Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 17
Milena no sabía esperar.
Patricia le había pedido calma, pero ver a varias señoras rodeando a Valenntina y elogiándole el vestido le revolvió el estómago.
Un mozo pasó con copas de vino.
Milena tomó dos.
—Cuñada —dijo con una sonrisa dulce—, ¿tenés sed?
Valenntina estaba charlando sin presentarse como esposa de Dante. Apenas Milena dijo "cuñada", las mujeres entendieron.
—Ah, usted es la nueva señora Alcorta.
—Qué belleza.
—Dante tiene buen gusto.
A Milena le salió mal el primer tiro. Probó otro.
—Mi cuñada creció en el campo, así que si no conoce alguna costumbre de estas reuniones, no se lo tomen a mal.
Las sonrisas cambiaron apenas.
Valenntina tomó la copa.
—Qué considerada.
—Este vino es una reserva del 82 que trajo mi hermano Iván desde una bodega francesa. Seguro nunca probaste algo así.
Mentira. La copa era de vino barato para servicio. Milena esperaba que Valenntina lo elogiara y después revelar el cambio.
Valenntina acercó la copa a la nariz. No bebió.
—¿Esto trajo Iván para el cumpleaños de su madre?
—Sí.
—Qué hijo tan poco filial. Hacer pasar este vino por una reserva del 82 es una falta de respeto.
Milena perdió la sonrisa.
—¿Qué querés decir?
Valenntina levantó la copa hacia la luz.
—El color tira a violeta. No pasa de tres años. Y mirá las partículas. Calidad baja.
—El buen vino conserva color vivo aunque tenga décadas.
—El buen vino. Esto no.
Milena apretó los dientes.
—Ay, creo que me equivoqué de copa. Voy a buscar la correcta.
—No hace falta. Justo tengo una botella decente. Si quieren, la probamos.
La señora Villar, famosa en ese círculo por su colección de vinos, se acercó interesada. Valenntina habló con ella de cosechas, regiones y añejamiento con una soltura que le borró la desconfianza.
Cuando trajeron la botella, Villar abrió los ojos.
—¿Es de la bodega Condi? El doctor Álvarez tenía dos en su cava y jamás quiso venderme una.
—Me la mandó él —dijo Valenntina—. Si le gusta, quédese con lo que queda.
—No podría...
Pero no soltó la copa.
Se quitó una pulsera de brillantes.
—No es gran cosa. Cuatro o cinco millones. Acepte esto, por favor.
Valenntina la tomó sin fingir modestia.
Milena casi se mordió la lengua. Una botella por una pulsera millonaria y encima una amistad útil. No podía permitirlo.
Fingió tropezar.
La copa de vino tinto voló hacia el vestido plateado de Valenntina.
Valenntina se movió medio paso.
Milena perdió el equilibrio y cayó al piso.
El vino no tocó a Valenntina.
Cayó entero sobre un hombre que acababa de entrar con traje blanco.
—¡Iván! —Milena se levantó desesperada—. No quise...
Iván Alcorta tenía el rostro, el cuello y el saco manchados de rojo. Aun así sonrió.
—No pasa nada. Es solo ropa.
Miró a Valenntina.
—Segunda cuñada, un gusto conocerla. Perdón por esta escena.
Luego saludó a los invitados, pidió disculpas por el accidente y fue a cambiarse.
Valenntina bebió un sorbo.
El hijo de Patricia no era fácil.
A las siete empezó la cena.
Patricia subió con Ricardo para agradecer a los invitados. Ella esperaba ser el centro. Ricardo tomó el micrófono y agregó:
—Además del cumpleaños de mi esposa, quiero compartir una alegría. Mi hijo Dante, tras años de enfermedad, se ha recuperado.
El salón se movió.
De golpe todos quisieron hablar con Dante. También con Valenntina. Patricia, Bruno e Iván quedaron al costado.
Valenntina se inclinó hacia su marido.
—Tenés demasiados chupamedias alrededor.
—Acostumbrate.
Las puertas del salón se abrieron de golpe.
Entraron dos personas vestidas como recién bajadas de un micro rural: una vieja de pelo gris y un hombre grandote de treinta y pico.
—Má, ¿seguro que Valen está acá? —dijo él, mirando las mesas—. Esto es carísimo.
—Es tu mujer. Si no está muerta, la encontramos.
El hombre señaló a Valenntina.
—¡Ahí está! ¡Mi mujer!
El salón quedó mudo.
La vieja quiso acercarse y tomarle la mano. Valenntina se apartó antes de que la tocara.
Dante se puso delante.
—¿Quiénes son?
El hombre lo miró con odio.
—¿Y vos quién sos para pararte tan cerca de mi mujer? Valen, estuvo mal que te pegara. Pero en el campo los hombres corrigen a la esposa. No podés abandonar a tu marido y a tu hijo por un cachetazo.
La vieja lloriqueó.
—Salí de la sierra por vos. Tu bebé te espera. ¿Tan cruel sos?
Los murmullos estallaron.
Ricardo se puso rojo.
—Decí la verdad. ¿Estuviste casada? ¿Tuviste un hijo?
Patricia metió veneno con voz suave.
—Qué vergüenza. Los Rojas nos engañaron.
Valenntina iba a hablar.
Dante le tomó la mano.
—No tengas miedo. Estoy acá.
La voz fue baja, cálida.
Cuando giró hacia los demás, su rostro era hielo.
—Vázquez.
El dueño del Club Dársena corrió.
—Señor Alcorta.
Dante señaló a los recién llegados.
—¿Así funciona la seguridad? ¿Cualquier estafador entra a mi evento?
No preguntó si mentían.
Los llamó estafadores.