Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?
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CAPITULO 22. EL PACTO DE LOS LABIOS
El silencio que regresó a la suite tras el pestillo de seguridad era un silencio denso, pesado, que zumbaba en mis oídos con la fuerza de una descarga eléctrica. Héctor se había marchado arrastrado por sus amigos, dejando tras de sí el eco de su egoísmo emborrachado, pero sus palabras ya no tenían poder para herirme. El verdadero terremoto estaba ocurriendo aquí dentro, a escasos centímetros de mí. Adrián seguía agachado a mi altura frente al sofá de cuero, con sus manos grandes y asombrosamente cálidas rodeando mis dedos helados. Sus ojos oscuros, desprovistos de la habitual máscara de ironía ejecutiva, me miraban con una fijeza tan intensa, madura y cargada de una resolución definitiva que sentí que el suelo volvía a desaparecer bajo mis pies.
«No me gusta actuar, Leo, y mucho menos fingir que eres mi mujer cuando lo único que deseo al apagar las luces de esta suite es que lo seas de verdad». Su confesión seguía flotando en el aire de la estancia, grabándose a fuego en mi mente.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo que el nudo de timidez que me había acompañado durante cinco años terminaba de disolverse bajo el calor de su agarre. Le sostuve la mirada en la penumbra azulada de la suite, y por primera vez, mi voz no vibró por el miedo, sino por una certeza absoluta que me nacía desde lo más profundo del pecho.
—Yo tampoco quiero seguir actuando, Adrián —le respondí en un susurro, y mis propias palabras me sonaron liberadoras—. Llevo días muerta de miedo, pensando que me iba a ahogar en mi propia mentira, pero la verdad es que... el pánico que siento no es por Héctor, ni por Priscila, ni por lo que piense toda esa gente. Es por ti. Es por lo que me haces sentir cada vez que me rozas la mano, cada vez que entras en esta habitación o me hablas con amor delante del mundo. He pasado cinco años guardando un santuario vacío, congelada en el pasado, pero tú has venido a romper el hielo en apenas una semana. Mi corazón ya no llora por lo que perdí en la terminal de aquel aeropuerto, Adrián. Mi corazón late así de salvaje... porque te tiene a ti delante.
Adrián contuvo el aliento por un segundo, y vi cómo la rigidez de su mandíbula se suavizaba para dar paso a una expresión de una ternura tan profunda y devoradora que me dejó sin aire. No hizo falta que dijera nada más. Las palabras de la oficina, los contratos multimillonarios y las reglas del pacto se redujeron a la nada en mitad de la madrugada.
Se incorporó despacio, tirando con suavidad de mis manos para obligarme a ponerme en pie con él. Su imponente estatura me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás, quedando mi cuerpo envuelto por completo en el satén negro del camisón a escasos milímetros de su torso. Adrián acortó la última distancia física. Su mano derecha se deslizó con una lentitud tortuosa por la curva de mi cuello, colándose entre mis mechones de pelo hasta acunar mi mejilla con una firmeza implacable; mientras, su otra mano bajó por mi cintura, presionando la seda contra mi espalda baja para atraparme contra la calidez de su cuerpo.
Entonces, me besó.
No fue un beso ensayado para la galería, ni una muestra de afecto sutil para engañar a los anfitriones. Fue un beso apasionado, maduro, hambriento y cargado de una necesidad contenida que llevaba días alimentándose de la proximidad forzada de la suite compartida. Sus labios se posaron sobre los míos con una autoridad implacable, pero con una delicadeza asombrosa que me hizo dar un vuelco salvaje en el corazón. La firmeza de su boca, el roce cálido de su respiración y el sabor amargo del whisky de su copa se mezclaron en mis sentidos, provocando que una oleada de calor incontrolable me recorriera desde la nuca hasta la punta de los pies.
Mis manos, respondiendo a un instinto que jamás pensé poseer, abandonaron cualquier rastro de timidez. Se deslizaron hacia arriba por la tela negra de su camiseta de algodón, acariciando la firmeza de sus hombros esculpidos hasta enredarse con fuerza en el cabello de su nuca, pegándome aún más a él. Quería fundirme en su pecho, quería borrar con la intensidad de sus labios los cinco años de aislamiento y soledad que me habían apagado el alma. El contacto de su piel contra la mía era puro fuego, una caricia eléctrica que derribó la frontera de cualquier línea invisible que hubiéramos trazado sobre el colchón.
Adrián soltó un leve gemido ronco contra mi boca al sentir mi entrega total, afianzando el agarre de su mano en mi cintura con una ferocidad protectora que me hizo sentir el ser más valioso de la tierra. Nos besamos durante lo que pareció una eternidad suspendida en el tiempo, ajenos al mundo exterior, ajenos a la boda que se celebraría a pocas horas y a los celos que consumían la casa principal. En esa suite de invitados, bajo la luz plateada de la luna, el mapa de mi destino cambió de rumbo de manera definitiva. La farsa se había terminado para nosotros; el contrato del orgullo se había sellado con el pacto de nuestros labios, y mientras Adrián me envolvía en sus brazos en mitad de la penumbra, supe que me había entregado por completo al hombre que realmente sabía cómo cuidar de mi corazón.
Muchas felicidades autora!!!!!