por un contrato de inversión, pero en realidad están construyendo su propia trampa. Es hora de apretar el nudo.

​El vehículo arrancó en silencio, internándose en las sombras de Altagracia. El chico traicionado de dieciocho años ya no estaba solo; tenía a su lado a las víctimas del mismo sistema corrupto, transformadas ahora en los ejecutores de un castigo que la ciudad llevaba una década esperando.

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celimar
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💯💯👏
Celina Espinoza
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Fernanda
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Fernanda
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Lobelia ❣️
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celimar
est buena
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