El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.
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Capítulo 3
Cap 3: La verdadera heredera
La segunda fotografía apareció antes de que nadie pudiera reaccionar.
Sebastián Girón recostado en una cama de hotel, sin camisa, con el brazo alrededor de una mujer que lo miraba con los ojos entrecerrados. La misma camisa azul que yo le regalé en su último cumpleaños, tirada en el piso de la habitación. Y la mujer, Paz Blanco, inconfundible, con esa sonrisa de gato que acababa de atrapar al canario.
El silencio duró medio segundo. Después, la iglesia se convirtió en un infierno.
—¡Esa es Paz! —gritó alguien en las primeras filas—. ¡La amiga de la infancia!
—¡Dios mío, está en la foto con el novio!
Los murmullos se volvieron gritos. Las señoras del club de Rosalía se tapaban la boca con las manos. Los socios de negocios de Ernesto se miraban entre ellos con la expresión de hombres que ya están calculando cuánto les va a costar esta alianza. Un tío de Sebastián se levantó de su asiento y caminó hacia la salida sin mirar atrás.
Pero yo no había terminado.
La tercera imagen fue un mensaje de texto. El chat completo, proyectado en letras enormes para que hasta los que estaban en la última fila pudieran leerlo:
«Mi amor, no puedo esperar a que termine esta farsa. Tú y yo sabemos quién es la verdadera».
«Paciencia, mi vida. Después de la boda, todo cambia. Necesito sus fórmulas y el contrato con Hospital Corazón. Después me encargo de lo demás».
Escuché un gemido colectivo. El tipo de sonido que hace una multitud cuando entiende que lo que está viendo no es un malentendido, sino una confesión.
Y la cuarta imagen: un ultrasonido. Fecha de hace tres semanas. El nombre de la paciente: Paz Blanco. Y en la esquina inferior, escrito a mano por el médico: ocho semanas.
En la tercera fila, Paz se levantó de su asiento como si alguien le hubiera puesto fuego debajo. Trató de correr hacia la salida lateral, pero una señora de sombrero verde, creo que era la esposa de un senador, la agarró del brazo.
—¿A dónde vas, niña? ¿No quieres ver el resto del show?
Paz se zafó con un tirón, pero ya había tres personas más bloqueándole el paso. No por heroísmo, sino por curiosidad. Nadie quería perderse un segundo de esto.
Sebastián se lanzó hacia mí.
—¡Dame ese control! —rugió, con la cara roja y las venas del cuello palpitando—. ¡Alegra, te juro que puedo explicarlo!
No llegó a tocarme. Dos hombres de traje oscuro aparecieron como sombras a cada lado del altar, los de seguridad que Fermín había contratado «para cuidar los regalos». Lo sujetaron por los brazos con la eficiencia silenciosa de profesionales que hacen esto todos los días.
Sebastián forcejeó. Se veía ridículo: el novio perfecto, con su traje negro y su corbata gris y su sonrisa de telenovela, retorcido entre dos guardaespaldas mientras en la pantalla gigante aparecían sus mensajes de amor a otra mujer.
—¡Suéltenme! ¡Esta es MI boda! —Miró a su padre—. ¡Papá, haz algo!
Ernesto Girón no se movió. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en la pantalla, como si estuviera leyendo un balance financiero que no cuadra. Porque eso era Ernesto: un hombre de números. Y los números que estaba viendo, los socios levantándose de sus asientos, las miradas de asco, los teléfonos grabando, no le gustaban nada.
Rosalía, en cambio, sí se movió. Se puso de pie, se alisó el vestido con las manos temblorosas y caminó hacia el pasillo central con la barbilla en alto. La dignidad de una mujer que se niega a desmoronarse en público. Cuando pasó junto a Paz, le clavó una mirada que podría haber cortado vidrio.
—Desgraciada —le dijo en voz baja, pero el micrófono del altar la captó. Trescientas personas la escucharon.
Gracia no dijo nada. Seguía en su asiento con los brazos cruzados, pero la sonrisa había desaparecido. Me miraba como si recién me estuviera viendo por primera vez.
Apagué la pantalla.
No porque se me acabara el material, tenía para media hora más. Sino porque lo que seguía no necesitaba evidencia. Necesitaba palabras.
Me volví hacia Sebastián, que había dejado de forcejear y me miraba con los ojos de un animal acorralado.
—Sebastián Girón —dije al micrófono, y mi voz sonó como la de una desconocida: fría, precisa, sin una gota de emoción—. Durante tres años te di mis fórmulas, mi trabajo, mi tiempo y mi nombre. Te construí Laboratorios Aurora desde cero. Financié el restaurante de tu madre. Negocié el contrato con Hospital Corazón que iba a salvar tu empresa. Y mientras yo hacía todo eso, tú le prometías a otra mujer que yo era «una farsa».
El silencio era absoluto. Ni los bebés lloraban.
—Hoy vine a esta iglesia porque quería que todos vieran quién eres realmente. Y ahora que lo vieron —saqué un sobre del interior de mi ramo, el segundo regalo que Fermín había escondido entre las flores—, aquí tienes el acta de cancelación del compromiso matrimonial. Firmada, notariada y con tres copias. Una para ti, una para el registro civil y una para tu padre, que seguramente va a querer revisar las cláusulas de penalización.
Le extendí el sobre. Sebastián no lo tomó.
En cambio, hizo algo que no esperaba: se dejó caer de rodillas.
—Alegra, por favor —le temblaba la voz—. Fue un error. Ella no significa nada para mí. Tú eres la única. Por favor, no me hagas esto.
Lo miré desde arriba. El hombre que durante tres años me hizo sentir que yo era la afortunada por estar con él, ahora estaba de rodillas sobre el mármol de una iglesia, frente a trescientos testigos, suplicándome que no lo abandonara.
Debería haber sentido satisfacción. Pero lo que sentí fue algo más tranquilo. Más definitivo. Como cerrar un libro que no valía la pena terminar.
—Adiós, Sebastián.
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta.
La luz de la tarde me golpeó la cara cuando salí de la iglesia. El jardín estaba vacío, todos los invitados seguían adentro, demasiado hipnotizados por el desastre para moverse.
Pero el estacionamiento no estaba vacío.
Tres autos negros estaban alineados frente a la entrada. No eran autos cualquiera, sino los Maybach de la familia que yo había dejado atrás hace tres años. Los reconocí por las placas: las tres empezaban con VLD.
Las puertas se abrieron al mismo tiempo.
Del primer auto bajó un hombre alto, de traje azul marino y mandíbula cuadrada. Rodrigo. Mi hermano mayor. El que una vez rompió la nariz de un compañero de la universidad que me hizo llorar en primer semestre.
Del segundo auto bajó un hombre de lentes oscuros y sonrisa torcida, aflojándose la corbata como si acabara de salir de una fiesta y no de una junta de directorio. Nicolás. Mi segundo hermano. El que siempre sabe exactamente a quién llamar y qué decir para que las cosas desaparezcan.
Del tercer auto bajó alguien más joven, con el pelo un poco largo y las manos en los bolsillos, mirándome con esa mezcla de ternura y furia que solo un hermano menor puede sentir por su hermana mayor. Gabriel. Mi hermanito. Aunque ya medía uno ochenta y tenía la misma mirada afilada que papá.
Los tres caminaron hacia mí.
Rodrigo habló primero, mirando por encima de mi cabeza hacia la puerta de la iglesia.
—¿Terminaste? —preguntó con la voz calmada de alguien que está conteniendo una tormenta.
—Terminé.
—Bien. —Se quitó el saco y me lo puso sobre los hombros—. Vámonos a casa.
En ese momento, los primeros invitados empezaron a salir de la iglesia. Y se detuvieron en seco al ver la escena: tres Maybach, tres hombres de traje, y yo en el centro, todavía con mi vestido rojo, recibiendo el saco de mi hermano como si fuera una princesa recogida del campo de batalla.
Los murmullos volvieron a empezar. Pero esta vez eran diferentes.
—¿Esos son...?
—No puede ser. ¿Valdés? ¿Los Valdés?
—¿Alegra es una Valdés?
Nicolás se ajustó los lentes y miró a la multitud con la sonrisa de un gato que acaba de encontrar un ratón.
—Buenas tardes. Para los que no nos conocen, soy Nicolás Valdés. Estos son mis hermanos Rodrigo y Gabriel. Y la mujer a la que ese imbécil de ahí adentro estuvo engañando durante tres años... es nuestra hermana.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. No era tensión. No era sorpresa. Era el sonido de trescientas personas recalculando absolutamente todo lo que creían saber sobre Alegra, la novia sencilla, la farmacéutica sin apellido, la chica que vino de ningún lado.
Sebastián apareció en la puerta de la iglesia, despeinado, con la corbata torcida y el sobre todavía en la mano. Me vio rodeada de mis hermanos y su cara hizo algo que nunca le había visto: se descompuso por completo. No de vergüenza. De terror.
Porque Sebastián Girón acababa de entender que no había engañado a una mujer sola y sin familia.
Había engañado a la heredera de Grupo Valdés.
Rodrigo lo miró. No dijo mucho, nunca lo hacía. Solo una frase, dicha con la misma tranquilidad con la que firmaría un contrato:
—Girón. Si vuelves a acercarte a mi hermana, tu familia desaparece del mapa comercial de esta ciudad. Eso no es una amenaza. Es un pronóstico.
Gabriel me abrió la puerta del auto. Antes de subir, miré hacia atrás una última vez.
Al fondo del estacionamiento, más allá de los Maybach y los invitados y el caos, había un auto negro que no reconocí. Discreto, sin placas visibles, con los vidrios polarizados. Mientras lo observaba, la ventanilla del conductor bajó unos centímetros. No pude ver la cara del hombre adentro, pero me pareció, solo me pareció, que estaba sonriendo.
Subí al auto. Gabriel se sentó a mi lado y me pasó una carpeta de cuero.
—Oye, antes de que te pongas cómoda. Papá dice que mañana tienes que presentarte en un instituto de investigación médica. El del tal Damián Montero, el académico más joven del país. Dicen que es un genio. También dicen que tiene un temperamento insoportable y que ningún asistente le dura más de un mes.
Abrí la carpeta. La primera página tenía una foto de credencial: un hombre de rasgos afilados, ojos oscuros y expresión de alguien que considera que el resto del mundo es una pérdida de tiempo.
Cerré la carpeta y miré por la ventana mientras el auto arrancaba, dejando atrás la iglesia, las gardenias y la peor decisión de mi vida.
—Suena interesante —dije.
Y por primera vez en tres años, lo decía en serio.
Continuará...