Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Capítulo 22
Dante me miró como si mi pánico le diera risa.
—No van a estar todos.
—¿No?
—Sólo mis papás.
Parpadeé.
—¿Tus papás no viven en la casa familiar?
—A veces. Pero la mayor parte del tiempo están en su casa.
—¿Por qué?
—Porque les gusta estar solos.
Tardé un segundo en entender.
—Ah.
Dante levantó una ceja.
—¿Ah?
—Nada. Es bonito.
Mis papás no sabían estar solos sin pelear, sin hablar de dinero, sin meter a Lorena en medio de todo.
La idea de dos personas casadas que seguían queriendo tener su propio espacio juntas me pareció extraña.
Bonita, sí.
Pero extraña.
—Dante.
—Dime.
—¿Tus papás me van a mirar raro?
Él dejó de acomodar los medicamentos en la bolsa.
—¿Por qué lo harían?
—Por lo de Lorena. Por la boda. Por... todo.
Me mordí el labio.
—Mis papás me pusieron en su lugar. No sé si los tuyos sienten que les dieron a la hija equivocada.
Dante me miró fijo.
—Si tuvieran algo que decir, ya lo habrían dicho.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
—Qué seguridad.
—No te inventes enemigos antes de verlos.
Me quedé callada.
No sonó cruel.
Sonó práctico.
Como él.
—A veces las cosas que más te pesan no existen fuera de tu cabeza —agregó.
Me molestó un poco que tuviera razón.
La boda me cayó encima tan rápido que yo seguía sintiéndome intrusa en todas partes: en su casa, en su cama, en su apellido.
Tal vez por eso pensaba que los demás también me veían así.
Respiré hondo.
—Está bien. Vamos.
Dante me sostuvo la puerta al salir.
Después del hospital, manejó directo a Las Lomas.
La casa de sus padres era elegante sin gritarlo. Piedra clara, jardín cuidado, ventanales grandes, bugambilias a un lado de la entrada. Nada de exceso. Nada de oro por todos lados.
Eso la hacía más cara.
Obvio.
Apenas entramos, un hombre mayor salió a recibirnos.
—Señor Dante.
Luego me miró con una sonrisa amable.
—Señora Ximena.
Todavía me costaba acostumbrarme a eso.
—Buenas tardes.
Desde la escalera bajó Elena, la mamá de Dante.
Traía ropa cómoda, el cabello recogido y una cara tan tranquila que de inmediato entendí de dónde había sacado Dante esa forma de ocupar un lugar sin hacer ruido.
—Ya llegaron.
—Mamá —dijo Dante.
Yo me enderecé.
—Mamá.
La palabra me salió un poco torpe.
Elena sonrió como si no hubiera notado nada.
Se acercó y me tomó las manos.
—Dante me dijo lo de la alergia. ¿Cómo estás, mi niña?
Mi niña.
Dos palabras.
Y me desarmaron más de lo que quería admitir.
—Ya estoy bien. Gracias.
—Me asusté cuando me dijo que pasaste la noche en el hospital. Quise ir, pero tu esposo dijo que ya te iban a dar de alta. Por eso le pedí que te trajera, para verte con mis propios ojos.
Me apretó la mano.
Su preocupación no sonaba actuada.
No sonaba a compromiso.
Sonaba a mamá.
Y eso me dejó un hueco raro en el pecho.
—Gracias —repetí.
—No me agradezcas. Somos familia.
Familia.
En la casa Robles esa palabra siempre venía con condiciones.
Aquí, Elena la dijo como si fuera algo simple.
Como si yo ya estuviera dentro.
Dante nos miró un segundo y luego apartó la vista.
Elena me llevó hacia la sala.
—Cuéntame, ¿cómo te ha ido estos días con mi hijo?
Sentí a Dante detrás de mí.
—Bien.
—¿Bien nada más?
—Más o menos bien.
Elena se rió.
—Yo conozco a mi hijo. Es serio, terco y algo aburrido.
Miré a Dante sin querer.
Sólo un segundo.
Grave error.
Él lo notó.
—¿Algo aburrido? —preguntó.
—Yo no dije nada.
—Lo pensaste.
—No puedo controlar lo que piensas que pienso.
Elena soltó una carcajada suave.
—Ay, me gusta. Te hace falta alguien que te conteste, hijo.
Dante no respondió.
Pero su mirada se quedó en mí con esa seriedad que me hacía sentir calor en la nuca.
Elena me acarició el dorso de la mano.
—¿Te ha tratado bien?
—Sí.
—Si te molesta, me dices.
Volví a mirar a Dante.
Sus ojos se estrecharon apenas.
—¿Sí puedo?
—Claro —dijo Elena—. Yo lo regaño.
—Entonces le aviso.
—Muy bien.
Dante suspiró por la nariz, resignado.
No se metió.
Como si supiera que era batalla perdida.
Comimos los cuatro cuando Ricardo, su papá, volvió del estudio.
Ricardo Montalvo era más serio que Elena, pero no frío. Me preguntó por mi salud, por mi trabajo en Robles Diseño y por el proyecto que tenía entre manos. Escuchaba de verdad. No como mi papá, que preguntaba sólo para usar la respuesta después.
La mesa estuvo tranquila.
Demasiado tranquila para mí.
Elena me servía pequeñas porciones en el plato.
—Prueba esto, está suave para tu estómago.
—Gracias.
—Y esto también. No tiene tanto chile.
Dante levantó la vista.
—A Ximena le gusta el chile.
Me quedé con el tenedor a medio camino.
Elena sonrió.
—¿Ah, sí?
—Sí —dijo él—. Pero hoy mejor no.
Mi pecho hizo esa cosa otra vez.
Otra vez no le puse nombre.
Elena me miró con una ternura que me dio vergüenza.
—Siempre quise una hija. Una niña bonita, dulce, con quien platicar de estas cosas.
Bajé la mirada.
—Pero mi hijo, al menos, hizo algo bien y me trajo una nuera preciosa.
Se me cerró la garganta.
No sabía dónde poner las manos.
No sabía cómo recibir cariño sin sentir que en cualquier momento alguien iba a quitármelo.
—Una nuera también es hija —dijo Elena—. Aquí tienes lugar.
Asentí.
Si hablaba, se me iba a notar demasiado.
Después de comer, Dante y Ricardo se fueron al estudio a hablar de la empresa. Elena y yo nos quedamos en la sala.
Hablamos de mi trabajo.
De diseño.
De cafés en la ciudad.
De comida picante.
De cosas pequeñas.
Normales.
Me gustó.
Me gustó tanto que me dio miedo.
Cuando Dante salió del estudio, ya era tarde.
Me vio en el sofá.
—Vamos.
Asentí por reflejo.
—Sí.
Elena frunció los labios.
—¿No se quedan a dormir?
Dante tomó mi bolsa de medicamentos.
—No vamos a interrumpir su vida de pareja.
—Qué vida de pareja ni qué nada. Tu papá y yo ya somos un matrimonio viejo.
Ricardo, desde el pasillo, dijo:
—Habla por ti.
Elena volteó a verlo.
—Ricardo.
Él levantó las manos, serio.
Pero se le veía la risa.
Yo tuve que morderme el labio para no reírme.
Dante ni parpadeó.
—Nos vamos.
Elena me abrazó antes de salir.
Un abrazo corto.
Cálido.
—Vuelve cuando quieras, Yuyu.
Me quedé quieta un segundo.
Luego la abracé también.
—Sí. Me gustaría.
Cuando subimos al coche y salimos de Las Lomas, me quedé mirando por la ventana.
No quería admitirlo, pero me daba pena irme.
Esa casa se sentía ligera.
No perfecta.
Ligera.
Como si nadie estuviera esperando que yo fallara.
Dante manejaba en silencio.
—No quieres volver —dijo.
—Sí quiero.
—No parece.
—Sólo pensé que tus papás son muy buenos.
Él tardó un segundo en contestar.
—Te equivocas.
Lo miré.
—¿En qué?
—Ahora también son tus papás.
Sentí un golpe suave en el pecho.
Dante giró apenas la cabeza.
—Somos esposos. Mis padres también son los tuyos.
No supe qué decir.
La ciudad pasaba afuera, llena de luces y tráfico, y yo sólo podía mirar el perfil de Dante.
Tan serio.
Tan firme.
Como si no entendiera el tamaño de las cosas que decía.
Unos minutos después, se estacionó frente a un supermercado.
—¿Qué vas a comprar? —pregunté.
—Preservativos.
Me quedé tiesa.
—¿Qué?
—Preservativos.
Lo dijo igual que si hubiera dicho agua mineral.
—Dante.
—Para estar preparados.
La cara se me calentó.
—No tienes que decirlo así.
—¿Cómo quieres que lo diga?
No tenía respuesta.
Obvio.
Me acomodé el cinturón aunque no hacía falta.
—Hablando en serio —dije—. ¿No te molesta que no quiera embarazarme?
Dante dejó una mano sobre el volante.
—No.
—¿Nada?
—Acabamos de casarnos. Nuestra relación todavía está acomodándose. No sería responsable tener un hijo ahora.
Lo miré.
—Además —agregó—, yo tampoco estoy listo para ser padre.
No esperaba eso.
Pensé que un hombre como él, con apellido, empresa, familia y todo ese mundo encima, vería a un hijo como obligación.
Como heredero.
Como siguiente paso.
—Pensé que ibas a quererlo pronto —dije.
—¿Por qué?
—Por tu familia.
—Mi familia no carga el embarazo.
La frase me dejó callada.
Dante me miró de frente.
—Tu cuerpo es tuyo. Si algún día quieres hijos, lo hablamos. Si no es el momento, no es el momento.
Se me aflojó algo por dentro.
—No es que no quiera nunca.
—Lo sé.
—Sólo no ahora.
—Entonces no ahora.
Así de simple.
Me bajó la mirada a las manos.
Sentí las orejas calientes.
Dante abrió la puerta.
—No me tardo.
Entró al supermercado.
Volvió pocos minutos después con una bolsa.
La dejó sobre mis piernas.
—Guárdala.
—¿Por qué yo?
—Porque tú estás sentada ahí.
Abrí la bolsa.
Vi las cajas.
Muchas cajas.
Demasiadas cajas.
Cerré la bolsa de golpe.
—¿Por qué compraste tantas?
Dante encendió el coche.
—No son tantas.
—Dante, parece que quieres sobrevivir a un apagón mundial.
—Una caja puede irse en una noche.
Me atraganté con aire.
—¿Una caja?
—Cinco o seis.
—¿Cinco o seis qué?
Me miró.
No necesitaba responder.
Mi cuerpo entendió.
Mi cara también, porque empezó a arder.
—Eso es demasiado.
Dante frunció el ceño.
—¿Te parece demasiado?
—Para una noche, sí.
La mandíbula se le tensó un poco.
Ay, no.
Lo dije mal.
Él lo estaba tomando como reto.
—Anoche fueron seis —dijo.
Yo quise abrir la puerta y bajarme del coche en movimiento.
—No tienes que contarlas.
—Tú dijiste que era demasiado.
—Porque lo es.
—Entonces hoy probamos.
Me quedé muda.
Dante puso el coche en marcha con toda la tranquilidad del mundo.
Como si no acabara de decir que esta noche iba a comprobar cuántos condones podía gastar conmigo.
Yo miré la bolsa sobre mis piernas.
Sentí calor.
Miedo.
Y una vergüenza horrible, porque debajo de todo eso también sentí curiosidad.
Cuando llegamos a casa, la medicina empezó a pesarme en el cuerpo.
Me dio sueño.
Mucho.
—Voy a subir —dije—. Quiero descansar.
Dante tomó la bolsa del supermercado y mis medicamentos.
—Subo contigo.
Me detuve en la escalera.
—¿No vas a la empresa?
—No.
—¿No tienes trabajo?
—Me di el día.
Claro.
El jefe pidiéndose permiso a sí mismo.
Qué cómodo.
Entramos a la recámara.
Dante dejó las bolsas sobre una mesa, cerró las cortinas y se quitó el saco negro.
Yo retrocedí un paso.
—¿Qué haces?
Él volteó.
Me miró.
Luego miró su saco.
—Quitármelo.
—Ya vi.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
Porque mi mente estaba dañada.
Porque después de hablar de condones durante medio camino, verlo quitarse ropa en la recámara no parecía inocente.
Dante dejó el saco sobre el sillón y se aflojó el cuello de la camisa.
El botón abierto mostró un poco de piel.
Sólo un poco.
Suficiente para que yo tragara saliva.
—Anoche casi no dormí —dijo—. Voy a descansar.
—Ah.
Qué brillante respuesta.
—¿Qué pensaste?
—Nada.
—Ximena.
—Que ibas a... no sé.
La esquina de su boca subió apenas.
—Sólo voy a dormir.
—Está bien.
—Si hacemos algo, será en la noche.
Me tapé la cara con una mano.
—La segunda frase sobraba.
—No para mí.
Lo peor fue que lo dijo serio.
Se sentó en la cama y se quitó los zapatos.
Yo seguí de pie, intentando recordar cómo se actuaba normal.
Él se acostó primero, levantó la sábana y me miró.
—Ven.
—Puedo dormir en otro lado.
—No.
—Estoy enferma.
—Por eso vas a dormir aquí.
No tenía sentido discutir.
Me quité los zapatos y me acosté del otro lado, dejando un espacio prudente entre los dos.
Dante miró ese espacio.
Luego tomó mi muñeca.
—¿Qué haces tan lejos?
—Dormir.
Me jaló hacia él con una facilidad ridícula.
Mi cuerpo terminó contra el suyo.
Pecho.
Brazos.
Muslo.
Demasiado Dante por todas partes.
—Así te cubre la sábana —dijo.
—Claro. La sábana.
—Exacto.
Su brazo me rodeó la cintura.
No apretaba.
Pero me dejaba donde él quería.
Y mi corazón, inútil, empezó a correr.
Su perfume me llenó la nariz.
Cedro.
Jabón.
Algo suyo, limpio y caliente.
Cerré los ojos.
Mala idea.
Con los ojos cerrados, sentí más.
Su respiración en mi cabello.
Su mano quieta sobre mi abdomen.
El calor de su cuerpo metiéndose bajo mi ropa.
—Dante.
—Duerme.
—Tu mano.
—¿Qué tiene?
—Está muy...
No terminé.
Muy cerca.
Muy cómoda.
Muy peligrosa.
Dante no la movió.
—Duerme, Ximena.
Su voz me rozó la nuca.
Me dio un escalofrío.
Me quedé quieta, tratando de obedecer.
Dante bajó la mirada hacia ella.
Ximena estaba entre sus brazos, rígida al principio, pero su cuerpo iba soltándose poco a poco por el cansancio y la medicina.
Tenía la cara todavía pálida por la alergia, los labios más rojos de lo normal y las pestañas temblando cada vez que él respiraba cerca.
Dante la sostuvo con más cuidado del que le pedía el cuerpo.
Porque el cuerpo le pedía otra cosa.
Le pedía besarla.
Tocarla.
Recordarle exactamente por qué ella se había puesto roja en el coche cuando habló de una caja entera.
La noche anterior volvió a él sin permiso.
Ximena debajo de su cuerpo.
Las mejillas encendidas.
Los ojos húmedos.
Las manos aferradas a sus hombros.
Su voz quebrándose cuando dejó de fingir que no lo deseaba.
Dante tragó saliva.
Su mano se cerró apenas sobre la cintura de ella.
Ximena abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
Dante no contestó.
Bajó la cabeza.
Y la besó.