Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 23 — La casita en las afueras de Roma
Esa mañana el hospital bullía con más movimiento que el día anterior. Liora había recuperado toda su energía desde que la fiebre cedió por completo. La pequeña no paraba de corretear sobre la cama abrazando a su conejo de peluche.
—¡Mami, mira! ¡Lio está sana!
Alya se alarmó al instante.
—¡Despacio, que te vas a caer!
Liora soltó una risita traviesa.
León, de pie junto a la ventana, no pudo evitar una sonrisa discreta al ver las ocurrencias de su hija.
Esa calidez extraña volvió a llenarle el pecho.
Durante años, su vida se había reducido a trabajo, reuniones y una casa vacía sumida en silencio.
Pero ahora…
Bastaba con ver reír a Liora para que el día entero cambiara de color.
El médico entró para el último chequeo antes del alta.
—La fiebre bajó del todo —informó con una sonrisa—. Pero procuren que no se agote demasiado en los próximos días.
Alya asintió de inmediato, aliviada.
—Gracias, doctor.
En cuanto el médico salió, Liora celebró con un gritito de júbilo.
—¡A casaaa!
Kate se rio mientras terminaba de ordenar las bolsas.
—La princesita está contentísima.
—¡Claro! —respondió Liora entusiasmada—. ¡Quiero dormir con Mimo en mi cama!
Alya negó con la cabeza, divertida ante la efusividad de su hija.
Sin embargo, debajo de esa calidez, la inquietud le bullía de nuevo.
Porque una vez fuera del hospital…
Tendría que decidir cómo seguiría la relación entre León y Liora.
Y Alya todavía no estaba lista para pensar en eso.
Al mediodía, por fin abandonaron el hospital.
El clima en Roma lucía espléndido, con una brisa primaveral fresca y agradable.
Liora caminaba a pasitos cortos sujetando la mano de Alya de un lado y la de León del otro.
La estampa era tan sencilla que varios transeúntes volvieron la cabeza, porque parecían la familia perfecta.
Alya, en cambio, se moría de la incomodidad.
Pero Liora irradiaba felicidad.
—¡Mami, hoy cocinas pasta!
—Sí.
—¡El señor también come!
Alya giró la cabeza hacia León.
Él alzó una ceja apenas.
—¿Es una invitación?
Liora asintió con energía.
—¡Sí!
León sostuvo la mirada de Alya unos segundos.
Y el corazón de ella, sin motivo aparente, latió un poco fuera de ritmo.
—Si no es molestia —respondió León con calma.
Liora soltó un gritito de triunfo, como si acabara de ganar algo enorme.
El coche de Kate los llevó de vuelta al pequeño apartamento en las afueras de Roma.
Durante todo el trayecto, Liora no dejó de parlotear.
—¡En casa hay flores rosas!
—¡Y Mimo tiene su propia cobijita!
—¡Y Mami canta por las mañanas!
León escuchaba cada palabra en silencio.
A veces respondía con alguna frase breve.
Pero sus ojos no se apartaban de Liora.
Estaba tratando de memorizar cada detalle.
La vocecita de esa niña.
Su risa juguetona.
Su costumbre de morder el popote cuando pensaba.
Todo lo que debería haber presenciado desde hacía tres años.
Y el arrepentimiento volvió a golpearle el pecho.
Al llegar al apartamento, Liora salió disparada hacia adentro.
—¡Mi casaaa!
Alya corrió detrás, asustada de que la niña tropezara.
León, en cambio, se detuvo en el umbral y observó en silencio aquel hogar modesto.
Era incomparablemente más pequeño que la mansión Ardián.
Y sin embargo, resultaba infinitamente más cálido.
Había macetas con plantas en el balcón.
Fotos de Liora cubrían la pared de la sala.
Y un aroma tenue a flores frescas flotaba en el aire.
Esa era la vida de Sabrina que él jamás conoció.
—Pasa —indicó Alya en voz baja, al notar que León seguía plantado afuera.
León cruzó el umbral despacio.
Recorrió cada rincón con la mirada.
Hasta que sus ojos se detuvieron en una fotografía sobre una mesita.
Alya y Liora riendo juntas frente a la floristería.
Las sonrisas de ambas eran radiantes.
Y León cayó en la cuenta…
Aun sin él, Sabrina había sido capaz de construir una buena vida.
Esa certeza le supo amarga.
—¡Señor, mira!
Liora lo jaló de la mano hasta su cuartito.
La habitación estaba llena de peluches y tonos pastel suaves.
—¡Esta es la cama de Lio!
León lo observó todo sin decir nada.
Entonces su mirada se topó con un dibujo de familia pegado en la pared.
Estaba la figura de Mamá.
Estaba Liora.
Y junto a ellas, la silueta de un hombre alto, sin rostro definido.
Se le encogió el pecho.
—¿Quién es? —preguntó en voz baja.
Liora sonrió con timidez.
—Papá.
León se quedó helado.
—Lo dibujé yo —añadió la niña con orgullo—. Mami dice que Papá está lejos.
León contempló aquel dibujo durante un largo rato.
Sus dedos se fueron cerrando lentamente en un puño.
Porque durante tres años…
Su hija le había guardado un lugar a pesar de no haberlo conocido jamás.