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Casada con el tío millonario de mi ex

Casada con el tío millonario de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / La mimada del jefe / Enfermizo / Amante arrepentido / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:694.2k
Nilai: 4.8
nombre de autor: Dupi

A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.

Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».

Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**

Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.

Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.

Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.

La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».

Se equivocaron con la mujer.

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Capítulo 24

Capítulo 24: ¿Quién se metió en la cama de quién?

Con Max otra vez de viaje, yo me dediqué a lo mío.

Había empezado a tomar encargos de joyería por mi cuenta, en secreto, sin tocar un solo peso de él. Diseños pequeños para clientas que me llegaban de boca en boca, gracias a Vale, que me promocionaba en el café como si yo fuera la próxima gran cosa. No era mucho dinero. Pero era mío, ganado con mis manos, y con eso —solo con eso— fui a la joyería de Polanco a recoger lo que llevaba semanas apartando: una piedra de diamante de color, en bruto, y un rubí pequeño. La materia prima de los anillos de enredadera que pensaba hacerle a Max.

Para mí, esas dos piedras valían más que todo el escaparate. Las había elegido yo, las iba a tallar yo, y un día las pondría yo misma en sus dedos y en los míos.

Estaba en el mostrador, contando mis billetes con el cuidado de quien sabe lo que cuesta cada uno, cuando una voz dulzona me heló la nuca.

—¿Renata? ¡Qué casualidad!

Daniela. Y, detrás de ella, Patricia, con su bolso de marca y su gesto de siempre, ese de oler algo desagradable.

—Mira nada más —dijo Patricia, acercándose al mostrador—. La señora Lazcano, comprando piedritas. —Posó los ojos en mi diamante de color, que el dependiente había sacado sobre un paño negro, y algo se le encendió en la cara: la codicia—. Qué bonita. Justo andábamos buscando un regalo para mi cumpleaños. ¿Verdad, Daniela?

—Preciosa —ronroneó Daniela, tomando la piedra del paño sin pedir permiso, sopesándola en la mano—. Hermana, tú que ahora nadas en dinero del licenciado, no vas a extrañar una piedra. Déjanosla para el regalo de mamá. Sería un bonito gesto. Para limar asperezas.

Era la primera vez que las veía desde la boda doble, y se notaba que la humillación de aquel día no se les había olvidado. La traían atravesada. Yo, en cambio, estaba demasiado entera para que me hicieran mella; tenía mis dos piedras, mi proyecto secreto, y un hombre que me besaba el oído malo. Eso me hacía intocable, o eso creí esa mañana.

—Esa piedra ya está pagada. Es mía —dije, tranquila, y estiré la mano—. Devuélvemela.

El dependiente, incómodo, intervino:

—En efecto, señoras, la pieza está apartada y liquidada por la señora Lazcano. Si gustan, puedo mostrarles otras de la vitrina…

—Nosotras queremos esa —lo cortó Patricia, sin mirarlo, con el desprecio con que la gente como ella trata a quien le sirve—. Y usted no se meta, que estamos en familia.

En familia. Casi me reí. Esa palabra, en su boca, siempre había sido una correa.

Daniela no la soltó. Patricia se acercó más, bajando la voz para que el dependiente no oyera, pero no tanto como para que no oyeran los otros clientes.

—No te hagas la digna, Renata. Toda la vida viviendo de lo que esta familia te dio, y ahora de lo que te da un hombre al que le calentaste la cama. —Sonrió con desprecio—. Una trepadora no debería encariñarse con las cosas. Hoy las tienes, mañana no. Aprende a compartir, no sea que el licenciado se canse de ti.

Trepadora. La que se trepa, la que usa la cama para subir. Esperé sentir el viejo encogimiento. No vino. En su lugar me salió, calmada y clarísima, una pregunta que llevaba años guardada:

—¿Trepadora yo? —Miré a Daniela, que seguía con mi piedra en el puño—. A ver, aclaremos, porque siempre se confunden. En esta familia, ¿quién se metió en la cama de quién? Porque hasta donde recuerdo, yo tenía un prometido, y fue tu hija —miré a Patricia— la que se le metió en la cama mientras yo me probaba el vestido de novia. Así que, de trepadoras, mejor no hablemos. No vaya a ser que la lista nos salga larga y con nombre.

A Daniela se le descompuso la cara. Unas clientas, cerca, fingieron mirar vitrinas sin perder palabra.

Patricia se puso roja de rabia. Y, como no tenía argumentos, recurrió a lo único que esa mujer sabía hacer cuando se quedaba sin razón: levantó la mano y me cruzó la cara de una bofetada.

El golpe me volteó la cara. El oído izquierdo estalló en su zumbido blanco, y por un segundo la joyería entera se hundió bajo el agua. Me llevé la mano a la mejilla, más por el aturdimiento que por el dolor.

—¡Malagradecida! —chilló Patricia, ya sin disimulo, para todo el local—. ¡Te dimos todo y así pagas! ¡Una arrimada siempre será una arrimada!

Y entonces, desde la puerta, una voz cortó el aire como un cuchillo.

—Repítalo.

Max.

No se suponía que estuviera en el país. Pero ahí estaba, en el umbral de la joyería, con el abrigo todavía puesto, y una expresión que hizo que el dependiente diera un paso atrás. Cruzó el local en cuatro zancadas, me apartó la mano de la mejilla con una delicadeza que contrastaba con el hielo de sus ojos, y me examinó la marca roja que ya me ardía en la cara.

—¿Te pegó? —Su voz era muy baja. Demasiado baja.

—Estoy bien —dije por costumbre, y enseguida me corregí, porque lo habíamos hablado—. Me duele. Sí me pegó.

Algo se le tensó en la mandíbula. Se volvió hacia Patricia y Daniela, que de pronto habían perdido todo el aplomo, y habló alto, claro, para que lo oyera cada persona de esa joyería y cada chisme que de ahí saliera.

—Ya que tanto les gusta el cuento de la trepadora, déjenme contarles cómo fue de verdad. —Me pasó un brazo por los hombros, pegándome a su costado—. Fui yo quien se metió en la cama de Renata, y no al revés. Fui yo quien le pidió a mi padre que arreglara este matrimonio. Fui yo quien la persiguió, quien la quiso desde antes de que ella supiera mi nombre. Ella no trepó a ningún lado. Yo bajé a buscarla, que es muy distinto. —Endureció la voz—. Así que la próxima vez que alguna de las dos le levante la mano o la voz a mi esposa, no se las van a ver con Renata. Se las van a ver conmigo. Y yo, señoras, no doy bofetadas. Doy demandas, embargos y quiebras. Pregúntenle a su contador qué tan caro les saldría.

El silencio en la joyería era absoluto. Las clientas ya ni disimulaban; un par de ellas tenían el celular en la mano, y yo supe, sin necesidad de oírlo, que aquello andaría en redes antes del anochecer: el magnate Lazcano declarando, en plena tienda de Polanco, que él había perseguido a su esposa, que él se había "metido en su cama", desmontando de un plumazo el cuento de la trepadora. En el mundo de las apariencias, donde los Bracamonte habían reinado a costa mía, acababan de quedar en ridículo con sus propias armas.

Patricia abrió la boca. No le salió nada. Daniela dejó mi piedra sobre el mostrador con dedos temblorosos, como si de pronto le quemara, y por un instante, debajo de su carita de víctima, asomó otra cosa: el cálculo. La estaba viendo medir, ya, cómo cobrársela. Pero a mí, con la mejilla ardiendo y el brazo de Max sosteniéndome, no me importó. Que calculara. Esa tarde había perdido, y delante de testigos.

Max recogió él mismo el diamante de color y el rubí, los guardó en su cajita, y me los puso en la mano cerrándome los dedos encima.

—Tus piedras —dijo, ya solo para mí, en voz baja, con una suavidad nueva—. Nadie te quita lo que es tuyo. Nunca más. ¿Me oíste? Nunca más.

Me sacó de la joyería con el brazo encima de mis hombros, dejando a las dos mujeres clavadas en el piso de mármol bajo la mirada de medio Polanco.

Ya en el coche, todavía temblando un poco, me atreví a decir lo que me daba vueltas:

—Lo que dijiste ahí dentro… que tú te metiste en mi cama, que obligaste a tu padre… no es verdad. Tú no me obligaste a nada. Fui yo la que aceptó.

—Ya lo sé. —Me acomodó el hielo sobre el pómulo, sin mirarme, concentrado en la tarea—. Pero a ti te decían trepadora, te decían que usaste la cama para subir. Esa historia, si la dejas correr, se te pega para siempre; lo sé porque en mi mundo las etiquetas matan. Así que se las cambié. Ahora la historia es que el magnate Lazcano persiguió a una mujer que no le hacía caso. Esa sí te conviene. —Por fin me miró—. Que el villano del cuento sea yo. A mí no me pueden hacer daño con eso. A ti sí.

Me quedé sin palabras. Había mentido en público, se había puesto él de cazador y a mí de presa codiciada, no por orgullo, sino para blindarme a mí. Para que ninguna lengua viperina volviera a llamarme trepadora. Cargaba con la peor parte del cuento para dejarme a mí la mejor.

—¿Por qué haces estas cosas? —murmuré—. Nadie hace estas cosas por mí.

—Acostúmbrate —dijo, con esa media sonrisa rara—. Te lo advertí en la terraza.

Después, mientras el coche enfilaba a Villa del Roble, le pregunté por qué había vuelto antes de tiempo.

—No volví —dijo, mirando por la ventana con una calma que no me gustó nada—. Adelanté una cosa. Quiero invitar a los Bracamonte a la casa. A todos. A cenar. —Una sombra de sonrisa, fría como el filo de un cuchillo—. Ya es hora de que tu familia y yo tengamos una conversación pendiente.

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blanca ayala fernandez
yo les puse cara, al menos a Max...actor chino, CHEN SI
Yiyita Calderón
o por seguir la corriente por el abuelo
Yiyita Calderón
escritora cada vez muestras protagonistas sin criterio,din cerebro
Yiyita Calderón
Raquel Riera,con todo respeto que tiene el sexo? si aquí no se describe,me gusta y a muchas que somos selectivas,porque éso se hace en intimidad y ahí está bien,me gusta por éso.
Xochitl Rayas
Es muy buena faltó un bebé el crecer mas
Laura Puente
Hay !!...Cosito me en, cantas Max eres lo Maximo
Laura Puente
mira tú... que desgraciada esta🐍🐍
Edith Valenzuela
al fin!!!!! se encontraron y se reafirma el amor entre los dos
Edith Valenzuela
hora de hacer desaparecer a Patricio, Daniela y Aurora, basta de tanta maldad, que está pobre protagonista tenga un poco de felicidad por favor!!!!!!
Edith Valenzuela
al fin la protagonista reacciona y pueden estar con la verdad,
Edith Valenzuela
muy idiota está protagonista, sabe que Patricio no es de fiar y se va con él a buscar explicación , si el único que se las puede dar es Max, es muy idiota
Laura Puente
jajaja 😂😂
yo si quiero...no sé tú 😂😂
Laura Puente
tu muy bien Max
Laura Puente
le ha hecho varias piezas
Edith Valenzuela
el personaje no aprende, prometió no ocultar nada a Max y vuelve hacerlo,
Laura Puente
ese tío de personas suele contener muchas desgracias por tristeza o por rencor
Maria Cerdán
Renata, no eres más estúpida porque no prácticas nomás, muy empoderada pero solo de la boca para afuera porque te llevan de las narices como quieren y ahí vas cómo borrego al matadero y luego Max termina siendo tu chivo expiatorio porque te dejas llenar la cabeza de paja. y más sabiendo cómo te trató Patricio durante su relación y convengamos también que te dejabas pisotear por una pizca de atención. La que tendría que ir al psiquiatra eres tu a ver si te acomodan ese cerebro de estopa que tienes.
Yiyita Calderón: Qué churrazo! por favor escritora,ya para de tantas tonterías,uno gastando el tiempo aquí y tú con tus absurdos! yaaa por favor
total 1 replies
Laura Puente
Este chaval si que destila 🐍
Laura Puente
changos...está si que está re loca 😲
Laura Puente
yo quiero un Max como ese 😘
Yiyita Calderón: ...ni con lupa creo que se encuentre 🤭🫣
total 1 replies
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