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Capítulo 6
Capítulo 6 — Sofía intenta quedarse con la casa
Al día siguiente, Valeria Montes volvió a la villa con una empresa de mudanzas y un equipo de limpieza contratados a su nombre.
La familia de Ricardo Salazar ya se había marchado —Adrián Del Valle se había asegurado de eso durante la noche—, pero habían dejado la casa hecha un desastre: colchones tirados, cajas a medio vaciar, manchas de grasa en las paredes de la cocina, el olor rancio de dos meses de ocupación. Valeria Montes recorrió cada habitación con una libreta en la mano, dando instrucciones precisas.
—Todo lo que no sea mío, fuera. Los muebles que dejaron, a la calle. Las cortinas, cámbienlas. Que el equipo de limpieza friegue de arriba abajo. Quiero que no quede ni un rastro de que estuvieron aquí.
Ni un rastro, pensó. Ni de ellos, ni de nadie. Aquella casa había sido comprada como su regalo de bodas, un regalo que en tres años nunca había disfrutado. Ahora sería suya de otro modo: no como esposa, sino como madre y como estratega.
Mientras los operarios trabajaban, sonó su teléfono. Adrián Del Valle.
—Vale, ¿ya estás instalándote? Perfecto. —Su voz sonaba apresurada, con ese timbre falsamente cálido que ella había aprendido a descifrar—. Oye, me surgió un asunto de la empresa, tengo que salir de la ciudad un par de días. Cuídate mucho, ¿sí? No cargues nada pesado. Cualquier cosa, llama a la señora Aguilar.
—Claro —respondió ella con dulzura—. Ve tranquilo. Yo me arreglo.
Un asunto de la empresa. Sabía perfectamente qué asunto tenía nombre de mujer y dormía en un hotel de cinco estrellas. Que fuera. Cada hora que él pasaba corriendo a consolar a Sofía Mendoza era una hora en que dejaba de vigilarla a ella.
Colgó y siguió con lo suyo.
Cuando cayó la tarde, la villa relucía. Los operarios se marcharon, el silencio volvió a ser el silencio caro de antes, y Valeria Montes, cansada pero satisfecha, decidió caminar de vuelta al hospital para recoger unas cosas del consultorio. El médico le había recomendado paseos suaves; y además necesitaba pensar.
El condominio era de esos donde las villas se alineaban tras muros bajos de piedra y setos podados con precisión. Caminaba despacio, con una mano en el vientre todavía plano, cuando al pasar frente a la casa vecina —una que ella creía deshabitada— un movimiento junto a la reja la hizo levantar la vista.
Un hombre bajaba de un auto negro. Alto, de hombros anchos bajo un abrigo oscuro, el porte de alguien acostumbrado a que el mundo se ordene a su alrededor. Se giró para cerrar la portezuela y la luz del atardecer le dio de lleno en el rostro.
Valeria Montes se quedó sin aire.
Cinco años. Cinco años sin verlo, y el corazón le dio el mismo vuelco de la primera vez, en un aula donde ella era apenas una estudiante y él, el profesor más joven y más brillante que había pisado esa facultad.
Gabriel Ferrer.
Su mentor. El hombre que la había elegido a ella, y solo a ella, como su discípula. El hombre a quien había traicionado hacía cinco años cuando, en lugar de seguirlo al extranjero para especializarse, se había quedado con Adrián Del Valle.
El pánico le subió por la garganta. Bajó la cabeza de golpe y aceleró el paso, rezando por volverse invisible, por que él no la reconociera, por poder simplemente desaparecer con su vergüenza a cuestas.
—Valeria Montes.
La voz la clavó en el sitio. Grave, serena, inconfundible. La misma con la que años atrás le había explicado el trazado de una arteria como si le revelara un secreto del universo.
Se detuvo. Se giró despacio.
Gabriel Ferrer la miraba desde la reja, sin sorpresa, casi como si la hubiera estado esperando. No sonreía —él casi nunca sonreía—, pero había algo en sus ojos oscuros, una atención concentrada y total, que la hizo sentirse a la vez descubierta y, extrañamente, a salvo.
—Profesor Ferrer —logró decir. La voz le salió más pequeña de lo que hubiera querido—. Usted… ¿regresó al país?
—Hace poco. —Cerró la reja tras de sí y avanzó unos pasos, sin prisa—. Vivo aquí ahora. —Su mirada bajó un instante hacia la mano que ella, sin darse cuenta, mantenía apoyada sobre el vientre, y volvió a subir a su rostro—. Casualidad que seamos vecinos.
Casualidad, repitió ella para sus adentros, y por algún motivo la palabra le sonó extraña en su boca, como una pieza que no terminaba de encajar.
—Yo… me acabo de mudar a la de al lado —dijo, y de inmediato sintió la punzada de la culpa, vieja y afilada—. Profesor, respecto a lo de hace cinco años, yo…
—No hace falta. —Él la interrumpió con suavidad, pero había una firmeza debajo que no admitía réplica. La estudió un segundo más—. Te ves cansada, doctora Montes. Y más delgada de lo que deberías.
Que la llamara doctora Montes —con ese respeto que reconocía en ella a la profesional y no a la esposa de nadie— le apretó el pecho de un modo que no supo nombrar.
—Estoy bien —mintió por costumbre.
Gabriel Ferrer la observó con esa calma insoportable que parecía leerlo todo. Y Valeria Montes, de pie en la vereda con el sol muriéndose entre los magnolios, comprendió que tendría que decidir muy pronto cuánto podía contarle.