Liora Montclair siempre supo que era un estorbo.
Hija menor de una casa noble en decadencia, fue criada entre insultos, miradas de desprecio y un veneno que nadie más que ella sospechaba. Su cuerpo —grande, rollizo, "impresentable" según su propia familia— era la prueba visible de años de humillación silenciosa. Cuando la obligaron a casarse con el Duque Alaric Ravens, el general más temido del Imperio Aurelius, Liora se preparó para lo peor: otro hombre que la miraría con asco.
Pero Alaric no la miró con asco.
De hecho, Alaric fue el primero en notar que su vestido de boda estaba diseñado para humillarla. El primero en tratarla con respeto. El primero en no verla como un cuerpo defectuoso, sino como una mujer con fuego en los ojos y una lengua afilada que ni siquiera un Duque podía domar.
Lo que Alaric no sabe es que Liora guarda secretos que podrían sacudir los cimientos del imperio. Secretos sobre su verdadero linaje. Sobre las sombras que la obedecen. Sobre la espada que esconde debajo de la dulzura.
Lo que Liora no sabe es que el veneno que corre por sus venas fue puesto ahí por alguien de su propia sangre. Y que destaparlo significará enfrentarse a conspiraciones que van mucho más allá de la crueldad doméstica.
Mientras Liora descubre que el "monstruo" con el que la casaron tiene las manos más gentiles que jamás la han tocado, una guerra se avecina en el horizonte. Una guerra que pondrá a prueba no solo su matrimonio, sino los secretos que ambos juran proteger.
Entre batallas en campos nevados, intrigas palaciegas que cortan más profundo que cualquier espada, y un niño de tres años con media lengua que insiste en llamarla "Lilola", Liora tendrá que decidir: ¿seguir escondiéndose detrás de la máscara de la esposa sumisa, o revelarse como lo que realmente es?
Porque debajo de la piel que todos despreciaron, late el corazón de una guerrera.
Y el Duque Ravens está a punto de descubrir que se casó con la mujer más peligrosa del imperio.
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CAPÍTULO 1. LA VERGÜENZA LLAMADA LIORA
No había nada más silencioso que las mañanas en la mansión Montclair, salvo la habitación del ala este, donde vivía Lady Liora Montclair.
La habitación era grande, pero fría. Sus paredes se alzaban altas, las ventanas eran amplias, pero las cortinas rara vez se abrían. La luz de la mañana apenas se colaba como una línea pálida que caía sobre el suelo de piedra, rebotando en la base de una vieja cama de madera que hacía tiempo había perdido su esplendor.
Ahí estaba sentada Liora, con la espalda ligeramente encorvada, su respiración acompasada pero pesada, como si cada bocanada de aire tuviera que atravesar capas de un peso invisible.
Su camisón le apretaba demasiado en la cintura. Las costuras presionaban su piel, dejando marcas rojas que no alcanzaban a desvanecerse antes de que el día cambiara. Sabía que ese camisón había sido elegido a propósito —no porque no hubiera uno más holgado, sino porque a nadie le importaba.
—¡Ya es tarde, señorita! ¿Hasta cuándo piensa dormir?
La voz llegó sin que nadie tocara la puerta.
La puerta se abrió de golpe, estrellándose contra la pared con un temblor.
Una sirvienta entró con pasos pesados, el rostro agrio, los ojos mirando a Liora como si estuviera viendo una mancha difícil de limpiar.
—¿Cree que esto es una posada barata? —continuó la sirvienta—. El desayuno ya pasó.
Liora levantó la cabeza despacio. Su cabello rojo caía enredado, sin peinar. Sus ojos no desafiaban ni suplicaban. Solo estaban en calma. Demasiada calma para alguien que cada día era tratada como una carga.
—Bajaré en un momento —respondió Liora en voz baja.
La sirvienta bufó.
—Claro. Como siempre. Siempre "en un momento". De verdad que hace perder el tiempo a todos.
La sirvienta recorrió el cuerpo de Liora de arriba abajo sin molestarse en disimular su asco.
—Tal vez si la señorita no comiera tanto, levantarse de la cama no le costaría tanto.
La frase fue lanzada así, sin más, como una piedra pequeña que ya había golpeado demasiadas veces la misma piel. No sangraba. Ya no se sentía nueva. Pero seguía doliendo.
Liora no contestó.
Esperó hasta que la sirvienta se fue, hasta que los pasos se alejaron y la puerta se cerró de nuevo, esta vez con un golpe deliberadamente más fuerte.
Solo entonces su respiración tembló.
Se puso de pie y caminó hacia una mesita en la esquina de la habitación. Sobre ella había una taza de té caliente y un plato de pan dulce que parecía recién hecho. Su aroma era suave, demasiado dulce para una mañana. Liora lo miró unos segundos más de lo necesario.
Ese pan siempre estaba ahí.
Cada mañana.
De la misma mano.
Liora partió el pan en dos, observándolo como alguien que sopesa algo en su cabeza. Luego, con vacilación, le dio un pequeño mordisco.
Sabía... raro. No malo. Pero había un amargor tenue detrás de la dulzura.
Como siempre.
Liora tragó, aunque una sensación incómoda le cosquilleaba en el pecho. Llevaba años sintiendo que su cuerpo se volvía más pesado, sus movimientos más lentos, sus pensamientos a menudo confusos. El médico de la familia decía que era porque comía demasiado y se movía poco.
Pero Liora nunca había comido en exceso.
El comedor de la familia Montclair ya estaba lleno cuando Liora finalmente bajó. La mesa larga de madera de roble estaba cubierta de platos de plata y copas de cristal, pero el ambiente era frío. No había risas. No había saludos.
El Conde Bernard Montclair ocupaba la cabecera, con la postura erguida y el rostro duro como tallado en piedra. A su lado, la Condesa Irene Montclair —segunda esposa del Conde— revolvía su té con un movimiento elegante, y sus ojos solo se elevaban de vez en cuando, no hacia Liora, sino hacia la silla vacía del otro lado.
La silla se ocupó de inmediato.
—Perdónenme —una voz alegre rompió el silencio—. Llegué tarde.
Sera Montclair entró con una sonrisa dulce. Su cabello rubio estaba perfectamente arreglado, su vestido caía con elegancia siguiendo las curvas de su cuerpo esbelto. Hizo una reverencia respetuosa a sus padres antes de sentarse, como si la sala entera hubiera sido creada para recibirla.
La Condesa Irene sonrió. Una sonrisa que Liora nunca había recibido.
—No pasa nada, Sera. Siempre llegas a tiempo para lo que importa —dijo la Condesa.
Liora bajó la mirada, concentrándose en su plato. El mismo pan, el mismo té. Su mano tembló ligeramente al levantar la taza.
—¿Liora?
La voz de su padre la detuvo.
—¿Sí, padre? —respondió rápido.
—Me dijeron que volviste a causar problemas con una sirvienta ayer —dijo el Conde Bernard.
Liora se quedó inmóvil. Miró al Conde con los ojos un poco más abiertos.
—Yo no...
—¡Siempre causando problemas! —la cortó el Conde con frialdad—. Hiciste llorar a la sirvienta. Dice que le arrojaste un plato a la cabeza.
Sera suspiró, llena de fingida preocupación.
—Hermana, deberías tener más paciencia. Solo estaban haciendo su trabajo.
Liora giró la cabeza hacia su hermanastra. Sus miradas se cruzaron.
Y en los ojos de Sera, Liora lo vio... no culpa, sino alivio.
Maldita zorra astuta, pensó Liora.
—No arrojé nada —dijo, esta vez un poco más firme—. El plato se cayó porque se me resbaló de la mano.
—Porque come demasiado —intervino la Condesa Irene sin mirar a Liora.
La frase cayó como un martillo.
El Conde Bernard asintió como si eso fuera suficiente como conclusión.
—Ya basta. No quiero oír excusas. Avergüenzas a esta familia todos los días, Liora. ¿Cuándo vas a comportarte como la hija de un Conde? Toma el ejemplo de tu hermana, Sera. Ella cuida su cuerpo y su imagen ante la nobleza. No como tú, que eres la vergüenza de esta familia.
Liora apretó los puños bajo la mesa. Sus uñas se clavaron en sus propias palmas. Quería hablar. Quería explicarse. Quería que, por una sola vez, alguien la escuchara.
Pero lo sabía.
Siempre lo supo.
En esa mesa, su voz nunca era escuchada.
Hasta que algo grande sucedió...
La noticia llegó cerca del mediodía, traída por un emisario del palacio con uniforme azul oscuro y el emblema imperial sobre el pecho.
Toda la familia Montclair se reunió en el salón principal. Los sirvientes permanecían al costado, con la cabeza gacha. El aire se sentía tenso, como si las viejas paredes también contuvieran el aliento.
—Por la presente —declaró el emisario en voz alta, desenrollando un pergamino—, por orden del Emperador Victor Aurelius, se anuncia el compromiso entre la Familia Montclair y la Familia Ravens.
El corazón de Liora latió con fuerza.
Ese nombre...
Imposible.
—La hija de la familia del Conde Montclair —continuó— será desposada por el Duque Alaric Ravens, Gran General Imperial.
La sala estalló en murmullos. La Condesa Irene se llevó la mano a la boca, fingiendo sorpresa. El Conde Bernard se levantó a medias de su silla, con el rostro tenso.
Sera giró la cabeza de inmediato, hacia Liora.
Su mirada era afilada. No de sorpresa.
Sino de... furia.
—Es un gran honor —dijo el Conde Bernard finalmente, con la voz temblorosa entre orgullo y miedo—. Nuestra hija...
—¿Qué hija? —lo interrumpió el emisario con educación pero firmeza—. El Emperador espera una respuesta inmediata.
Sera se puso de pie primero.
—Padre —dijo Sera con suavidad pero determinación—. Yo no puedo.
Todas las miradas se clavaron en ella.
—¿Qué quieres decir? —susurró la Condesa Irene, presa del pánico.
—No voy a casarme con un hombre conocido por su crueldad y frialdad —continuó Sera, con la voz clara—. Soy joven todavía. Tengo... miedo. Además, estoy ascendiendo en los círculos de la alta sociedad; no quiero desperdiciar todo mi esfuerzo para llegar hasta donde estoy.
El silencio envolvió la sala.
Liora sintió que las miradas se posaban sobre ella, una por una, como cuchillos apuntados sin necesidad de levantarlos.
El Conde Bernard giró la cabeza. Le tomó mucho tiempo pensar.
—Entonces —dijo el Conde finalmente, con la voz baja y grave—, Liora.
El nombre cayó como un veredicto.
—Tú te casarás con el Duque Alaric Ravens —sentenció el Conde Bernard.
El mundo de Liora pareció detenerse.
Se puso de pie despacio.
—¿Padre?
—No tienes opción —la cortó el Conde con frialdad—. Es una orden del Emperador. Y tú... al menos hazte útil por una vez. Paga lo que te costó criarte.
Sera esbozó una sonrisa fina.
Casi imperceptible.
Y por primera vez en ese día...
Liora Montclair sintió que la sangre le hervía por dentro.
Que pasara ?