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Madrastra por contrato, esposa de verdad

Madrastra por contrato, esposa de verdad

Status: Terminada
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Padre soltero / Completas
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.

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Capítulo 13

Capítulo 13 — La metamorfosis

Terminada la luna de miel de mentira, tocaba volver al trabajo. Y yo, que llevaba tres días dejándome tratar como el felpudo de la familia Valcárcel, decidí que ese primer día laboral iba a recordarme a mí misma quién era Renata Paredes antes del anillo.

Saqué del fondo del clóset el traje negro entallado que me había comprado con mi primer sueldo y que nunca me había atrevido a estrenar. Me senté frente al espejo y me maquillé como me habían enseñado en la agencia: la base perfecta, el delineado exacto, los labios de un rojo que no pedía permiso.

Cuando salí al comedor, Toñito soltó la cuchara.

—¡Tía...! —gritó, y por un segundo, un segundo entero, se le olvidó el "fea"—. ¡Eres la más bella del mundo!

Se bajó de la silla y empezó a darme vueltas alrededor, como un satélite fascinado.

—¡Más bonita que la mamá de Fabi! ¡Cien veces más! ¡Mil! —Me tironeó de la manga—. ¿Puedes llevarme al jardín así? Para que todos vean.

*Me subo la moral con la sinceridad de un niño de cinco años. A este paso terminaré terapiándome con Toñito.*

—Se dice "por favor", monstruo —le dije, despeinándolo—. Y sí, hoy te llevo.

Levanté la vista, todavía sonriendo, y me topé con Damián en el umbral.

Se había quedado quieto. Con la corbata a medio anudar y los dedos detenidos en el nudo. Me miró de arriba abajo una sola vez, y juro que vi el momento exacto en que algo se le descompuso en la cara, como si el corazón le hubiera dado un golpe seco contra las costillas y él estuviera decidiendo no sentirlo.

Apretó la mandíbula. Terminó el nudo de un tirón. Y dijo, mirando la ventana:

—Se te va a hacer tarde.

*Ajá. No viste nada. Por supuesto que no.*

Pero por dentro me anoté el punto. Lo había visto. Y él sabía que yo lo había visto ver.

En la Agencia Manantial mi llegada causó revuelo, aunque no del tipo que yo esperaba. Don Braulio, mi jefe, me recibió con una cortesía tan exagerada que rozaba lo cómico.

—¡Señora Valcárcel! —dijo, frotándose las manos—. Digo, Renata, digo... mire, órdenes de arriba: usted sale a las tres y media en punto todos los días, para recoger al niño. Ni un minuto más de horario. Y otra cosa. —Bajó la voz, emocionadísimo—. El Grupo Boreal va a canalizar los contratos publicitarios de sus filiales a esta agencia. ¡A esta! ¿Sabe lo que significa eso, Renata? ¡Estamos salvados!

*Otro que se salva por mí. Empiezo a ser una fábrica de rescates ajenos.*

Sonreí, di las gracias, y me tragué la humillación de saber que mi valor en esa oficina, de la noche a la mañana, ya no era mi trabajo sino mi apellido nuevo.

Esa tarde, cuando Damián pasó por mí, me tendió una tarjeta bancaria negra, sin decir el número secreto.

—¿Y esto? —pregunté.

—Es tuya. Sin límite.

—No la necesito.

—Con tu sueldo —dijo, arrancando el auto— no te alcanza ni para invitar a tus amigas a comer tierra. Guárdala.

*Encantador. Siempre encantador.* Pero guardé la tarjeta, no porque me hiciera falta, sino porque discutir con él era como discutir con una pared que además cobraba intereses.

Esa noche había cena. Su círculo íntimo, un restaurante privado con nombre de flor, el Salón Peonía, manteles que costaban más que mi sueldo entero. En la puerta, antes de entrar, hice algo que ni yo esperaba: le tomé del brazo.

Damián bajó la vista a mi mano, extrañado.

—No tiene nada que ver contigo —le dije, devolviéndole su propia frase favorita, la que me había soltado mil veces—. Es que no conozco a nadie ahí adentro.

Algo le tembló en la comisura de la boca. No dijo nada. Pero no me soltó.

Adentro conocí a la gente de verdad de Damián. A Facu, que me presentó a Angie, su novia, una chica de risa contagiosa que me abrazó como si fuéramos amigas de toda la vida. A Nacho, el doctor, con su prometida Mayte, dulce y observadora, que en cinco minutos ya me caía mejor que media familia Paredes junta.

Y conocí a Nina.

Nina Ibáñez llegó tarde, vestida para matar, y me localizó en la mesa como un misil localiza su blanco.

—Así que la esposa arreglada —dijo, alzando su copa hacia mí con una sonrisa que cortaba—. Encantada. Aunque, entre nosotras, los matrimonios de conveniencia no duran ni un suspiro. Que lo disfrutes mientras dure, corazón.

Sentí el pinchazo. Pero antes de que pudiera responder, Damián, a mi lado, hizo algo insólito: me sirvió los camarones más grandes en el plato, me acomodó la servilleta sobre las piernas con una ternura tan bien fingida que hasta yo me la creí por medio segundo.

—Come —me dijo, en voz de esposo enamorado—. Estás muy delgada.

Me incliné hacia él, muerta de risa por dentro, y le susurré:

—Me vas a cobrar por usarme de escudo, ¿verdad?

—Ponme el precio —susurró él, sin mover los labios—. No voy a regatear.

*Este hombre. Un témpano con sentido del humor. Peor combinación no existe.*

La cena avanzó, y con ella las copas de Nina. Cuantas más vaciaba, más se le soltaba la lengua y más se le agriaba la sonrisa. Hasta que, ya entrada la noche, dio un golpe en la mesa que hizo tintinear las copas.

—¿Por qué? —dijo, con la voz pastosa, mirando a Damián—. ¿Por qué un arreglo de cuna se te lleva a ti, si yo te quise durante años? ¡Años! Y ella llega con un contrato y un apellido y...

—Nina —cortó Nacho, tenso.

Pero ella no oía.

—Aquella vez —siguió, señalando a Damián con la copa—, aquella vez que estaba esa... esa Fer...

—¡Nina! —Nacho se levantó tan de golpe que volcó su silla, y en el mismo movimiento la tomó del brazo—. Ya. Nos vamos. Estás borracha.

Se hizo un silencio de cuchillo en la mesa. Damián se había puesto blanco. No blanco de rabia: blanco de otra cosa, de algo antiguo y cerrado con llave. Miraba el mantel como si en el bordado estuviera escrito un nombre que nadie podía leer.

*¿Fer? ¿Fer qué? ¿Quién es Fer?*

Nacho se llevó a Nina casi a rastras, disculpándose con la mesa. Angie rompió el silencio con una broma, Facu le siguió, y la cena se recompuso como se recompone el agua después de una piedra. Pero yo no dejé de mirar a Damián, y él no volvió a levantar la vista del mantel en un buen rato.

De camino a casa, sin Toñito de por medio, el auto iba en una calma rara, casi cómoda. Damián conducía despacio, sin prisa por llegar.

—Sin el niño delante —dijo de pronto—, eres bastante auténtica.

—Y tú —contesté, mirando la carretera— sin el niño delante no eres tan ogro.

Se le escapó, por fin, algo que era casi una sonrisa. Por un instante, uno solo, algo parecido a la complicidad cruzó el aire tibio del auto, y yo pensé, tonta de mí, que tal vez esto no fuera del todo imposible.

Entonces Damián apretó el volante hasta que se le marcaron los nudillos, miró al frente, y dijo:

—No te acostumbres.

*Ahí está el ogro. Siempre a tiempo para arruinar el momento.*

Pero de vuelta en mi cuarto, mirando la mancha de humedad del techo, no pensé en el ogro. Pensé en el nombre que Nina no pudo terminar de decir, en la cara blanca de Damián, en esa llave antigua que alguien había echado hacía mucho.

*Fer...*

¿Quién eras tú, y qué le hiciste a este hombre para dejarlo así de congelado?

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