«Mi sangre no pide compasión; exige ser devorada.»
El chasquido del cerrojo blindado nos dejó a oscuras en el laboratorio subterráneo. En el suelo, los vidrios de mi última ampolleta de supresor. En mis venas, el desastre.
Mi cuerpo es una trampa: libero un aroma a miel y jazmín tan violento que me dobla las rodillas, me asfixia la garganta y me humilla. La ventilación esparce la plaga de mi olor por el aire sellado, y la biología no perdona.
Tres aromas depredadores acorralan mi agonía en la penumbra. Sin medicina que me salve, sin aire para gritar y con la fiebre del celo quemándome la piel desde adentro.
La cacería empezó. Y la única duda es cuál de los tres clavará primero sus garras en mi nuca.
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CAPÍTULO 4: LUZ EN LA PENUMBRA
LUZ EN LA PENUMBRA
El segundero del reloj digital de la pared avanzaba con la lentitud de una condena.
Cinco horas exactas.
Eren estaba apoyado contra la puerta blindada, cruzado de brazos, con la mirada fija en el centro de la cama. Kaelen permanecía de pie junto a la ventana reflectante, haciendo rodar un vaso de cristal en la mano, mientras Valen ajustaba por quinta vez en la noche el monitor biológico portátil.
El efecto del supresor de choque estaba a segundos de evaporarse por completo de mi sangre. Los tres se preparaban para la tormenta: esperaban que el fuego del celo volviera a romperme las rodillas, que la fiebre inundara la suite y que el aroma a miel descontrolado volviera a dejarlos sin razón.
Pero el segundero marcó el cero... y la habitación permaneció en absoluto silencio.
No hubo explosión de feromonas. No hubo sollozos de agonía. No hubo el sofoco amargo de una biología pidiendo ser reclamada.
Abrí los ojos despacio.
Por primera vez en meses, la niebla pesada que nublaba mi cerebro había desaparecido. Mi respiración era constante, rítmica. La piel de mi nuca ya no quemaba como si me hubieran clavado un hierro candente; apenas conservaba una tibieza suave. Apoyé las palmas de las manos sobre el colchón y me senté con lentitud, pasándome los dedos por el cabello húmedo para apartarlo de mi frente.
Valen dio un paso al frente, con los ojos azules abiertos de par en par, revisando la pantalla de monitoreo en su muñeca.
-Es imposible... -susurró, con la voz apenas audible-. Su temperatura corporal es de treinta y seis grados. La saturación de feromonas está en niveles de reposo... El celo se detuvo.
-¿De qué estás hablando, Valen? -gruñó Eren, separándose de la pared con una mueca de incredulidad-. Dijiste que el químico solo lo congelaría por cuatro horas. Debería estar suplicando por apoyo en este momento.
-Y debería estarlo -respondió Valen, acercándose al borde de la cama sin quitarme la mirada de encima, analizando cada pulgada de mi rostro despejado-. A menos que el celo del laboratorio no fuera un proceso biológico natural... sino una reacción de rechazo.
Kaelen dejó el vaso sobre la mesa de noche con un golpe seco. La elegancia tensa de su figura se proyectó sobre el borde del colchón.
-Habla claro, doctor.
-El ambiente del nivel tres estaba saturado de compuestos sintéticos de contención, estabilizadores de aire y las mismas dosis que le inyectábamos diariamente -explicó Valen, tragando saliva mientras la verdad encajaba en su mente médica-. Su cuerpo no estaba entrando en celo porque su biología lo exigiera. Estaba convulsionando. Su aroma se volvía tóxico porque el laboratorio lo estaba envenenando lentamente.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación.
Levanté la cabeza y los miré a los tres. Ya no era la presa acorralada que lloraba en el suelo sobre cristales rotos. Mis ojos violetas, libres del brillo cegador de la fiebre, los sostuvieron con una frialdad que pareció cortar el aire.
-Así que eso era... -mi voz sonó rasposa, pero firme, resonando con una serenidad que los tomó con la guardia baja-. Todo este tiempo... no era una anomalía inestable. Era su maldito laboratorio tratando de matarme.
Eren dio dos pasos largos hacia la cama. Se agachó a mi altura, apoyando los antebrazos sobre sus rodillas, quedando a solo centímetros de mi rostro. Su aroma a tabaco y cuero seguía ahí, denso, pero esta vez no me doblegó.
-Eso no cambia nada, Omega -murmuró Eren con la voz grave, recorriendo con la vista la curva descubierta de mi cuello, ahora libre de sudor y rojo por la fiebre-. Que no estés ardiendo por dentro no significa que estés a salvo de nosotros. Te ves demasiado bien cuando estás despierto... y eso me tienta el doble.
Estiró la mano para tocarme la barbilla, pero antes de que sus dedos me rozaran, le aparté la mano de un manotazo seco. El chasquido resonó en todo el cuarto.
Eren se congeló, sorprendido por la velocidad de mi respuesta.
-No me vuelvas a tocar -dije mirándolo directamente a las pupilas carmesí-. Ya no estoy indefenso, Eren. Si intentas usar la fuerza ahora que tengo la mente clara, te prometo que el laboratorio no será lo único que termine destruido esta noche.
Kaelen dejó escapar una risa baja, oscura y llena de fascinación desde la sombra. Caminó hacia el frente, inclinándose ligeramente sobre la cabecera de la cama.
-Míralo, Eren. Tu bestia quería una presa fácil para reclamar en medio del caos... y lo que tenemos enfrente es un rey que acaba de recuperar su corona.
-No soy el rey de nadie -escupí, apartando la mirada hacia la puerta blindada-. Y tampoco soy el activo del Consejo. Si la contaminación del laboratorio era lo que me mantenía débil, entonces ya no hay nada en este complejo que me obligue a quedarme.
-Te equivocas en algo, Lian -intervino Valen, dando un paso más cerca y cruzando sus brazos, con una sonrisa helada en los labios-. El laboratorio te mantenía enfermo, sí. Pero la puerta exterior sigue cerrada, el Consejo sigue buscándote fuera de esta suite... y los tres Alfas que quieren marcarte siguen encerrados en esta habitación contigo.
Mi pulso aceleró un latido, pero no mostré ni una sola grieta de debilidad. Me puse de pie despacio, manteniendo el equilibrio sobre mis propias piernas, erguido frente a los tres Pura Sangre.
Los sostuve a la cara, uno a uno. El silencio en la suite se volvió tan denso que podía escucharse la respiración contenida de los tres.
-Se equivocan si piensan que sin la fiebre estoy a su merced -dije, con una voz helada que resonó en cada rincón del cuarto-. Aunque el celo se haya ido... les recuerdo que un solo rocío de mis feromonas basta para ponerlos de rodillas a los tres.
Di un paso lento hacia adelante, adueñándome del espacio sin un solo rasgo de duda en mi postura.
-Creyeron que las medicinas me controlaban, pero solo estaban tapando lo inevitable: mi cuerpo ya me pertenece. Sé exactamente lo que mi sangre le hace a su instinto. Sé que para ustedes mi aroma no es una tentación... es el veneno perfecto.
Los tres Alfas se congelaron. Ninguno se atrevió a dar un solo paso más.
En sus pupilas dilatadas vi la confirmación que necesitaba: sabían que era verdad. Sabían que, incluso despierto y consciente, la verdadera bestia en esa habitación no eran ellos.
Y que la cacería acababa de cambiar de dueño.
— Nota de Lian —
"Si el Mando Central y esos tres Alfas creen que pueden acorralarme o dictar mis reglas, no entienden absolutamente nada de lo que soy. Yo no soy la presa de nadie. Si estás de este lado y quieres ver cómo rompo su control capítulo a capítulo, guarda esto en tu Biblioteca y deja tu Like. No te distraigas... porque esto apenas está comenzando."