Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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La Noche del Veneno y las Cenizas del Deseo
El banquete de la Luna Llena de Invierno era una tradición ineludible en la corte del Gran Ducado. A pesar de la creciente tensión militar con la capital, los lores de las casas vasallas de la Luna se habían congregado en el Gran Salón de los Espejos de la Órbita Umbría. Vestidos con seda azul, encajes negros y tiaras de cuarzo, la nobleza bebía vino de moras y discutía sobre los rumores de que la Inquisición había sido replegada en el norte.
Valerius presidía la mesa principal desde su trono de ébano y plata. Vestía su uniforme militar de gala, repleto de condecoraciones y galones. Su rostro era una máscara impecable de serenidad aristocrática mientras escuchaba las adulaciones de los condes y barones. Sin embargo, su atención telepática estaba dividida; mantenía un hilo de percepción fino y constante conectado con las estancias privadas de la torre norte.
Aurelius no tenía permitido asistir al banquete. Un príncipe solar fugitivo entre lores de la Luna levantaría sospechas inmediatas que arruinarían el secreto antes del Eclipse. Pero el encierro en su habitación mientras escuchaba el eco distante de la música de la orquesta tenía al muchacho al borde de la neurosis.
A medianoche, cuando el banquete comenzó a dispersarse y los lores embriagados se retiraban a los aposentos de huéspedes, Valerius abandonó el salón sin dar explicaciones a su escolta.
Caminó por los pasillos en penumbra de la torre norte hasta llegar a la suite del príncipe. Al abrir la puerta de caoba pesada, no encontró a Aurelius durmiendo.
El joven príncipe estaba de pie en medio de la estancia, descalzo, vistiendo únicamente un pantalón oscuro. La chimenea de la habitación estaba apagada, pero el cuerpo de Aurelius emitía una luminiscencia dorada y tenue, un resplandor febril que delataba la intensidad de su estado emocional.
—Tardaste demasiado —dijo Aurelius, sin darse la vuelta. Estaba mirando hacia la ventana, donde la luna helada dominaba el cielo.
—Tenía deberes con mis vasallos —respondió Valerius, cerrando la puerta con seguro y activando con un pensamiento la barrera silenciadora del recinto—. No puedes estar paseando por los pasillos en una noche de banquete.
Aurelius se giró bruscamente. Sus ojos dorados brillaban con una necesidad casi salvaje. Avanzó a pasos rápidos hacia el Archiduque, acortando la distancia entre ellos con una determinación que tomó por sorpresa al propio Valerius.
—No me importa tu banquete ni tus lores —dijo Aurelius, deteniéndose a solo centímetros del pecho del estratega—. Llevo horas sintiendo tu mente a la distancia. Sé que estabas pensando en mí mientras hablabas con esa gente. Puedo sentir el frío de tu magia arañando las paredes de mi cabeza.
Valerius entornó los ojos, fascinado y peligrosamente complacido por la audacia del muchacho.
—Te estás volviendo dependiente de mi presencia, pequeño príncipe —provocó Valerius con una voz grave, bajando la mano para desabrochar los botones superiores de su propia casaca militar—. Eso es peligroso. La dependencia te vuelve débil ante un enemigo.
—Tú no eres mi enemigo —replicó Aurelius, agarrando las solapas del uniforme de Valerius con ambas manos y tirando de él hacia abajo con fuerza—. Y no soy débil. Pruébame.
La chispa encendió la pólvora. Valerius no contuvo más su propio deseo reprimido. Rodeó la cintura de Aurelius con un brazo de hierro, pegando el cuerpo ardiente del príncipe contra el suyo con un golpe seco. La diferencia de temperatura entre ambos provocó un siseo casi audible cuando la piel de Valerius absorbió el calor sofocante del joven.
Sin decir una sola palabra, Valerius levantó a Aurelius en vilo y lo llevó hacia la enorme cama de dosel. Lo arrojó sobre los cojines de terciopelo, pero antes de que el joven pudiera reacomodarse, el Archiduque se posicionó sobre él, atrapándolo entre su cuerpo y el colchón.
—Si cruzas esta línea, Aurelius... ya no habrá vuelta atrás —advirtió Valerius, apoyando sus codos a los lados de la cabeza del príncipe, mirando fijamente la boca ansiosa del muchacho—. Ya no serás simplemente un aliado o un protegido. Te convertirás en mi más profunda debilidad, y yo en la tuya. Y la Inquisición no tendrá piedad si descubren lo que nos hacemos el uno al otro.
—Que se pudra la Inquisición y que se pudra el Imperio —respondió Aurelius, alzando la cadera para buscar el contacto del cuerpo del Archiduque, mientras sus manos buscaban desesperadamente desvestir al hombre noble—. Consúmeme de una vez, Valerius. Haz que pertenezca a la Luna.
Valerius bajó la cabeza y volvió a besarlo, esta vez con una ferocidad que rozaba la devoción violenta. Sus manos, antes frías y calculadoras, recorrieron el torso desnudo de Aurelius, delineando cada costilla, cada músculo tenso, dejando a su paso un rastro de magia psiónica que adormecía el dolor de las heridas del joven y multiplicaba por mil la sensibilidad de su piel.
Aurelius gimió, arqueando la espalda cuando las manos de Valerius bajaron por su cintura. El calor solar que el príncipe había intentado reprimir durante años estalló libremente, pero esta vez no quemó las sábanas ni destruyó la habitación. La presencia de Valerius dentro de su mente actuó como una red de contención infinita, encauzando la energía ardiente en una marea de placer puro y desenfrenado.
Cada caricia del Archiduque era una lección de dominio; cada respuesta febril de Aurelius era una conquista sobre la mente helada del estratega. Por primera vez en su vida de cálculos y conspiraciones, Valerius sintió que estaba perdiendo el control de la partida de ajedrez, y la sensación no le producía miedo, sino una euforia oscura e inebriante.
El encuentro se prolongó durante horas en la penumbra de la estancia. Entre susurros febriles, órdenes contenidas y gemidos que se ahogaban contra la piel del otro, la barrera entre el instructor y el alumno, entre el chantajista y el rehén, se disolvió por completo, dejando solo a dos hombres unidos por un pacto de fuego y sombra.
...
Hacia las primeras horas del amanecer, cuando la luz dorada del Sol de la mañana comenzó a filtrarse muy tenuemente por los bordes de la cortina, la habitación estaba en completo silencio.
Aurelius dormía profundamente, apoyando la cabeza sobre el pecho desnudo de Valerius. El rostro del joven príncipe lucía una paz que jamás había experimentado desde su infancia; sus respiraciones eran lentas, pausadas y sin rastro de la fiebre mágica que solía atormentarlo. Un brazo de Aurelius rodeaba con firmeza la cintura del Archiduque, manteniéndose pegado a él incluso en el sueño.
Valerius permanecía despierto, apoyado contra el cabecero de la cama, acariciando distraidamente el cabello dorado del muchacho con sus largos dedos.
De pronto, un suave chasquido telepático resonó en el cráneo del Archiduque. Era la frecuencia privada de Corvus, su capitán de guardia.
«Mi Lord... disculpe la interrupción a esta hora», la voz mental de Corvus sonaba cargada de una gravedad inusual. «Los espías de la Capital Radiante han enviado un mensaje urgente por cuervo de sombras. El Emperador Solarius IV ha descubierto que el príncipe no murió en el Barranco del Juicio. Alguien en la Inquisición ha filtrado informes sobre la intervención de magia psiónica en el lugar».
Valerius no movió un solo músculo de su cuerpo para no despertar a Aurelius, pero sus ojos se estrecharon, volviéndose negros y helados como la noche sin estrellas.
«¿Qué órdenes ha dado el Emperador?», preguntó Valerius en el espacio mental.
«Solarius IV ha emitido un decreto absoluto», respondió Corvus. «Exige la cabeza de Aurelius expuesta en las murallas de la capital antes del comienzo de la semana del Eclipse. Ha declarado que cualquier territorio noble que refugie al 'engendro maldito' será considerado en estado de alta traición y arrasado por los regimientos de Fuego Sagrado».
Valerius miró el rostro durmiente de Aurelius. El muchacho se acomodó más cerca de su pecho, soltando un pequeño suspiro de descanso absoluto en los brazos del hombre que juró protegerlo.
Una furia fría, colosal y sin precedentes quemó las entrañas del estratega. El plan original de quince años —usar el Eclipse de Sangre para realizar el sacrificio ritual, tomar el poder divino y negociar una reestructuración del senado— se desintegró en su mente en una fracción de segundo. Ya no le importaba la política de la corona ni la diplomacia con las otras casas.
«Corvus», ordenó Valerius por la red telepática, con una voz mental tan helada que hizo estremecer al capitán al otro lado del palacio.
«¿Sí, Excelencia?»
«Prepara los manuscritos prohibidos del Grimoire del Vórtice. Cancela todas las misiones de diplomacia con la Capital».
Corvus guardó silencio un segundo, atónito. «Lord Valerius... ese grimoire contiene los ritos para la Inversión Astral. Si usamos la magia prohibida del Eclipse para eso...»
«Si el Emperador quiere la cabeza del chico para salvar su trono, yo le quitaré el Sol que le da fuerza», declaró Valerius, apretando el abrazo alrededor del cuerpo de Aurelius. «Apagaremos la estrella diurna para siempre. Sumiré a este Imperio en una noche eterna antes de dejar que Solarius toque a mi príncipe. Empiecen los preparativos de la Inversión hoy mismo».
«Entendido, mi Lord», respondió Corvus antes de cortar la conexión.
Valerius bajó la mirada y besó la frente de Aurelius con una ternura voraz e implacable. El destino del mundo estaba sellado: por el amor de un príncipe maldito, el Archiduque de la Luna estaba listo para apagar la luz del universo.