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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El susto del fantasma

Todo empezó una noche de luna grande y viento suave, cuando las sombras se alargaban por el patio y los árboles parecían tener brazos que se movían solos. Eran pasadas las once, hora en que la calle de los Mangos suele quedarse en silencio, cuando de pronto se escuchó algo: un lamento largo, quejumbroso, que parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez. Sonaba como alguien que llora muy hondo, con voz entrecortada y temblorosa, y de vez en cuando soltaba un gemido tan agudo que hacía erizar la piel.

Doña Eustaquia, que ya estaba en cama medio dormida, se incorporó de un salto con el corazón a punto de salírsele por la boca. Se agarró de las sábanas y se quedó escuchando. Allí estaba otra vez: ¡uuuuu… uuuuu… ayyyy!

—¡Virgen Santa! —susurró, cruzándose tres veces seguidas—. ¡Es una alma en pena! ¡Una fantasma!

No perdió tiempo. Se envolvió en una manta, agarró su escoba —que para ella servía tanto para barrer como para defenderse— y salió al pasillo. Allí se encontró con Don Beto, que asomaba la cabeza por la puerta con la camisa desabotonada y el sombrero puesto encima del pijama, muy serio.

—¿Lo oyó, vecina? —le susurró—. Algo anda suelto por ahí. Parece… ¡parece que se queja!

—¡Se queja y grita! —respondió ella, temblando—. ¡Es una fantasma, Don Beto! ¡Seguro que vino a buscar algo que perdió aquí hace cien años!

En eso apareció el Charly, que bajaba las escaleras de puntillas con una linterna en una mano y un destornillador en la otra.

—Yo también lo escuché —dijo en voz baja—. Viene de cerca… del patio, creo. ¡Y a veces habla!

—¿Habla? —preguntó Doña Eustaquia, poniéndose detrás de Don Beto—. ¡Dios nos ampare! ¿Qué dice?

—No se entiende bien —respondió el Charly—. Parece que dice cosas como “¡ay, qué frío!” y “¡déjame en paz!”… o algo así.

El miedo se les metió en los huesos. La señorita Lidia salió también, temblando, con una vela encendida que se apagaba con cualquier soplo de aire. Los niños de la familia Pérez se asomaron todos juntos, agarrados de la bata de su madre, con los ojos muy abiertos y sin atreverse a respirar fuerte. Hasta Don Casimiro apareció, tranquilo como siempre, con los brazos cruzados y una media sonrisa.

—Vamos a ver qué es —dijo Don Beto, tratando de parecer valiente aunque le temblaba la voz—. ¡Yo voy primero! Soy el presidente. ¡Tengo que protegerlos!

Avanzó despacio hacia la puerta que daba al patio, seguido de todos en fila india, como si fueran a una procesión. El lamento se escuchaba cada vez más claro, más fuerte, más desgarrador. ¡Uuuuu… uuuuu…! Y luego, de pronto, una voz que decía con claridad:

—¡Ay, qué miedo! ¡Qué oscuro está todo!

Doña Eustaquia soltó un grito tan fuerte que se escuchó tres cuadras a la redonda.

—¡Hablan! ¡La fantasma nos habla! ¡Vamos a morir todos!

—¡Cálmense! —dijo Don Casimiro, dando un paso al frente—. No hay ningún fantasma. Esperen aquí.

Se acercó despacio al rincón más oscuro del patio, donde estaba el pozo de flores que habían hecho con el hoyo de Don Beto, y encendió la linterna que le dio el Charly. Apuntó hacia arriba, hacia la rama más gruesa del árbol de mango que daba sombra al lugar… y todos se quedaron con la boca abierta, sin saber si reír o enfadarse.

Allí estaba, posado muy tranquilo, con las alas medio abiertas y la cabeza ladeada, El Bocón, el loro de la familia Pérez. Tenía las plumas alborotadas, los ojos muy abiertos por el susto de verse solo en la oscuridad, y en cuanto vio la luz soltó otro lamento largo y desgarrador:

—¡Uuuuuu… uuuuu! ¡Ay, qué frío! ¡Déjame en paz! ¡Silencio, inútiles!

El silencio duró apenas un segundo. Y de pronto… ¡estalló la risa! Todos soltaron el aire que tenían retenido y se echaron a reír, unos agarrándose la barriga, otros secándose las lágrimas de risa, Doña Eustaquia apoyada en la pared llevándose la mano al pecho y riéndose sin poder parar.

—¡El loro! —decía entre risas—. ¡Era el loro todo el tiempo! ¡Me ha asustado más que un espantapájaros vivo!

Resultó que El Bocón, aprovechando que dejaron la ventana abierta, había salido a pasear por la tarde y luego se le hizo de noche. Se quedó dormido en la rama más alta y al despertar, viendo todo oscuro y silencioso, empezó a repetir todo lo que había escuchado en la televisión y en las conversaciones de los vecinos: lamentos, quejas, exclamaciones de miedo… todo mezclado y dicho con tono tan dramático que parecía un espíritu desconsolado.

—¡Vaya pájaro tan bromista! —dijo Don Beto, recuperando la compostura y guardándose el sombrero que se le había caído al suelo—. ¡Casi nos hace huir de nuestra propia casa!

Los niños subieron al árbol con cuidado, lo bajaron entre todos y lo llevaron adentro, regañándolo con cariño. El Bocón, muy orgulloso de su obra, se acomodó en su percha, sacudió las plumas, miró a todos con sus ojos redondos y brillantes, y soltó al despedirse:

—¡Buenas noches, miedosos!

Y desde aquella noche, nadie en la calle de los Mangos se asustaba por ruidos extraños. Si se escuchaba un lamento, un quejido o una voz que decía cosas raras a medianoche, todos se decían unos a otros con una sonrisa: “Tranquilo, que es El Bocón practicando de fantasma”.

Y el loro, que entendía más de lo que parecía, cada vez que alguien lo decía, movía la cola y soltaba una risita que sonaba casi humana… como si supiera perfectamente que había ganado la mejor broma de todas aquella noche.

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