"Él fue mi primer amor y yo el suyo, estuvimos juntos en nuestros peores y mejores momentos, sin embargo ahora me estaba cambiando por alguien más joven."
Karla nunca estuvo preparada para descubrir la infidelidad del hombre que consideraba el amor de su vida, y mucho menos para ser echada a la calle tras una vida entera de entrega. Por si fuera poco, el desprecio de sus propios hijos —al no encajar en su ideal de madre— termina de destrozar su mundo. Con el corazón roto y la vida en ruinas, Karla se encuentra en un punto de no retorno: dejar que el dolor la consuma o reunir las fuerzas para sanar y reconstruirse desde cero.
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Nunca los abandoné
Mientras trataba de consolar a Karina, Kian se acercó a nosotras. Sus ojitos estaban empañados de lágrimas y, aunque él no decía nada, podía ver el anhelo en su mirada, así que lo atraje hacia mí y también lo abracé con fuerza.
Los había extrañado tanto... aunque solo habían pasado semanas, se sentía como si hubieran transcurrido años desde la última vez que los vi.
— Mamita, mamita, te extrañé. Te extrañé mucho. No te vayas nunca. No me abandones —dijo Karina entre sollozos.
— Nunca los abandoné. Ustedes vieron todo, fue su padre el que me alejó de ustedes —susurré acariciando sus cabellos.
Karina, al escuchar mis palabras, enterró su carita en mis brazos.
— Él dijo que ya no nos querías. Dijo que no nos amabas y que querías quitarnos la casa —comentó con la voz rota—. Dijo que eras una mala madre y que nos iba a conseguir una más bonita.
— Lo siento —intervino Kian con la garganta oprimida—. Lo siento, mami. Perdóname.
— No hay nada que perdonar. Sé que actuaron así porque se dejaron manipular por su padre. Pero ya estamos juntos de nuevo —dije, separándome un poco para mirarlos a los ojos.
Al vernos, tanto Karina como Kian me miraron con una expresión tan vulnerable que me encogió el corazón, como si temieran que fuera a desaparecer.
— No nos dejes, mamá. Cristel es mala, me jaló el pelo y a Kian le botó su PlayStation. Dile, Kian. Dile todo lo que te hizo.
Al escuchar los reclamos de mi pequeña, sentí que la sangre me hervía en las venas. Cómo me habría gustado tener enfrente a esa mujer en ese instante para jalarle los cabellos tal como lo hizo con mi hija.
— No los voy a dejar. Ustedes se vienen conmigo —dije con firmeza mientras alzaba la mano para parar un taxi que pasaba por la calle.
Ante mis palabras, los niños me miraron con una chispa de absoluta dicha en los ojos.
— Voy a ser buena siempre contigo, mamá. Voy a hacer todas mis tareas y ya no dejaré botadas mis muñecas —prometió Karina con voz infantil—. Y Kian... Kian es perfecto —añadió con orgullo—. Así que debes comprarle otro Play. Pero si no quieres, no lo hagas... solo no nos lleves con papá. Él... es malo. Muy malo.
Sentí una mezcla agridulce al escuchar las promesas de mi hija, combinada con una rabia sorda hacia Armando. ¿Si no los iba a cuidar, para qué peleó por quedarse con ellos? Si solo planeaba maltratarlos, ¿por qué insistió tanto en ponerlos en mi contra?
Hizo que me despreciaran, pregonando que eran sus hijos y que los amaba, pero por lo visto su afecto tenía fecha de caducidad.
Cielos, ¿cómo pude ser tan ciega? Pensé que, por ser sangre de su sangre, él les daría prioridad y los protegería. Pero todo había sido parte de su retorcido plan. Tal vez pensó que, haciendo que los niños me aborrecieran, se libraría de enfrentar cualquier consecuencia o demanda. Si de todas formas iba a actuar así, al menos debió sostener la farsa de ser un padre amoroso hasta el final.
— Fui una estúpida —susurré para mí misma.
Yo no podía seguir siendo pasiva, no iba a permitir que me aplastaran más. Tomé la firme decisión de llevar a los niños con Regina, ponerlos a salvo y, al día siguiente, denunciar a Armando. No le daría el gusto de seguir manipulando la realidad a su antojo. Ya no podía seguir teniendo miedo ni esconderme como una cobarde.
Regina me miró con asombro en cuanto me vio llegar con mis hijos. No podía culparla; después de todo, no le había dicho que iría a buscarlos. Me dio un poco de vergüenza aparecer así, como si su casa fuera una especie de albergue.
— Tía Regina, ¿cómo estás? —la saludó Karina.
— Hola —saludó Kian con timidez.
Regina rápidamente se recuperó del impacto y esbozó una cálida sonrisa mientras le apretaba las mejillas a Karina.
— ¡Cuánto tiempo, pequeña! Estás más grande y más bella.
— No, yo todavía soy una chiquita —dijo Karina con su voz dulce—. No quiero crecer, quiero ser la princesa de mi mamá siempre.
Sonreí ante las ocurrencias de mi hija y luego les dije:
— Niños, vayan a lavarse las manos mientras su tía y yo les servimos el almuerzo.
Como los niños ya habían visitado antes el departamento de Regina, sabían con exactitud dónde estaba el baño, por lo que fueron sin ningún problema. Aproveché ese instante para hablar con ella a solas.
— Lo siento, Regina, por traerlos a tu casa. Pronto buscaré un lugar propio, pero por favor déjanos quedar aquí unos días. Ellos querían venir conmigo y simplemente no podía dejarlos allá.
— No te preocupes, Karla. Ya sabes que mi casa es tu casa —respondió de inmediato—. Es solo que me sorprendió un poco; no esperaba que te decidieras a ir por ellos hoy mismo. Pero ¿viste? Te dije que te querían. Solo era cuestión de darles tiempo para que abrieran los ojos.
Me mordí el labio, tratando de controlar mis emociones.
— Sabes... voy a denunciar a Armando. No sé cómo pude ser tan ciega para dejarme llevar por mis emociones y no ver la verdad detrás de toda su manipulación. Pensé que, como los niños dijeron no quererme y deseaban estar con su padre, todo estaría bien si él se los quedaba. Pero nada ha estado bien. Ellos han sido infelices y maltratados en mi ausencia.
Regina suspiró profundamente y me tomó de las manos. Su mirada de preocupación hizo que se me encogiera el estómago.
¿Qué estaba pasando?
— Karla, me alegra con el alma que tengas a tus hijos de regreso, y me indigna saber lo que esa mujer les hizo... pero tienes que pensar con la cabeza fría en este instante —me dijo con voz firme pero pausada.
— ¿A qué te refieres? —pregunté, parecía qué de algo me estaba perdiendo así que espere a que ella me explicará lo que estaba pasando.
— Te los llevaste de la escuela sin avisar. Si no actuamos rápido, ese infeliz va a ir a la policía a acusarte de secuestro de menores. Y con lo manipulador que es, las autoridades le van a creer a él si tú te quedas de brazos cruzados.
¿Cómo que secuestro?
— Yo... yo solo quería protegerlos, Regina. No me los estoy robando, soy su madre.
— Lo sé, Karlita, y la ley también lo sabrá, pero solo si jugamos bien nuestras cartas —continuó Regina, apretando mis manos con cariño—. Lo primero que vas a hacer es mandarle un mensaje a Armando. Dile claramente que los niños están contigo, que están bien y que te los llevaste porque los niños te confesaron el maltrato de Cristel. Que no te estás escondiendo. Así dejas una prueba por escrito de que no hay ningún secuestro.
Asentí rápidamente, sacando mi celular con las manos temblorosas mientras le escribía a ese bastardo.
— ¿Y después? ¿Qué hago?
— Ahora es tarde, pero, mañana, a primera hora, no vamos a esperar a que él reaccione. Vamos a ir directo a la fiscalía a poner la denuncia por violencia contra los niños y a pedir la custodia temporal de emergencia. Armando es un cobarde manipulador, Karla, pero si la ley ve que tú diste el primer paso para proteger a tus hijos, no va a tener oportunidad de seguir con su plan.
Armando y Cristel que quieren ahora 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓❓
Ahora llegará acompañada de Johan y Armando se agarrará de allí veremos qué pasará en la fiscalía.
Karla lo mejor que te ha pasado es haber salido de ese parásito bueno para nada tienes ahora a tus hijos, a Johan que te está conquistando y de paso te ganas la lotería mejor imposible.
Karla se acaba de ganar la lotería ya tiene el dinero para montar su propio taller, comprar una casa y darle una buena vida a sus hijos.